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La arquitectura del trauma

La arquitectura del trauma
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Hay cuatro capas que una sociedad debe aprender a sostener ante catástrofes como la de Adamuz

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EFE La arquitectura del trauma

Hay cuatro capas que una sociedad debe aprender a sostener ante catástrofes como la de Adamuz

MIRIAM GONZÁLEZ PABLO. PSICÓLOGA EXPERTA EN PSICOLOGÍA DE EMERGENCIAS. GRUPO DE URGENCIAS, EMERGENCIAS Y CATÁSTROFES DEL COLEGIO OFICIAL DE LA PSICOLOGÍA DE MADRID

Miércoles, 21 de enero 2026, 01:00

... en el impacto inmediato: la frialdad de las cifras, el análisis de las causas y la logística de la respuesta. Sin embargo, como especialistas en el área de la psicotraumatología y la emergencia, sabemos que el trauma no es un evento estático que termina cuando se retiran las ambulancias y los focos; es una huella neurobiológica viva, una fuerza invisible que se organiza en capas humanas diferenciadas, interrelacionadas entre sí, y que plantean desafíos clínicos de una complejidad extrema. Comprender estas capas no es solo una cuestión psicológica; es una tarea ética y comunitaria. Intervenir en el momento crítico salva vidas, pero sostener el proceso posterior es lo que permite que esas vidas sigan teniendo un propósito.

2. El cuerpo que recuerda: los supervivientes

Haber sobrevivido no implica haber salido indemne. El superviviente a menudo sale de la situación con el cuerpo intacto, aunque en muchas ocasiones las heridas son tanto físicas como emocionales; ambas forman parte de una misma lesión profunda en la integridad de la persona. Desde una visión holística, entendemos que el dolor no discrimina entre lo visible y lo invisible: la herida en la piel y la herida en la psique se entrelazan en un sistema de procesamiento de información que ha quedado fragmentado.

Muchos conviven con la culpa del superviviente y con una hipervigilancia neurofisiológica que transforma el mundo en un lugar hostil. Desde un plano técnico, las memorias del evento quedan almacenadas de forma disfuncional, impidiendo que la experiencia se integre en la memoria adaptativa. Esto hace que el superviviente no solo recuerde lo ocurrido, sino que lo re-viva a través de síntomas somáticos y emocionales que actúan como un eco del trauma en el presente. Nuestra labor es ayudar a reconstruir esa narrativa vital, validando que su respuesta es la de un ser humano integral intentando sanar una herida que abarca toda su existencia.

3. El desgaste del cuidador: equipos de intervención en emergencias

Esta tercera capa es, a menudo, la gran olvidada. Los profesionales de emergencias están entrenados para actuar en contextos de máxima exigencia, sosteniendo el dolor ajeno mientras mantienen una eficacia operativa impecable. Sin embargo, la exposición repetida al sufrimiento masivo deja una huella neurofisiológica inevitable: el trauma vicario.

La desconexión afectiva o el agotamiento no son fallos ni signos de debilidad; son riesgos psicosociales inherentes al trabajo en emergencias. Cuidar a quienes cuidan no es un gesto de cortesía institucional, sino una responsabilidad estructural. Es vital trabajar en protocolos que humanicen al interviniente, ofreciendo espacios donde el profesional pueda procesar la carga emocional acumulada. Sin este cuidado, el sistema de emergencia está bajo un riesgo que afecta directamente a quienes protegen a la ciudadanía en sus momentos de mayor vulnerabilidad.

4. La conciencia relacional: el duelo colectivo

Vivimos en una cultura que tolera mal el dolor prolongado, prefiriendo el impacto de la noticia al compromiso del acompañamiento. Pero el trauma permanece en los cuerpos, en las relaciones y en el tejido social. Sostener sin prisa, respetar los silencios y validar el dolor ajeno es lo que impide que una sociedad quede psicológicamente rota.

Conclusión

La intervención técnica salva vidas en el momento crítico. En este sentido, la atención especializada durante las primeras 72 horas resulta fundamental para abordar el estrés agudo y realizar una labor preventiva esencial frente al Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Este margen de tiempo es la ventana de oportunidad para estabilizar el sistema nervioso y facilitar que la experiencia traumática comience a procesarse de manera adaptativa.

Intervenir precozmente permite que las lesiones —físicas y psicológicas— no sean incompatibles con seguir viviendo. Intervenir abre futuro. Pero es el acto de sostener, cuidar y acompañar en el tiempo lo que hace posible que ese futuro sea, verdaderamente, un lugar habitable para todos, integrando lo sucedido como parte de nuestra historia compartida.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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