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La batalla empresarial en la que Italia venció a Francia

La batalla empresarial en la que Italia venció a Francia
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Tras un conflicto que envolvió el sector de la óptica por años, el grupo EssilorLuxottica ronda hoy los 100.000 millones de euros de capitalización. Leer
Operaciones históricasLa batalla empresarial en la que Italia venció a Francia
  • LUIS LARA
Actualizado 13 JUL. 2026 - 00:03Leonardo Del Vecchio (derecha), dueño de Luxottica, era un empresario hecho a sí mismo que demostró mucha confianza en su visión de negocio cuando Hubert Sagnières (izquierda), CEO de Essilor, quiso hacerse con el control de su compañía.

Tras un conflicto que envolvió el sector de la óptica por años, el grupo EssilorLuxottica ronda hoy los 100.000 millones de euros de capitalización.

La fusión de Essilor con Luxottica pasará a la historia como una de las mayores batallas corporativas en un sector en la que los franceses, por una vez, no se salieron con la suya.

El prólogo a esta fusión se escribió el 22 de mayo de 2015 bajo el sol de la Costa Azul, donde los dos líderes mundiales del sector óptico habían quedado para almorzar. De un lado de la mesa, en su villa de Beaulieu (entre Niza y Mónaco), estaba Leonardo Del Vecchio: ochenta años, criado en un orfanato y hombre hecho a sí mismo que había convertido a Luxottica en líder mundial en monturas con adquisiciones (Ray-Ban, Oakley,...) y acuerdos de licencia con marcas de lujo. Del otro, Hubert Sagnières: sofisticado, educado en las mejores escuelas de negocio y CEO de Essilor, gigante francés dueño de las lentes que corregían la miopía de medio planeta.

La comida transcurrió de forma cordial. Las sinergias eran indiscutibles. Sin embargo, a los postres, Del Vecchio lanzó una pregunta aparentemente inocente: "Hubert, ¿quién tomará el mando del grupo fusionado tras los tres años de transición?". Sagnières, con la seguridad que le daba facturar más y sentirse respaldado por el establishment francés, contestó: "Yo". Del Vecchio no parpadeó. Sonrió, continuó la velada y despidió a su huésped con amabilidad. Nada más cerrar la puerta, dijo a su mano derecha, Francesco Milleri: "Suspende todas las conversaciones". Como se suele decir en el norte de Italia, "desconfía de un patrón cuando es demasiado amable. Significa que está cerrando la jaula".

Pero tras dos años de duras negociaciones, en enero de 2017 las portadas de los principales diarios del mundo anunciaban la creación del EssilorLuxottica, una empresa valorada en 50.000 millones de euros. La prensa francesa celebró el éxito: la sede se quedaba en París, cotizaría allí y el consejo se dividiría de forma paritaria. El gobierno francés respiraba tranquilo: su "campeón" nacional seguiría en casa.

Pero en el negocio de la óptica, las cosas rara vez son lo que parecen. El acuerdo fue, desde su génesis, una magistral ilusión óptica orquestada por el mago Del Vecchio. Sobre el papel, Essilor absorbía a Luxottica pero, en la práctica, el magnate italiano canjeó sus acciones para convertirse en el principal accionista de la nueva entidad. Al cierre de la operación, su hólding Delfín controlaba cerca del 32% del capital de EssilorLuxottica, frente a una mayoría accionarial francesa muy fragmentada. Del Vecchio no vendió su imperio: simplemente desplazó su centro de gravedad a París.

Lo que siguió a la firma en 2017 fue una guerra de guerrillas en un consejo paralizado por los reproches. Del Vecchio, curtido en mil batallas, no se inmutó. Sabía que el tiempo corre a distinta velocidad para quien posee las acciones frente a quien sólo tiene cargos ejecutivos. La última estación llegó en la primavera de 2021. Al expirar los pactos de gobernanza paritaria, se levantó el telón y la realidad matemática se impuso. Sagnières optó por la jubilación anticipada y Francesco Milleri, la mano derecha del italiano, fue nombrado CEO único de todo el grupo.

¿Cómo se fraguó esta maniobra magistral? Del Vecchio llevaba años obsesionado con una idea: controlar toda la cadena de valor de la óptica. Admiraba en silencio el modelo de LVMH y a Bernard Arnault, con quien mantuvo una relación de respeto mutuo. De él extrajo una lección: para no ser "presa", había que convertirse en "depredador".

Para ello, diseñó una plataforma global integrada. El primer paso llegó en 1988 con Giorgio Armani, al transformar el carácter médico de las gafas en accesorio de moda y lujo. Bajo el modelo de licencias, Luxottica sumó después Prada, Chanel o Bulgari, entre otras.

El segundo paso fue la integración de marcas por adquisiciones. En 1999 compró Ray-Ban por 640 millones de dólares, centralizó su producción en Italia y la reposicionó como marca icónica global. En 2007 incorporó Oakley por 2.100 millones, consolidando el dominio del segmento deportivo. Con Sunglass Hut y LensCrafters controló no sólo la distribución wholesale sino el retail.

El tercer paso fue entender las gafas como una unidad indivisible y no como la suma de dos componentes artificialmente separados: la montura y la lente. Del Vecchio dominaba la fabricación y buena parte de la distribución con sus marcas. Lo único que le faltaba era adquirir el líder mundial en lentes: Essilor, con sus 8.000 patentes.

Tras el bloqueo de las negociaciones en 2015, Luxottica intensificó su presión, amenazando con desarrollar una división de lentes propia mediante la adquisición de tecnología y la apertura de fábricas, dejando claro a Essilor que la alternativa a la integración sería tener enfrente a su peor competidor.

Vecchio vio cumplidos sus planes antes de fallecer en 2022, convirtiendo en líder a un grupo que hoy ronda los 100.000 millones de euros de capitalización. Su historia se enseña en las escuelas de negocio como una lección magistral de ambición estratégica y paciencia. Del Vecchio demostró que podía engullir a un rival mayor dejando que celebre, antes de tiempo, que te ha comprado. Ahora, el futuro está en manos de la familia de origen italiano, que hace una semana demostró su división, pero que sigue siendo la que decide el futuro de Ray-Ban y del resto de marcas.

Luis Lara es profesor en la ISEM Business School de la Universidad de Navarra.

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Fuente original: Leer en Expansión
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