Cuando se sale a correr, montar en bici o simplemente al gimnasio, hay algunas canciones que parecen que nos dan una mayor energía. Y no es solo una sensación subjetiva, sino que la ciencia lleva años estudiando la música como una herramienta que mejora el rendimiento físico, aunque sin datos concretos. Ahora la ciencia ha detallado exactamente cuánto puede mejorar en cifras y, sobre todo, dónde va a terminar afectando.
Un experimento. Esto es algo que ha desarrollado el investigador Andrew Danso con la ayuda de 29 adultos físicamente activos que realizaron sesiones de ciclismo de alta intensidad al 80% de su potencia máxima. Pero lo importante aquí es que los participantes pedalearon en dos escenarios: en completo silencio y escuchando la música que previamente habían elegido con un tempo de entre 120 y 140 pulsaciones por minuto.
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Los resultados. Tras estar en estas dos situaciones, la investigación apuntó a que con música los ciclistas aguantaron una media de seis minutos más que los que estaban completamente en silencio, por lo que supone un aumento en la resistencia del 20%.
Aunque no se queda aquí, ya que, a pesar de pedalear durante más tiempo, la frecuencia cardiaca y los niveles de lactato (que determinan cuán exigente ha sido el ejercicio) al finalizar eran idénticos a los que habían estado en silencio. Esto quiere decir que la sensación de esfuerzo fue mucho menor porque aguantaron más tiempo con la misma intensidad, haciendo que las sesiones de ejercicio sean de mucha más calidad.
¿Por qué? Aquí la pregunta es bastante clara: ¿Cómo es posible rendir un 20% más sin que el cuerpo lo pague con un mayor pulso cardiaco? Para la ciencia, una de las respuestas radica en la disociación cognitiva, puesto que la música actúa como una barrera que desvía la atención de las señales de dolor, ardor muscular y fatiga que el cuerpo envía al cerebro. Los estudios aquí indican que esta distracción reduce la percepción del esfuerzo más o menos un 12%.
Pero no se queda aquí, ya que al ajustar el ritmo del ejercicio, como por ejemplo la pedaleada, al tempo de la música, el movimiento se vuelve más eficiente, haciendo que se gaste menos energía para hacer el mismo trabajo porque el ritmo actúa como un metrónomo que optimiza la cadencia.
La importancia de la canción. Un detalle crucial del estudio finlandés es que la música era elegida por los propios deportistas, ya que no basta con poner una lista de reproducción genérica de 'música para entrenar' en Spotify, sino que para que el efecto sea máximo debe existir una conexión emocional con la canción.
Además, no sirve una música muy tranquila, sino que debe tener un tempo en el rango de 120-140 BPM para que sea un ritmo motivador y fácil de sincronizar con la actividad deportiva. Y no es algo nuevo, porque ya en el pasado existían estudios que apuntaban a esta mejoría en el rendimiento, aunque ahora se va un poco más allá.
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En Xataka | En la fiebre por entrenar fuerza, al gimnasio le ha salido competencia: cada vez más gente entrena en la calle
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La ciencia ha medido cómo nos impacta la música en el ejercicio: elegir bien la lista de Spotify es fundamental
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por
José A. Lizana
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La ciencia ha medido cómo nos impacta la música en el ejercicio: elegir bien la lista de Spotify es fundamental
Escuchar música en el gimnasio es algo muy común, pero la ciencia busca las razones que lo respaldan
Cuando se sale a correr, montar en bici o simplemente al gimnasio, hay algunas canciones que parecen que nos dan una mayor energía. Y no es solo una sensación subjetiva, sino que la ciencia lleva años estudiando la música como una herramienta que mejora el rendimiento físico, aunque sin datos concretos. Ahora la ciencia ha detallado exactamente cuánto puede mejorar en cifras y, sobre todo, dónde va a terminar afectando.
Un experimento. Esto es algo que ha desarrollado el investigador Andrew Danso con la ayuda de 29 adultos físicamente activos que realizaron sesiones de ciclismo de alta intensidad al 80% de su potencia máxima. Pero lo importante aquí es que los participantes pedalearon en dos escenarios: en completo silencio y escuchando la música que previamente habían elegido con un tempo de entre 120 y 140 pulsaciones por minuto.
Los resultados. Tras estar en estas dos situaciones, la investigación apuntó a que con música los ciclistas aguantaron una media de seis minutos más que los que estaban completamente en silencio, por lo que supone un aumento en la resistencia del 20%.
Aunque no se queda aquí, ya que, a pesar de pedalear durante más tiempo, la frecuencia cardiaca y los niveles de lactato (que determinan cuán exigente ha sido el ejercicio) al finalizar eran idénticos a los que habían estado en silencio. Esto quiere decir que la sensación de esfuerzo fue mucho menor porque aguantaron más tiempo con la misma intensidad, haciendo que las sesiones de ejercicio sean de mucha más calidad.
¿Por qué? Aquí la pregunta es bastante clara: ¿Cómo es posible rendir un 20% más sin que el cuerpo lo pague con un mayor pulso cardiaco? Para la ciencia, una de las respuestas radica en la disociación cognitiva, puesto que la música actúa como una barrera que desvía la atención de las señales de dolor, ardor muscular y fatiga que el cuerpo envía al cerebro. Los estudios aquí indican que esta distracción reduce la percepción del esfuerzo más o menos un 12%.
Pero no se queda aquí, ya que al ajustar el ritmo del ejercicio, como por ejemplo la pedaleada, al tempo de la música, el movimiento se vuelve más eficiente, haciendo que se gaste menos energía para hacer el mismo trabajo porque el ritmo actúa como un metrónomo que optimiza la cadencia.
La importancia de la canción. Un detalle crucial del estudio finlandés es que la música era elegida por los propios deportistas, ya que no basta con poner una lista de reproducción genérica de 'música para entrenar' en Spotify, sino que para que el efecto sea máximo debe existir una conexión emocional con la canción.
Además, no sirve una música muy tranquila, sino que debe tener un tempo en el rango de 120-140 BPM para que sea un ritmo motivador y fácil de sincronizar con la actividad deportiva. Y no es algo nuevo, porque ya en el pasado existían estudios que apuntaban a esta mejoría en el rendimiento, aunque ahora se va un poco más allá.