¡Ojo! Novela basada en hechos reales con sangre, violencia y la boda de un rey. Les cuento: Una multitud espera en las calles entre balcones engalanados y soldados a caballo. Los recién casados avanzan en el carruaje real entre miles de ... personas y alguien, desde un balcón, arroja sobre ellos un ramo de flores. Dentro hay una bomba que no alcanza su objetivo.
Explota entre la multitud y deja muertos y heridos, caballos destripados y un reguero de sangre que la comitiva debe atravesar para continuar su camino. El hombre que ha lanzado la bomba consigue escapar y comienza la caza. En algún lugar de ese país, un médico viudo y su hija comprenden que también ellos deben huir. No sabemos todavía qué han visto ni qué relación tienen con el hombre que ha intentado matar a los reyes.
Huyen hacia el oeste, toman caminos secundarios y cambian de alojamiento evitando las preguntas. Hay fondas, estaciones, encuentros fortuitos, aventura. Después, una frontera y otro país y, mucho más lejos, al otro lado del mar, una ciudad envuelta en niebla, quizás la salvación.
Pero ésta no es la historia del médico. Es la de su hija. Se llama María y ha sido educada para ocupar un mundo en el que no encaja. Durante la huida, sin embargo, descubre algo quizá más peligroso que una bomba o la policía pisándole los talones: que puede elegir su propia vida. Tiene algo de heroína de Henry James y algo de rebelde de Jane Austen; mira, decide, desobedece y, sobre todo, sigue andando. Cuanto más se aleja de casa, menos dispuesta está a regresar al mundo que otros habían preparado para ella.
Leído hoy, esto suena a guion moderno de serie de éxito en Netflix. Solo tenemos que aclarar un pequeño detalle. El atentado ocurrió en Madrid en 1906. La novela que se basa en él se publicó en 1908. La muchacha se llamaba María Aracil y quien imaginó todo esto fue Don Pío Baroja. La tituló 'La dama errante'.
Y aquí está quizá la mejor noticia. Zenda-Edhasa trae este septiembre de vuelta la historia de esta mujer como una de sus grandes novedades, antes de que termine el llamado «Año Baroja» que para la editorial, por fortuna, dura todo el año. Una buena ocasión para comprobar que Baroja no necesita aniversarios, homenajes ni vitrinas: necesita lectores. Porque quizá el problema de algunos clásicos no sea que hayan envejecido, sino algo bastante más sencillo y bastante más imperdonable: que hemos dejado de abrirlos, convencidos de que ya sabemos lo que guardan dentro. Y a veces basta volver una página para descubrir que llevaban un siglo esperando para sorprendernos.
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