LA TRIBUNA
La defensa empieza mucho antes de los cuartelesYa no puede contemplarse únicamente como una política de seguridad. Es, al mismo tiempo, una política industrial, tecnológica y de talento
Regala esta noticia Añádenos en Google (JOSÉ IBARROLA)ADOLFO BECERRIL DE LA FUENTE
Socio responsable del sector privado de Defensa, Aeroespacio y Seguridad en EY España
08/07/2026 a las 02:00h.Hubo un tiempo en el que creíamos que la prosperidad era el mejor escudo de una nación. Pensábamos que el comercio reducía los conflictos, que ... la interdependencia económica hacía impensables las grandes confrontaciones y que la globalización había convertido las fronteras en un concepto cada vez menos relevante. No era una ingenuidad. Era la lógica de una época. Pero los tiempos cambian. Y, con ellos, cambia también la forma de entender la defensa.
Durante décadas medimos la fortaleza de las naciones por el tamaño de sus ejércitos o por la riqueza de sus recursos naturales. Hoy el poder también reside en quien domina la inteligencia artificial, la computación avanzada, la ciberseguridad, el espacio, los nuevos materiales o la microelectrónica. El conocimiento se ha convertido en un activo estratégico. Por eso, la defensa ya no puede contemplarse únicamente como una política de seguridad. Es, al mismo tiempo, una política industrial, tecnológica y de talento.
Los países no pierden su libertad el día que comienza un conflicto. Empiezan a perderla mucho antes
Las grandes potencias lo han entendido. La competencia internacional es una batalla que ya no se libra solo por mercados o materias primas. Se libra por la capacidad de liderar las tecnologías que definirán la economía del futuro. Quien investigue antes, innove más rápido y transforme ese conocimiento en capacidades industriales dispondrá de una ventaja estratégica que irá mucho más allá del crecimiento económico. También las empresas han comenzado a adaptarse a esta nueva realidad. Hace apenas unos años, la ventaja competitiva consistía en producir al menor coste posible. Hoy esto ha cambiado. La resiliencia, la protección del conocimiento, la seguridad de las cadenas de suministro o la capacidad para operar en entornos inciertos forman parte de las decisiones estratégicas de cualquier organización. La geopolítica ha dejado de ser un asunto exclusivo de los gobiernos para convertirse en un factor determinante de la gestión empresarial.
En este nuevo escenario, la defensa adquiere una dimensión distinta. No se trata únicamente de estar preparados para responder a una amenaza. Se trata, sobre todo, de evitar que un país pueda ser condicionado por sus dependencias tecnológicas, industriales o energéticas antes incluso de que esa amenaza llegue a producirse. Esa es la verdadera naturaleza de la autonomía estratégica.
España afronta este cambio con fortalezas que, con demasiada frecuencia, tendemos a infravalorar. Nuestro país dispone de una industria de defensa y de seguridad altamente competitiva, integrada en algunos de los programas tecnológicos más avanzados del mundo. Cuenta con empresas innovadoras, universidades de prestigio, centros tecnológicos de referencia y, sobre todo, con un extraordinario capital humano.
Los ingenieros españoles participan en proyectos aeroespaciales internacionales. Nuestros científicos investigan en los principales centros de excelencia. Economistas, matemáticos, especialistas en datos, expertos en ciberseguridad y profesionales de muy distintas disciplinas ocupan posiciones de responsabilidad en compañías e instituciones de todo el mundo. Y todo esto es porque España posee uno de los activos más valiosos que puede tener una nación en el siglo XXI: el talento de sus personas
Pero la cuestión no es si disponemos de ese talento. La cuestión es si seremos capaces de convertirlo en una ventaja estratégica para nuestro país. Porque la defensa del futuro no dependerá únicamente de lo que seamos capaces de comprar. Dependerá, sobre todo, de lo que seamos capaces de diseñar, desarrollar, fabricar y proteger. Cada patente, cada laboratorio, cada empresa tecnológica que crece, cada investigador que decide desarrollar aquí su carrera y cada innovación que llega a la industria fortalecen también nuestra capacidad de decisión como país.
Existe una idea que debería presidir este debate. La defensa no consiste únicamente en proteger un territorio. Consiste en proteger la libertad de una nación para decidir su propio futuro. Los países no pierden esa libertad el día que comienza un conflicto. Empiezan a perderla mucho antes, cuando dejan de investigar, cuando renuncian a desarrollar tecnologías propias, cuando aceptan depender de otros para aquello que resulta esencial o cuando dejan escapar el talento del que dependerá su próxima generación de innovación.
Las fronteras seguirán siendo esenciales. Nuestras Fuerzas Armadas seguirán siendo el pilar irrenunciable de la defensa nacional. Pero la primera línea de defensa de un país empieza mucho antes. Empieza allí donde una sociedad decide apostar por el conocimiento, la industria, la tecnología y las personas capaces de transformar todo ello en prosperidad, seguridad y libertad.
La defensa requiere una visión de Estado con políticas estables, inversión sostenida y acuerdos duraderos pues desarrollar capacidades estratégicas no se logra rápidamente. El Gobierno y la oposición deben trabajar con una visión de liderazgo actuando hoy pensando en el largo plazo para hacer de España un entorno competitivo e innovador.
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