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La ducha escocesa de Trump en Venezuela, Irán y Groenlandia

La ducha escocesa de Trump en Venezuela, Irán y Groenlandia
Artículo Completo 1,034 palabras
Nadie construye alianzas duraderas bajo un chorro de agua que cambia de temperatura cada minuto. Y ciertamente, nadie mantiene la paz mundial así.

Donald Trump en el Despacho Oval. EFE

Editorial EL RUGIDO DE EL ESPAÑOL La ducha escocesa de Trump en Venezuela, Irán y Groenlandia Publicada 16 enero 2026 02:42h

El almuerzo privado que Donald Trump ofreció este miércoles a María Corina Machado en la residencia presidencial de la Casa Blanca resume a la perfección la táctica negociadora del presidente estadounidense: alternar sin pudor amenazas y elogios, desprecios públicos y gestos cordiales, promesas diplomáticas y acción militar sorpresa.

La portavoz de la Casa Blanca dejó claro el resultado de la reunión. La evaluación de Trump sobre la líder opositora venezolana "no ha cambiado".

Once días antes, la había descartado públicamente afirmando que "no tiene ni el respeto ni el apoyo dentro del país".

La víspera de la reunión de este miércoles, Trump elogió efusivamente a Delcy Rodríguez, la heredera del chavismo que Washington respalda, calificándola de "persona fantástica" con quien Estados Unidos tendrá una "asociación espectacular".

Luego, el presidente recibió con cordialidad a María Corina Machado para un encuentro que no alteró absolutamente nada.

Esto es lo que podríamos llamar la "ducha escocesa" de Trump: agua caliente, agua fría, agua caliente, agua fría, sin que nadie sepa qué temperatura esperar.

Este patrón no es exclusivo de Venezuela. Durante las protestas iraníes de esta misma semana, Trump amenazó el lunes con iniciar una "acción muy fuerte" si el régimen ejecutaba manifestantes, gritando en la red Truth Social: "¡La ayuda está en camino!".

Veinticuatro horas después, anunció satisfecho que "la matanza ha cesado" y que las ejecuciones "no sucederán", socavando su propia justificación para la intervención militar que acababa de amenazar.

En junio pasado, ordenó a toda su administración negociar diplomáticamente con Irán sobre el programa nuclear. Horas después, Israel (con su evidente consentimiento) bombardeó instalaciones nucleares iraníes.

Diplomacia y guerra ejecutadas en paralelo, como si fueran opciones intercambiables en lugar de caminos excluyentes.

Con Groenlandia, Trump ha desplegado simultáneamente todas las tácticas contradictorias imaginables.

Amenazas de tomar la isla "por las buenas o por las malas".

Propuestas de compra por 700.000 millones de dólares.

Planes de sobornar a cada groenlandés con hasta 100.000 dólares.

Ofertas de pactos de libre asociación.

Rechazo de concesiones sustanciales que Dinamarca ofreció.

Insultos al primer ministro groenlandés ("no sé quién es y va a tener un grave problema").

Sanciones económicas a empresas danesas.

Y, finalmente, reuniones diplomáticas cordiales en la Casa Blanca.

Todo al mismo tiempo. Todo contradictorio.

Incluso en Ucrania (donde el atlantismo esperaba alguna coherencia) Trump ha revertido decisiones políticas en cuestión de días, si no horas. Pasó de culpar a Kiev y bloquear inteligencia a prometer sanciones a Rusia, para luego retractarse tras una cumbre con Putin y permitir sólo que Europa compre armas estadounidenses, no que las reciba como donación.

Cada viraje mina meses de compromiso diplomático.

Los analistas llaman a esto la "teoría del loco": un líder que deliberadamente cultiva una reputación de imprevisibilidad para extraer concesiones.

Y Trump ha elevado esta táctica a doctrina geopolítica. Desde una perspectiva propagandística y de política interior, funciona: mantiene a su base entusiasmada con promesas grandiosas mientras evita los costes de cumplirlas completamente.

Puede proclamar simultáneamente victoria sobre Maduro y amistad con su sucesora chavista.

Puede amenazar guerra contra Irán y reclamar crédito por evitarla.

Puede exigir Groenlandia manteniendo la alianza con Dinamarca.

Pero esta ducha escocesa destruye los fundamentos mismos del orden internacional que ha garantizado la paz occidental durante ocho décadas.

La diplomacia tradicional se basa en la confianza. Es decir, en la capacidad de predecir el comportamiento de los socios y adversarios, de construir sobre acuerdos anteriores, de dar valor a la palabra empeñada.

Cuando un presidente estadounidense puede despreciar públicamente a una líder democrática el lunes, elogiar a una autócrata el martes y almorzar cordialmente con la primera el miércoles sin que ello signifique absolutamente nada, ¿qué valor tiene cualquier compromiso?

Cuando las amenazas militares se emiten y retiran en ciclos de 24 horas, los adversarios dejan de tomarlas en serio hasta que súbitamente se ejecutan (como en Venezuela), eliminando cualquier posibilidad de escalada controlada.

Cuando se ofrecen simultáneamente la compra, el soborno, la negociación y la invasión, ninguna contraparte sabe con qué está negociando realmente Trump.

Los aliados europeos viven aterrorizados de que una sola reunión con Trump deshaga meses de trabajo diplomático. El 38% de los daneses cree que Estados Unidos podría invadir Groenlandia. Las instituciones multilaterales se debilitan cuando el país más poderoso del mundo las trata como obstáculos negociables.

El atlantismo basado en valores se transforma en una relación transaccional cliente-patrón donde los aliados adulan servilmente al presidente para evitar su ira.

Trump puede ganar batallas tácticas con esta estrategia. Pero podría perder la guerra diplomática a largo plazo. Al reemplazar la previsibilidad por el caos, los principios por las transacciones, y la buena fe por la manipulación sistemática, no está fortaleciendo el poder estadounidense: lo está socavando.

Porque si los aliados no pueden confiar en que Estados Unidos estará presente en una crisis real, buscarán autonomía.

Si los adversarios no pueden distinguir amenazas vacías de reales, actuarán preventivamente.

Y si el orden internacional basado en reglas se convierte en el orden basado en los caprichos de un hombre, dejaremos de tener orden para tener sólo caos.

La ducha escocesa puede ser estimulante. Pero nadie construye alianzas duraderas bajo agua que cambia de temperatura cada minuto. Y ciertamente, nadie mantiene la paz mundial así.

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