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La ermita de Goya se renueva: "La visión de los frescos ha mejorado con la iluminación"

La ermita de Goya se renueva: "La visión de los frescos ha mejorado con la iluminación"
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La ermita de San Antonio de la Florida, donde reposan los restos de Francisco de Goya, y cuya cúpula pintó el artista en 1798, ha afrontado durante el último año una intervención integral de mejora de la eficiencia energética, impulsada por Patrimonio Nacional.

Durante meses, ha permanecido cerrada al público, envuelta en andamios y protegida por una sobrecubierta que ha alterado temporalmente su silueta junto al río Manzanares. Detrás de esa imagen, se encontraba una intervención tan necesaria como poco visible, cuyo objetivo principal ha sido mejorar el comportamiento energético del edificio, sin comprometer su valor histórico y artístico.

"Este proyecto nace de una financiación de fondos europeos vinculada a la eficiencia energética", explica Andrea San Valentín, arquitecta técnica de Patrimonio Nacional y responsable de la intervención. "Hemos actuado tanto en la envolvente como en las instalaciones de la ermita", añade San Valentín.

La obra ha abordado, por un lado, la envolvente del edificio -cubiertas, fachadas y carpinterías- y, por otro, las instalaciones interiores, con especial atención a la climatización y a la iluminación. Todo ello, en un espacio extremadamente sensible, que alberga uno de los conjuntos pictóricos más importantes del pintor de Fuendetodos (Zaragoza), y donde se conservan, además, los restos mortales del genio.

Una parte fundamental de la intervención se ha centrado en las cubiertas. La ermita de San Antonio de la Florida cuenta con una cúpula y un cupulín de plomo, además de cubiertas laterales de teja, que presentaban un notable deterioro tras décadas de exposición a la intemperie y reparaciones parciales.

"La cubierta de plomo estaba pidiendo a gritos una sustitución integral», señala San Valentín. "Tenía muchísimos parches y un estado muy degradado". Los estudios previos confirmaron, además, que parte de la cubierta, en la zona de los pies del templo, no era de plomo sino de zinc, fruto de una sustitución realizada en el siglo pasado, tras el robo del material original.

"En épocas muy duras, el plomo se robaba y se vendía», recuerda la arquitecta. «Ahora vamos a devolverle al edificio el plomo", añade. "Lejos de ser un material obsoleto", según explica, el plomo sigue siendo plenamente válido en arquitectura histórica, por su durabilidad, capacidad de reciclaje y buen comportamiento constructivo. "Además, no es contaminante y es muy eficiente. Cuando se retira se funde y se reutiliza. Bien trabajado, dura cientos de años".

Las fachadas y las carpinterías exteriores también se han intervenido. En estas últimas, se han detectado ataques de xilófagos, habituales en edificios históricos. Las ventanas se han saneado, tratado y, en los casos necesarios, sustituido, manteniendo siempre la madera como material original. «Se ha localizado -con una serie de catas y a través de una serie de investigaciones-, el color que podría tener esa carpintería, que va a suponer una nueva imagen para esta ermita», ilustra Luis Pérez de Prada, director de Inmuebles y Medio Natural de Patrimonio Nacional.

Andrea San Valentín nos explica en este vídeo en qué consiste la reforma.

Uno de los aspectos más delicados ha sido la renovación del sistema de climatización. Hasta ahora, la ermita contaba con radiadores eléctricos, un sistema poco eficiente y difícil de controlar. La nueva instalación apuesta por un sistema VRV (volumen de refrigerante variable), que permite regular de forma independiente cada espacio, así como un mayor ahorro energético.

"Hemos tenido claro desde el principio que no debíamos modificar las condiciones de temperatura y humedad del interior del templo", subraya San Valentín. "Los frescos llevan siglos adaptados a un microclima muy concreto. Alterarlo podría ser peligroso", advierte.

Por ello, el sistema de climatización se ha concentrado en las salas periféricas o de servicio, dejando intacto el ambiente del espacio central bajo la cúpula de Goya. «Creemos que así se conservan mejor». Para garantizar que la obra no afectara negativamente a las pinturas, se ha implantado un sistema de monitorización continua. Vibraciones, temperatura y humedad han sido controladas de manera permanente durante los trabajos.

Ángel Balao, jefe de Restauración de Patrimonio, añade que la labor en el interior se ha centrado en la protección de los frescos, en la sustitución de la iluminación por una con tecnología LED y en el pintado de los elementos arquitectónicos. «La visión de los frescos ha mejorado bastante con la sustitución de la iluminación y también con lo que es la pintura, que antes era muy oscura y ahora ha ganado luminosidad», matiza Balao.

La historia de la ermita de San Antonio de la Florida es también la historia de una ciudad en transformación. Su origen se remonta a 1732, cuando se levantó una primera capilla dedicada a San Antonio de Padua, que pronto se convirtió en centro de devoción popular. Todavía hoy, cada 13 de junio los madrileños acuden a su romería, en una tradición castiza donde los solteros piden pareja al santo. Una de sus tradiciones es depositar 13 alfileres en la pila bautismal, y el número de alfileres clavados en la mano indica los pretendientes que se tendrán durante el año.

Aspecto de la ermita durante la intervención.

Las reformas urbanas del siglo XVIII obligaron a derribar y reconstruir la ermita en varias ocasiones. La primitiva obra de Churriguera fue sustituida por otra de Sabatini y, finalmente, por la actual, construida entre 1792 y 1798por el arquitecto Felipe Fontana, por encargo de Carlos IV, con motivo de las obras del palacio de La Florida.

En ella, pintó Francisco de Goya, en 1798, el extraordinario conjunto de frescos que hoy la convierte en una joya única. La escena central representa el milagro de San Antonio de Padua, que resucita a un muerto en Lisboa para salvar a su padre de una acusación falsa. La obra rompe con la tradición académica y sitúa al espectador entre personajes populares.

A principios del siglo XX, el uso religioso y la devoción popular puso en peligro las pinturas. Por ello, en 1928 se construyó una ermita gemela, idéntica a la original, para trasladar el culto. Esta decisión permitió proteger los frescos y consolidar el carácter patrimonial del edificio, que había sido declarado Monumento Nacional en 1905.

La importancia simbólica de la ermita se multiplicó con la llegada de los restos de Goya, fallecido en Burdeos en 1828. En 1899, su cuerpo se trasladó a Madrid -sin cráneo, que no apareció en la exhumación-, y meses después, el 11 de mayo de 1890, fue inhumado en el mausoleo de hombres ilustres del cementerio de San Isidro. Aquella ubicación se consideró provisional y, en 1919, fue llevado a su sepultura definitiva, en la ermita de San Antonio.

Entre 1987 y 2005, se llevaron a cabo varias campañas de restauración, entre ellas la de los frescos. Desde entonces, el Ayuntamiento de Madrid tiene su custodia, con el asesoramiento de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de Patrimonio Nacional, propietario del monumento. Esta nueva intervención llega, además, a tiempo para encarar 2028, año del bicentenario de la muerte de Goya.

Fuentes

Patrimonio Nacional, 'El espacio modificado a través de las pinturas murales de Goya: la basílica del Pilar y la ermita de San Antonio de la Florida', Aurelio Vallespín Muniesa, Universidad de Zaragoza. 'La tumba de Goya en San Antonio de la Florida', de María José Rivas Capelo (Museo de Historia de Madrid). 'El póstumo disparate de Goya: La odisea de sus restos mortales' (Hemeroteca Municipal de Madrid). 'Cuatro tumbas, dos cuerpos y Goya sin cabeza' (AEPE, asociación española de pintores y escultores), Fundación Goya en Aragón, Museo Nacional del Prado, Ayuntamiento de Madrid.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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