- BEATRIZ TRECEÑO @beatriztreceno
En un entorno de mayor riesgo geopolítico, inflación, disrupción energética y vulnerabilidad social como el actual, los factores ESG vuelven a ser interpretados por el mercado como factores de competitividad.
Tras casi cuatro meses de bloqueo, la próxima apertura del estrecho de Ormuz supondrá a todas luces un alivio para los mercados financieros, energéticos y, en general, en términos sociales y económicos. La guerra en Oriente Medio y la crisis energética asociada al estrecho han vuelto a poner a prueba la competitividad europea, la transición energética, la cohesión social, la seguridad hídrica y el comportamiento de los mercados. Y, todo ello, ha vuelto a situar a la sostenibilidad en el centro del debate políticoy económico tras algo más de un año de ligero retroceso marcado por las políticas antiambientales de gobiernos como el de Donald Trump.
"Después de un periodo en el que la sostenibilidad y el buen gobierno habían quedado penalizados frente a narrativas más cortoplacistas, algunos índices ESG y de gobierno corporativo empiezan a mostrar diferenciales positivos, tanto a nivel global como europeo (con 15 y 117 puntos básicos respectivamente)", comenta Jaime Silos, director de Desarrollo Corporativo de Forética. Y, aunque todavía es pronto para hablar de retorno estructural, "sí podría estar emergiendo una primera evidencia de que, en un entorno de mayor riesgo geopolítico, inflación, disrupción energética y vulnerabilidad social, los factores ESG vuelven a ser leídos por el mercado como factores de resiliencia".
Agenda de seguridad
Esta crisis ha vuelto a demostrar que la transición energética no es sólo una agenda climática, sino también una agenda de seguridad. Para países sin hidrocarburos propios, la dependencia de suministros fósiles procedentes de regiones inestables o de alianzas frágiles ha vuelto a convertirse en una vulnerabilidad estratégica.
A esto se suma el impacto social por el contexto de inflación, que se convierte en una condición de estabilidad democrática; y el agua, que entra de lleno en la agenda geopolítica. Los ataques o daños sufridos por infraestructuras de desalación en el Golfo muestran que, en regiones con estrés hídrico extremo, el agua puede convertirse en una vulnerabilidad crítica. "La seguridad hídrica ya no puede analizarse únicamente desde la óptica ambiental o de gestión de recursos, debe incorporarse a la conversación sobre seguridad, continuidad operativa y resiliencia de infraestructuras esenciales", destaca Silos.
Acelerar
La consecuencia de todo esto debería ser acelerar la electrificación, las renovables, la eficiencia y el almacenamiento. Pero, en el peor de los casos, el shock también podría provocar el efecto opuesto y favorecer el retorno de fuentes como el carbón, menos dependientes de infraestructuras críticas o grandes rutas marítimas.
Nuevo ciclo
Este impulso de la ESG puede llegar a verse, incluso, como un nuevo ciclo. Aquello que durante años se percibió como coste o exigencia regulatoria empieza a configurarse como un factor de posicionamiento competitivo. "Tras un periodo dominado por la inflación, la geopolítica o la presión por resultados de corto plazo, los factores ESG vuelven a encajar con una idea que hoy pesa más que hace dos años, la resiliencia", opina Alberto Castilla, socio responsable de Sostenibilidad de EY. No porque la sostenibilidad hubiera desaparecido, sino porque había quedado un tanto dormida en el relato mientras seguía avanzando por debajo desde la regulación, la innovación y el cambio de demanda. "Lo que empieza a evidenciarse es una fase de mayor madurez, de menos narrativa aspiracional y más lectura económica de la sostenibilidad". Y, añade, "quizá ahí está la clave: el mercado empieza a distinguir mejor entre sostenibilidad cosmética y sostenibilidad útil, la que genera lo que llamamos impacto tangible: impacto financiero, protección frente a los riesgos y efectos medibles en el entorno".
Última década
En realidad, la última década ya venía anticipando este movimiento. La presión regulatoria, la búsqueda de seguridad energética y el cambio del consumo habían ido convirtiendo la sostenibilidad en un motor de competitividad para las empresas más que en un coste. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) insiste en que la eficiencia energética y la electrificación son ya las palancas más rápidas y rentables tanto para descarbonizar como para mejorar competitividad y los márgenes, y estima que la eficiencia podría aportar más del 40% de la reducción global de emisiones necesaria hasta 2030.
La transición energética se percibe, por tanto, como un cambio en el mix cada vez más estructural y difícil de revertir pese a momentos de estancamiento puntuales.
Transición verde
Los datos positivos se pueden identificar en diferentes sectores verdes. En automoción, el diésel ha pasado de rondar el 52% de cuota en 2015 al 8,9% en 2025, mientras el coche eléctrico de batería ha escalado desde menos del 1% hasta el 17,4%, según los constructores de automóviles (ACEA). En electricidad, las renovables han pasado del 34% de la generación en 2019 al 47,3% en 2025, según European Electricity Review y Eurostat.
En lo que respecta a los índices de sostenibilidad, según MSCI, referente global, vuelven a ganar tracción en 2026, especialmente en Europa, tras un periodo de bajo rendimiento por la volatilidad energética, la incertidumbre geopolítica, la criminalización de la aplicación de criterios ESG por parte de la administración norteamericana y el repricing de primas de riesgo. En Europa, además, el mercado sigue reconociendo una prima de valoración clara a las compañías con mejor perfil ESG.
Y, ¿qué cabe esperar? Según el socio de EY, "este año ha demostrado que las tendencias de sostenibilidad no son un mero ejercicio teórico sino que anticipan riesgos y oportunidades para las empresas".
Un informe de tendencias tecnológicas de NTT DATA estima que para 2030 más del 65% de las empresas globales recurrirán a software de IA para optimizar su aprovisionamiento y reducir emisiones, empujadas tanto por la regulación como por la demanda de inversores y mercados. Según el informe, el sector de tecnología verde y sostenibilidad alcanzará en 2029 los 65.300 millones de dólares, creciendo un 23,1% anual.
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