Estación Espacial Internacional (ISS).
Ciencia La Estación Espacial lanza un aviso: los virus y bacterias a bordo "están evolucionando de forma diferente a la Tierra"Los científicos consideran que este fenómeno ofrece oportunidades contra la resistencia microbiana, pero también riesgos.
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Raquel Díaz Publicada 19 enero 2026 04:25hLas claves nuevo Generado con IA
Virus y bacterias en la Estación Espacial Internacional evolucionan de forma diferente a como lo hacen en la Tierra debido a la microgravedad.
El estudio revela que los bacteriófagos tardan mucho más en infectar a E. coli en el espacio, acumulando mutaciones anómalas durante el proceso.
La microgravedad ralentiza la infección y altera la fisiología bacteriana, cambiando las rutas evolutivas y el paisaje de mutaciones tanto en virus como en bacterias.
Estos hallazgos abren la puerta a nuevas herramientas contra bacterias resistentes, pero también plantean la necesidad de vigilancia microbiológica en misiones espaciales largas.
A bordo de la Estación Espacial Internacional ocurre algo que despertaría la imaginación de los autores de ciencia ficción. Los virus y bacterias en microgravedad, a 400 kilómetros de altura, no solo cambian su comportamiento, también su guion evolutivo.
La primera diferencia respecto a sus interacciones en la Tierra es que los bacteriófagos tardan más en infectar a E. coli. Mientras se buscan a ciegas en ese caldo casi inmóvil que se da en un ambiente con gravedad, ambos empiezan a acumular mutaciones anómalas. No es que el espacio los convierta en otra cosa de golpe: es más inquietante.
La misma pareja de virus y bacteria se adapta siguiendo una ruta alternativa, como si la estación fuese un laboratorio secreto que empuja a la vida a explorar otras soluciones. Y eso es exactamente lo que muestra un estudio publicado en PLOS Biology. El fago T7 puede infectar a Escherichia coli, pero la interacción se retrasa, cambia de ritmo e induce mutaciones anómalas.
Científicos españoles descubren más de 1.000 nuevos asteroides en imágenes antiguas del telescopio HubbleLa lógica de este duelo es conocida: las bacterias levantan defensas y los fagos responden afinando sus llaves moleculares para volver a entrar. Lo que el trabajo liderado por Phil Huss añade es el componente físico: en microgravedad, sin corrientes de convección, las partículas virales y las bacterias se encuentran menos y peor.
Además, el entorno altera la fisiología bacteriana (metabolismo, estrés, expresión génica), lo que puede cambiar qué puertas hay disponibles para que el virus se adhiera.
Diseño del experimento en la ISS
El experimento se diseñó para separar en lo posible la 'física' del espacio de otros factores. Prepararon dos conjuntos idénticos de 32 crioviales sellados. Uno viajó a la ISS y otro se quedó en la Tierra como control. Se incubaron a 37 ºC durante 1, 2 y 4 horas, y también en una condición larga de 23 días.
Para no mezclar la ecuación con el movimiento bacteriano, usaron una cepa no motil de E. coli BL21. Y, por requisitos de seguridad y logística, las muestras se congelaron y descongelaron siguiendo el itinerario espacial. Llegaron a la ISS y después volvieron para su análisis con recuentos, secuenciación y pruebas de mutagénesis masiva.
El resultado principal es que el fago no falla, pero se demora. En condiciones habituales en la Tierra, T7 puede lisar E. coli en decenas de minutos si hay agitación. En microgravedad,tardó 23 días en aparecer una subida clara (del orden de 10.000 veces) compatible con infección productiva y lisis. Es decir: la microgravedad frena, no neutraliza.
Lo más interesante llega cuando se mira la letra pequeña del genoma. Con secuenciación completa, el equipo detectó mutaciones ex novo tanto en el fago como en la bacteria tras la incubación prolongada.
En el lado viral, varias de esas mutaciones se concentran en genes relacionados con estructura e interacción con el huésped. En el lado bacteriano, aparecen cambios que podrían mejorar la supervivencia en microgravedad y, a la vez, reducir la vulnerabilidad al fago. La lectura es clara: el tablero cambia y, con él, el camino evolutivo.
Mapa de mutaciones en detalle
Los autores aplicaron una herramienta poderosa, el Deep Mutational Scanning (DMS), que permite evaluar miles de variantes de una proteína y dibujar un mapa de qué mutaciones ayudan o perjudican. En este caso, se centraron en el dominio “punta” de la proteína de unión a receptor del T7, la pieza que decide a qué bacterias puede engancharse.
Su biblioteca incluía 1.660 variantes con sustituciones puntuales (un aminoácido cambiado por otro). El paisaje de aptitud en microgravedad —qué cambios funcionan, cuáles se toleran y cuáles se penalizan— resultó muy distinto al terrestre.
Y aquí aparece la extraña conexión con la salud humana: combinando variantes enriquecidas en microgravedad, construyeron fagos capaces de infectar de forma productiva cepas uropatógenas de E. coli resistentes al T7 “salvaje” en condiciones de la Tierra.
Esto es útil puesto que las infecciones urinarias están dominadas por E. coli uropatógena (UPEC). Se la considera responsable de alrededor del 75% de las infecciones no complicadas y una gran fracción de las complicadas. En paralelo, la resistencia antimicrobiana se ha convertido en una de las grandes amenazas sanitarias globales.
En ese contexto, la fagoterapia —usar fagos como tratamiento o como complemento— vuelve a ganar foco. De hecho, la OMS ha publicado fichas específicas sobre su potencial frente a bacterias resistentes, y revisiones recientes repasan el estado de los ensayos clínicos y sus límites (especificidad extrema, necesidad de cócteles, regulación).
Riesgos y vigilancia en misiones largas
Pero hay otro detalle igual de importante, especialmente si pensamos en misiones largas. La ISS es un ecosistema cerrado donde la biología no se comporta como en casa. Ya se había visto que el vuelo espacial puede alterar expresión génica y virulencia en patógenos como Salmonella, con experimentos clásicos que detectaron mayor agresividad en modelos animales tras crecer en condiciones de vuelo.
Captan la explosión cósmica más grande jamás vista, 100 veces el tamaño de nuestro sistema solarTambién hay estudios que sugieren que la microgravedad (o modelos de microgravedad) puede modular la tolerancia a antibióticos en E. coli y activar respuestas de estrés. Y análisis genómicos más recientes han comparado bacterias aisladas de la ISS con contrapartes terrestres, encontrando patrones relevantes en genes de defensa, virulencia o resistencia que obligan a cuidar la vigilancia microbiológica en órbita.
El estudio de PLOS Biology no sugiere que los fagos vayan a “salvarnos” ni que el espacio sea una fábrica automática de supermicrobios. Sí apunta a algo más fino: cuando cambias el entorno físico y fisiológico, cambias el menú de soluciones evolutivas disponibles.
Y eso puede jugar en dos direcciones: anticipar riesgos microbianos en naves y estaciones, y, a la vez, aprovechar esa presión selectiva para diseñar herramientas nuevas contra bacterias difíciles. En palabras de los propios autores, el espacio no solo ralentiza la infección: reorienta la evolución.