Ampliar
Lacarra, en la puerta de la sala de ensayos del teatro. Ñito Salas La estrella mundial del ballet fichada por Antonio Banderas: «Bailo mejor ahora que con 20 años»Lucía Lacarra, considerada una de las mejores bailarinas del mundo, llega a Málaga para dirigir el festival de danza del Teatro del Soho CaixaBank
Jueves, 19 de marzo 2026, 00:46 | Actualizado 00:58h.
–¿Esa niña alguna vez imaginó que llegaría a ser una de las mejores bailarinas del mundo y que tendría su propia compañía?
–Ni mucho menos. Yo había visto, con once años, un vídeo de 'El lago de los cisnes' con Natalia Makarova de protagonista. Me lo dio mi profesora de danza en San Sebastián: era una cinta VHS. Y recuerdo llamar a mi madre durante el segundo acto, cuando aparecen todos los cisnes, y decirle: «Mamá, quiero ser una de ellas». Y sólo aspiraba a estar en la última línea, a vivir de esto. Nunca imaginé ser la primera de la fila. Pero creo que hubiera sido igual de feliz siendo la última. Yo sólo quería vivir en un escenario, que mi trabajo fuera ir al teatro y bailar.
–Pura vocación.
–Exacto. Para mí la danza ha sido una vocación, una forma de vida. Nunca me lo he tomado como un trabajo, aunque se lo haya dedicado todo, en cuerpo y alma.
–¿Y ha compensado?
–Me ha dado satisfacciones que jamás esperé. Es que ni siquiera pensé en alcanzar la mitad de lo que he conseguido.
–Qué curioso: su talento ha llegado más lejos que su ambición. Suele ocurrir al contrario.
–Con tres años ya decía que iba a ser bailarina, pero nadie sabe de dónde viene ese deseo. En casa nadie se había dedicado a la danza. Ni siquiera era algo que vieras en televisión; ya sabemos que no es una disciplina muy valorada en España, mucho menos en aquella época. Mi madre tenía un joyero con la típica bailarina que giraba con música y recuerda que, siendo yo un bebé, podía pasarme horas mirándolo. Pero, aparte de eso, es un misterio de dónde traigo esta vocación.
Ampliar
Ñito Salas–¿Qué opinaban en casa?
–Para mi madre fue extremadamente difícil. Mi padre murió en un accidente de coche cuando yo tenía dos años y ella se quedó sola con dos niñas. Yo soy la pequeña, así que no me tomaron muy en serio cuando empecé a decir que quería ser bailarina. Y soy de Zumaya, un pueblo que entonces tenía ocho mil habitantes. Allí la danza ni siquiera existía. Pero cuando cumplí nueve años abrieron una pequeña academia y la profesora le dijo a mi madre: «La niña tiene talento, hay que ayudarla».
–¿Y la ayudaron?
–Mi madre era muy realista. Le daba miedo que me estrellara. Sabía de dónde veníamos, que estábamos en un pueblo pequeño... Le daba miedo que me metieran pájaros en la cabeza, así que me llevó a un curso de verano en Tarragona donde había profesores buenísimos como Rosella Hightower con la intención de que me diera cuenta de que la danza es un mundo complicado y que me lo debía tomar como un hobby. Pero el efecto fue el contrario: los profesores se volcaron conmigo, me dieron más alas todavía y mi madre se cogió un disgusto enorme porque no se lo esperaba para nada.
–¿Y qué le hizo cambiar de opinión?
–Al principio los profesores querían llevarme al Liceo de Barcelona, a Bruselas, a Cannes… y ella siempre decía que no. Hasta que surgió una oportunidad de prepararme en San Sebastián, que está a media hora de Zumaya, y aceptó. Y a partir de ahí todo fue muy rápido.
«En el escenario estoy tan concentrada que se me olvida hasta el dolor»
–¿Es un mundo tan duro como parece? En ocasiones transmite incluso cierta sensación de crueldad que no sé si se corresponde con la realidad.
–Es muy sacrificado, pero yo no lo he vivido como un castigo sino como un regalo. Es la forma de vida que he elegido, la que quiero desde niña.
–¿Ni siquiera lo ha vivido como un sacrificio cuando han llegado las lesiones, los momentos más duros?
–Nunca, ni un solo día, he querido hacer otra cosa que bailar. ¿Que requiere disciplina? Sí. Y muchísimo trabajo.
–Y esfuerzo físico.
–He tenido la suerte de nacer con un cuerpo que está hecho para bailar. Eso creo que ha hecho que no lo haya tenido que torturar tanto como otras personas. Las posiciones, las líneas, las hago naturalmente. Quizá por eso tengo una carrera tan larga.
–Porque muchos de sus colegas ya están retirados a su edad.
–Con treinta años ya empiezan a pensar en dirigir su carrera hacia otra dirección, sí. Yo tengo la suerte de que mi cuerpo, de momento, me apoya y no se queja.
–Pero también ha sufrido lesiones, algunas muy duras.
–No he tenido lesiones constantes, crónicas, que son las que más daño psicológico hacen, pero he sufrido lesiones muy malas. En 'La tempestad', por ejemplo, hacía de Ariel y me rompí los ligamentos cruzados en el escenario después de un salto.
–¿Qué pasó?
–Hice un salto y, al aterrizar, mi rodilla hizo crac y me encontré besando el suelo. Sabía que algo se había roto. Fue una lesión muy mala porque tengo rodillas muy bonitas para las líneas porque son extensas pero muy complicadas para operar. Fue una intervención dura. La pierna se me quedó morada, tenían que quitarme líquido cuatro veces a la semana. Nadie, ni el médico, pensó que iba a volver a bailar. La única que no lo dudó ni un segundo fui yo misma. Y a los seis meses ya estaba bailando también.
Ampliar
Ñito Salas–En otra ocasión estuvo meses bailando con un dedo roto.
–Se me dislocó el dedo porque una pareja de baile me dejó en el suelo un poco más fuerte de lo normal. Eran huesos muy pequeños, así que me hicieron radiografías pero no encontraban el problema. Seguí bailando hasta que no pude más del dolor. Me tuvieron que operar dos veces.
–No la frena ni el dolor.
–No es que me guste sufrir, no me gusta el dolor, pero en el escenario estoy tan concentrada que se me olvida todo. Por ejemplo, desde que tuve a mi hija sufro de migrañas por tres hernias cervicales, pero en el escenario no las siento. En cuanto vuelvo al camerino me atacan como un martillazo en la cabeza, pero mientras estoy en el escenario no siento ese dolor.
–También eso se entrena, supongo.
–Enfocamos tanto nuestra mente hacia lo que estamos haciendo que… Pero tengo un buen termómetro de dolores. Sé cuáles son los corrientes, los que vienen de un entrenamiento largo por ejemplo, esos dolores buenos como yo los llamo, y también cuáles son peligrosos. He aprendido a escuchar a mi cuerpo.
«He aprendido a no juzgarme tanto... Las emociones fluyen y eso te hace imperfecta»
–¿Hay mucha diferencia entre bailar a los veinte años y a los cuarenta?
–Muchísima, pero no siempre negativa. Nadie es la misma persona a los veinte que a los cuarenta. No tenemos los mismos gustos ni las mismas inquietudes. Las personalidades y las necesidades cambian. He visto bailarines con cuarenta que intentan hacer creer que tienen veinte o treinta. Yo prefiero abrazar el cambio, la evolución. Y hay cosas que está bien dejarlas al nivel al que las has hecho, pero en otros casos bailo mucho mejor que con veinte años porque tengo más experiencia, otra forma de ver las cosas.
–¿En serio?
–Sí. Antes hablábamos de la lesión. Recuerdo estar en la ambulancia y mantenerme absolutamente fría, tranquila. Aprendí que llevaba años dándole importancia a cosas, detalles, que no la tenían: algún desajuste con la música, problemas con el vestuario… Y ese día me di cuenta de que lo realmente importante era terminar el espectáculo. Porque no pude terminarlo, claro. Me tuvieron que llevar al hospital y bajaron el telón. Eso hizo que cambiara muchísimo mi forma de ver este trabajo. Ahora disfruto de cada segundo en el escenario, incluso si estoy quieta esperando hacer un solo. Y agradezco terminar cada espectáculo y saludar al público.
–¿Le dolió más el orgullo que la rodilla?
–No tengo un ego especialmente desarrollado. Somos artistas, no hay que tomárselo tan en serio. No creo que fuese orgullo sino exigencia conmigo misma. He aprendido a no juzgarme tanto, a dejarme llevar y no intentar controlar cada movimiento. Somos artistas, no gimnastas. En un escenario las emociones fluyen y eso te hace imperfecta.
–¿Siente que eso lo ha aprendido con los años?
–Totalmente. Siempre se han sorprendido cuando he cambiado de compañía siendo primera figura, pero me parece que forma parte de la evolución necesaria para seguir aprendiendo. Cambiar de país, incluso de continente, y empezar de cero.
«Mi cuerpo, de momento, me apoya y no se queja. Bailo mejor ahora que con veinte años»
–¿Y cuándo empezó a interesarse por la gestión?
–Pronto, con veinte años empecé a ser mi propia mánager. Antes de aceptar cualquier propuesta quería saber con quién iba a trabajar, cómo estaban organizadas las cosas… Tener mi propia compañía era algo natural. Me permite tomar decisiones y eso hace que los espectáculos hayan adquirido otra dimensión para mí. Lo he probado y ya no volvería a ser un elemento más de una compañía.
–¿Qué encaje tiene, en este punto de su carrera, la dirección de un festival como este?
–Me parece una oportunidad de oro, una manera de aportar algo más a este mundo de la danza. De una manera u otra siempre estaré en el escenario.
–¿Y qué pensó cuando recibió la llamada de Antonio Banderas?
–Antonio es una estrella de cine. Que haya abierto su propio teatro en su ciudad natal me parece una noticia impresionante. Porque el teatro es el negocio menos lucrativo que existe. Para mí fue mágico enterarme de lo que había hecho. Y desde entonces tuve el deseo de bailar para él, en su escenario, pero no coincidimos. Hasta que nos vimos en los premios de la Real Academia de Artes Escénicas, de la que me hicieron miembro de honor el mismo año que a él lo premiaron. La conversación surgió enseguida. Me dijo que tenía una espinita clavada con la danza, me comentó que le rondaba esta idea en la cabeza y, casualmente, yo ya tenía redactado el proyecto de un festival. Creo que hay cosas que están destinadas a que ocurran.
–Pero hay que darles un empujón a veces: usted ya tenía ese proyecto, por ejemplo.
–Sí, siempre digo que es mejor tener un veinte por ciento de talento y un ochenta por ciento de disciplina y trabajo que lo contrario. Vengo de un pueblo de ocho mil habitantes y empecé en una época en la que la danza apenas existía en España. Para conseguir esto necesitas tener mucha hambre.
–¿Está preparada para despedirse de los escenarios?
–Cuando estuve en San Francisco vi varios espectáculos de despedida, que es algo que allí les gusta hacer mucho, y pensé que yo nunca sería capaz de hacer algo así. Porque no voy a poner una fecha final a mi vida en un escenario, decir: «Tal día haré mi último espectáculo». Ahora disfruto de otras facetas de este trabajo como la producción o la dirección de este festival, por ejemplo, y sé que llegará un momento en que naturalmente deje de bailar. Pero no seré capaz de ponerle fecha.
Límite de sesiones alcanzadas
El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.
Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Sesión cerrada
Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.
Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.
Iniciar sesión Más información¿Tienes una suscripción? Inicia sesión