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La Fed en el banquillo

La Fed en el banquillo
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El autor defiende que politizar un banco central no abarata el dinero, sino que abarata la credibilidad y ve una "responsabilidad" para que Europa actúe como un verdadero bloque económico. Leer
OPINIÓNLa Fed en el banquillo
  • OMAR RACHEDI
12 ENE. 2026 - 20:36Donald Trump y Jerome Powell en la visita del presidente de EEUU a las obras de los edificios sede de la Fed en julio del año pasado.EXPANSION

El autor defiende que politizar un banco central no abarata el dinero, sino que abarata la credibilidad y ve una "responsabilidad" para que Europa actúe como un verdadero bloque económico.

El 11 de enero, Jerome Powell abrió un sobre que, desde el primer momento, dejó claro que no contenía solo un asunto personal ni institucional, sino una señal para la economía mundial. El motivo era de una gravedad inusual: había sido citado por un gran jurado federal y se enfrentaba a la amenaza de una posible imputación penal por su testimonio ante el Senado sobre la reforma de la sede de la Fed.

Puesto en perspectiva, este episodio no es un hecho aislado, sino el último paso en la ofensiva de la administración Trump contra la independencia del banco central. Y resulta especialmente significativo porque no era necesario: el mandato de Powell como presidente de la Fed termina en mayo de 2026.

La vía penal, por tanto, parece menos orientada a forzar un relevo inmediato que a sentar un precedente institucional, dejando claro que la resistencia dentro del banco central puede tener costes personales.

El mercado lo leyó así. El oro tocó récord en torno a 4.600 dólares la onza, el dólar se debilitó y los futuros bursátiles estadounidenses cedieron tras conocerse la investigación.

Estados Unidos: bajar tipos hoy, pagar mañana

En el corto plazo, el impacto empieza en Wall Street, pero no se queda allí. La razón es muy concreta: el Treasury es el "suelo" sobre el que se construyen hipotecas, crédito corporativo y valoraciones de activos. Y ese suelo es enorme: el mercado de deuda del Tesoro ronda los 30 billones de dólares en circulación.

Cuando el inversor huele interferencia, pide prima. Y una prima de apenas unas décimas sobre un stock tan grande no es un detalle técnico: son decenas -o cientos- de miles de millones al año en mayor coste financiero, repartidos entre Estado, empresas y hogares. Ese es el puente entre Wall Street y Main Street.

Aquí aparece la paradoja. La Casa Blanca aprieta para tener una Fed más "amiga" y, con ella, tipos más bajos. Pero el daño a la credibilidad puede producir lo contrario en el horizonte relevante. Una Fed percibida como dócil no abarata necesariamente la financiación: puede encarecerla, porque desancla expectativas de inflación y empuja al alza los tipos largos. Y si las expectativas se mueven, la historia suele acabar igual: uno o dos años más tarde, el banco central se ve obligado a endurecer más de lo que habría sido necesario para recuperar el control.

Conviene bajarlo a tierra. El famoso "privilegio exorbitante" del dólar no es poesía geopolítica; es una ventaja económica muy concreta.

Primero, Estados Unidos se financia en su propia moneda y el resto del mundo compra esa deuda como activo seguro. Eso le permite endeudarse más barato y con mayor flexibilidad que cualquier otro país comparable.

Segundo, cuando llega el pánico global, el dinero corre hacia el dólar y hacia los Treasuries. En la práctica, Estados Unidos recibe una prima de seguro del resto del mundo: en las crisis, le prestan más y le exigen menos.

Tercero, esa posición le da margen fiscal y estratégico: sostener déficits elevados, absorber shocks y proyectar poder. Hoy el dólar sigue siendo la pieza central del sistema: representa cerca del 60% de las reservas oficiales mundiales, una cuota tres veces superior a la del euro.

Ahora viene lo incómodo: el privilegio no es un derecho adquirido. Es reputación. Si el mundo empieza a pensar que la Fed deja de ser un cortafuegos técnico, el dólar no desaparece, pero su ventaja se erosiona. Y ese desgaste, aunque lento, es muy caro.

Después de Powell: la sucesión y el pulso institucional

La sucesión ya funciona como un plebiscito sobre independencia. Kevin Hassett aparece como el favorito del entorno de Trump, con Kevin Warsh como alternativa más cercana a la visión tradicional del banco central.

Pero la historia no termina el 15 de mayo. Powell, como miembro del Consejo, puede seguir hasta enero de 2028. Y aquí hay una señal reveladora: en los mercados de predicción que siguen los inversores, la probabilidad implícita de que Powell abandonara también su asiento como gobernador tras dejar la presidencia se ha desplomado, del entorno del 84% a cerca del 50%. Dicho en claro: ya no es evidente que se vaya.

Esa lectura encaja con una intuición inquietante. El asalto no busca solo cambiar al presidente, sino forzar la salida completa para abrir otra vacante y, de paso, dejar claro al resto del Consejo hasta dónde puede llegar la presión política.

Latinoamérica: volatilidad importada en el peor momento

Cuando Estados Unidos estornuda, América Latina se resfría primero. Y el momento regional no podría ser más delicado.

Venezuela es hoy el caso más extremo, pero no el único. Combina un colapso económico prolongado con una transición política caótica tras la salida forzada de Nicolás Maduro. El país entra en una recomposición institucional cargada de incertidumbre, con una economía muy debilitada, sin acceso normal a financiación internacional y con un legado que sigue pesando sobre cualquier reapertura: litigios y reclamaciones por expropiaciones que superan los 13.000 millones de dólares.

Colombia, aunque en una situación muy distinta, tampoco es inmune. Llega a este episodio con un cuadro fiscal frágil, con un déficit del 6,2% del PIB en 2025. En un contexto de dólar volátil y primas de riesgo al alza, esa vulnerabilidad reduce el margen de maniobra y amplifica cualquier shock externo.

Argentina ilustra una contradicción adicional. Washington ha coqueteado con un salvavidas financiero, incluida una línea tipo "swap" de 20.000 millones de dólares, pero ese apoyo convive con fricciones comerciales y condicionantes políticos. A ello se suman vencimientos relevantes en 2026, unos 4.500 millones de dólares en este comienzo de año. Con este cóctel, decisiones de Trump pensadas para "mandar" sobre la Fed pueden acabar jugando contra Milei: encarecen el dólar financiero y elevan la volatilidad justo cuando Argentina necesita estabilidad.

Menos dólar: China empuja, Europa puede, y debe, ganar

China intentará aprovechar cualquier erosión del dólar, pero su alternativa sigue siendo incompleta. El renminbi gana espacio en pagos internacionales, pero aún no ofrece un mercado de activo seguro abierto, profundo y plenamente confiable para el resto del mundo.

La verdadera oportunidad es europea. Si el privilegio del dólar se agrieta, Europa puede capturar parte de ese dividendo en forma de financiación más barata, mayor autonomía financiera y más capacidad de acción estratégica. Pero para hacerlo necesita algo que todavía no tiene en escala suficiente: un mercado de activo seguro verdaderamente profundo, líquido, continuo y paneuropeo.

Eso, en la práctica, significa más eurobonos. No emisiones puntuales, sino un instrumento estable, con volumen y horizonte largo. La Comisión Europea prevé emitir hasta 90.000 millones de euros en eurobonos en el primer semestre de 2026, y el stock de deuda común empieza a ser relevante, pero aún está lejos de competir con el Treasury estadounidense.

Si Europa quiere financiar de verdad su autonomía estratégica en defensa, energía, tecnología, y cadenas de suministro, necesita un activo seguro propio que canalice ahorro global, reduzca costes de financiación y refuerce el papel internacional del euro. No es un debate académico ni ideológico. Es una cuestión de soberanía económica en un mundo que empieza a dejar de confiar ciegamente en una única ancla.

Politizar un banco central no abarata el dinero: abarata la credibilidad. Y cuando esa credibilidad pertenece al emisor del principal activo seguro del mundo, el coste se exporta al resto de la economía global. Pero toda pérdida de confianza redistribuye poder. Si el privilegio del dólar se erosiona, Europa no solo tiene una oportunidad financiera: tiene la responsabilidad de entender que necesita actuar como un verdadero bloque económico, capaz de ofrecer un activo seguro común, instituciones creíbles y una visión compartida.

Omar Rachedi. Profesor del Departamento de Economía, Finanzas y Contabilidad de Esade

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Fuente original: Leer en Expansión
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