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"La gente andaba como 'zombi' y se oían gritos de los atrapados": el testimonio del policía local que llegó primero al accidente

"La gente andaba como 'zombi' y se oían gritos de los atrapados": el testimonio del policía local que llegó primero al accidente
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El jefe de la Policía Local de Adamuz revive para EL ESPAÑOL las primeras horas tras el choque de dos trenes que ya deja al menos 40 muertos: oscuridad total, heridos evacuados a pulso y voces pidiendo ayuda. Más información: En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos".

Un agente de la Guardia Civil y personal de emergencias, junto a uno de los trenes destrozados tras el choque mortal de dos convoyes de alta velocidad en Adamuz (Córdoba), el 19 de enero de 2026. REUTERS / Susana Vera.

Reportajes horas de oscuridad "La gente andaba como 'zombi' y se oían gritos de los atrapados": el testimonio del policía local que llegó primero al accidente

El jefe de la Policía Local de Adamuz revive para EL ESPAÑOL las primeras horas tras el choque de dos trenes que ya deja al menos 40 muertos: oscuridad total, heridos evacuados a pulso y voces pidiendo ayuda.

Más información:En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos".

Adamuz (Córdoba) Publicada 20 enero 2026 02:46h

Antonio Ruiz estaba en Adamuz cuando sonó el teléfono. Era domingo. Caía la tarde. En el pueblo, a esa hora, el fin de semana empieza a recogerse: las persianas bajan despacio, el ruido se atenúa, los bares apuran las últimas mesas. Es una calma frágil, reconocible, que dura lo que tarda en llegar una mala noticia.

Al otro lado de la línea no hubo demasiadas explicaciones. Sólo una frase corta, seca, suficiente para activar todas las alarmas: había habido un accidente grave de tren, fuera del casco urbano, en dirección a la sierra.

"En ese momento no sabíamos la dimensión de lo ocurrido", recuerda Ruiz, jefe de la Policía Local de Adamuz. "Pero en un pueblo como este, con pocos efectivos, cuando te dicen 'accidente grave', sabes que vas a necesitar ayuda".

Adamuz apenas supera los cuatro mil habitantes. La Policía Local se cuenta con los dedos de una mano. Ruiz no esperó a ver nada para empezar a moverse. Cogió el teléfono y comenzó a llamar a compañeros de otros municipios cercanos, a Protección Civil, a todo el que pudiera echar una mano.

No había confirmaciones, pero sí una certeza temprana: aquello no iba a resolverse con los medios habituales. "Antes incluso de llegar, la intuición ya te decía que aquello iba a ser grande", explica. Cuando salió hacia la zona del siniestro, la noche empezaba a cerrarse.

En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos"

Primeros minutos

El acceso no era sencillo. El accidente se había producido a varios kilómetros del casco urbano, en una zona encajada entre viaductos y túneles de la sierra Morena, donde la vía del tren serpentea entre desniveles y taludes.

No hay farolas. No hay referencias claras. Solo una oscuridad compacta que lo envuelve todo y obliga a avanzar despacio, con cautela, guiándose más por la intuición que por la vista.

Cuando el primer grupo de policías locales llegó, lo que encontraron fue un tren detenido y pasajeros que ya habían conseguido bajar por su propio pie. Algunos estaban sentados en el suelo, otros caminaban sin rumbo fijo, con el móvil en la mano, intentando llamar a alguien, repitiendo frases cortas, inconexas.

"Pensábamos que ese era el tren del accidente", cuenta Ruiz. "Pero la propia gente nos empezó a decir que no, que no era ese, que había otro más adelante. Que siguiéramos".

Ese "más adelante" resultó ser casi un kilómetro de distancia. Sorprendentemente lejos. Un kilómetro que, en la noche cerrada, parecía no terminar nunca.

Una vista desde un dron muestra a los servicios de emergencia trabajando en el lugar del mortal descarrilamiento de un tren, después de que un tren de alta velocidad descarrilara y colisionara con otro tren que circulaba en sentido contrario cerca de Adamuz, en la provincia de Córdoba. REUTERS/Leonardo Benassatto.

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Bajo la oscuridad

Allí estaba el Alvia de Renfe. "Cuando llegamos al segundo tren vimos que aquello era otra cosa", dice Ruiz. "Había vagones caídos por el talud, otros medio colgando, y se escuchaban voces desde dentro pidiendo ayuda".

El golpe había sido brutal. Varios vagones habían salido despedidos y habían caído por un desnivel de tres o cuatro metros. Otros habían quedado volcados, retorcidos, convertidos en un amasijo de hierro y cristales. Desde dentro salían gritos, golpes, llamadas de auxilio que se mezclaban con el sonido seco del metal enfriándose.

Ese tren era el más castigado. El que había recibido el impacto directo tras el descarrilamiento del Iryo que invadió la vía contraria. El que, horas después, concentraría la mayor parte de las víctimas mortales.

No había luz. Ninguna. Solo linternas. "Trabajamos bastante tiempo prácticamente a oscuras", recuerda Ruiz. "Hasta que trajeron un generador y focos, todo era con linternas y con lo poco que alumbraban los propios vehículos".

Antonio Ruiz, jefe de la Policía Local de Adamuz, posa visiblemente cansado para EL ESPAÑOL. Julio César R. A.

En esa penumbra comenzaron a distinguir a las personas. Algunas caminaban solas, desorientadas, con la mirada perdida. Otras lloraban sin hacer ruido. Otras gritaban. "La gente andaba como zombi", resume Ruiz. "Gente llorando, gente gritando, gente que no sabía dónde estaba".

El suelo estaba cubierto de maletas abiertas, ropa esparcida, mochilas rotas, restos arrancados del interior de los vagones. Zapatos sueltos. Documentación. Objetos personales que ya no pertenecían a nadie y que, sin embargo, decían mucho de quienes los habían llevado encima minutos antes.

Los heridos eran de todo tipo: desde personas que podían andar, aunque en shock, hasta otras con fracturas graves que no podían moverse. Algunos sangraban. Otros apenas reaccionaban, con la mirada fija en algún punto que no estaba allí.

Las ambulancias no podían llegar hasta los trenes. El terreno era escabroso, con accesos muy limitados. "La ambulancia, en principio, no podía acceder", explica Ruiz. "Así que tuvimos que evacuar heridos a pulso".

A pulso significaba camillas improvisadas, brazos, manos, pasos lentos. Significaba recorrer casi un kilómetro, cuesta arriba en algunos tramos, con personas heridas, de noche, sin saber exactamente a dónde llevarlas. Significaba repetir el trayecto una y otra vez, con el cuerpo cansándose antes que la cabeza.

"En camillas, como se podía", dice. "Fue muy duro". Los equipos se repartieron por vagones. Ruiz se centró en uno de los primeros. "Íbamos sacando a todos los heridos que podíamos. Algunos salían prácticamente solos. Otros era muy complicado moverlos por las fracturas que tenían".

Mientras tanto, desde los vagones volcados seguían oyéndose gritos. "La gente nos pedía que los sacáramos. Eso es lo que más se te queda".

Era de noche. Muy oscuro. "Con la linterna solo veías lo justo", admite Ruiz. "Ya había muchos fallecidos en la zona cuando llegamos".

Otros agentes y efectivos de emergencia han relatado que, en los primeros momentos, fue necesario apartar cuerpos sin vida para poder acceder a heridos atrapados. Ruiz no lo niega. "En una situación así, con tan poca visibilidad, es posible", concede. "Lo importante era sacar a los vivos".

No había tiempo para procesar nada. No había espacio para pensar. Todo era acción. A esa hora nadie sabía cuántos muertos había. Nadie tenía cifras. Nadie llevaba la cuenta. El número real de víctimas tardaría horas —días— en aflorar.

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Los refuerzos

Con el paso de las horas comenzaron a llegar refuerzos: Guardia Civil, bomberos, servicios sanitarios, equipos de emergencias, la Unidad Militar de Emergencias. El dispositivo creció rápido. Muy rápido. Se activaron hospitales públicos y privados, se abrieron quirófanos, se redistribuyó sangre, se desplegaron equipos forenses y psicológicos.

Pero el daño ya estaba hecho. El tren Alvia había sido el más castigado. Varios vagones habían caído por el talud. Dentro seguían personas atrapadas. Algunas con vida. Otras no.

Al cierre de la jornada de hoy, lunes, todavía hay cuerpos que no han podido ser recuperados a la espera de mover los convoyes con maquinaria pesada.

Efectivos de emergencia rastrean los restos de los trenes siniestrados tras el choque de dos convoyes de alta velocidad en Adamuz, cerca de Córdoba, la noche del 18 de enero de 2026. @eleanorinthesky vía X.

"Teníamos claro que aquello no era un accidente cualquiera", dice Ruiz. "Era algo que nos superaba a todos".

Ruiz permaneció en la zona hasta bien entrada la madrugada. Pasadas las cuatro, su trabajo cambió de escenario. Regresó a Adamuz. Allí empezó otra fase de la emergencia: atender a familiares, a heridos leves, a personas que buscaban nombres, listas, cualquier información.

El pueblo entero se volcó. Vecinos llevando mantas, comida, bocadillos. Bares abriendo de madrugada para preparar café. Espacios municipales convertidos en puntos de asistencia improvisados: la caseta municipal, el centro de pensionistas, el polideportivo.

"No hemos tenido tiempo ni de parar a pensar", reconoce Ruiz. "Seguimos trabajando".

Qué ocurrió en la vía

Mientras el rescate avanzaba durante la madrugada, los técnicos y mandos de los distintos cuerpos empezaban a reconstruir, sobre el terreno, una primera secuencia de lo ocurrido.

Según explican fuentes operativas presentes en la zona a EL ESPAÑOL, el accidente se desencadenó cuando los últimos vagones del tren de alta velocidad de Iryo, que cubría la ruta Málaga–Madrid, descarrilaron a la altura de Adamuz e invadieron la vía contigua.

En ese momento, en sentido contrario, circulaba un tren Alvia de Renfe con destino Huelva. El impacto fue inmediato y devastador. Los dos primeros coches del Alvia salieron despedidos y cayeron por un talud de varios metros, concentrando la mayor parte de los fallecidos y heridos graves.

En ese punto, explican las mismas fuentes, el acceso resultó especialmente complejo por la orografía del terreno, la ausencia de iluminación y la deformación extrema de los vagones, que quedaron convertidos en un amasijo de hierro y elementos del interior del tren.

Las fuentes subrayan que no se trataba de un tramo urbano ni fácilmente accesible, sino de una zona encajada entre infraestructuras —viaductos y túneles— donde la llegada de maquinaria pesada y ambulancias fue necesariamente lenta.

Durante horas, la evacuación dependió casi por completo de trabajo manual: apertura de huecos, estabilización de estructuras y extracción progresiva de víctimas.

En paralelo, los equipos técnicos comenzaron a asegurar la zona para evitar riesgos adicionales, mientras se preservaban los elementos necesarios para la investigación judicial y ferroviaria.

La circulación ferroviaria quedó inmediatamente suspendida en la línea de alta velocidad entre Madrid y Andalucía, y se activaron los protocolos de grandes catástrofes, tanto sanitarios como forenses.

Según estas fuentes, el tren Alvia fue el más dañado del siniestro, hasta el punto de que varios cuerpos no pudieron ser recuperados durante la noche y fue necesario esperar a la llegada de grúas y excavadoras para desplazar el material siniestrado.

La intervención, añaden, se prolongará previsiblemente durante varios días, tanto para la retirada completa de los trenes como para la inspección detallada de la vía y los sistemas de seguridad.

A esa hora, de madrugada, no había conclusiones ni hipótesis cerradas. Solo una certeza compartida entre quienes trabajaban allí: el accidente había superado con creces los escenarios habituales de emergencia y obligaba a un despliegue excepcional, técnico y humano, que todavía no había terminado.

El día después

Más de 30 horas después, Ruiz apenas ha dormido. El cansancio se nota en la voz, pero el trabajo continúa. A última hora del lunes el rescate sigue en marcha. El tren Iryo será desplazado para poder acceder completamente al Alvia. La investigación judicial ha comenzado. Todo el país mira a Adamuz.

Un agente de la Guardia Civil, junto a uno de los trenes siniestrados tras el choque mortal de dos convoyes de alta velocidad en Adamuz (Córdoba), el 19 de enero de 2026. REUTERS / Susana Vera.

La cifra oficial de fallecidos ha ascendido a al menos 40 personas. Trece permanecen en la UCI, entre ellas un niño. Hay familias que aún esperan noticias. Otras empiezan a recibir las peores.

"Hasta que no se remuevan todos los hierros no sabremos lo que hay realmente", dice Ruiz. El jefe de la Policía Local de Adamuz hace una pausa antes de terminar. Mira hacia el suelo. "Hay cosas que no se te van a olvidar nunca", admite. "Esto es una de ellas".

Mientras tanto, el pueblo sigue ahí. Sosteniendo una tragedia que llegó sin aviso. Una tragedia que ya forma parte de su historia.

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