La imagen es de película: un equipo de buzos sumergiéndose en las frías aguas del pantano de Arija para dragar más de tres metros de limo acumulado frente a sus compuertas. No es un capricho, es la única forma de desmontarlas: es decir, la consecuencia de tener centenares de infraestructuras que llevan décadas sin mantenerse a fondo.
Pero, sobre todo, el síntoma más llamativo de un problema muy profundo: los sedimentos están matando, a la vez, los embalses y los ríos. Los embalses por la pérdida de capacidad (Mequinenza ha perdido desde su apertura más capacidad que la suma de los tres últimos embalses puestos en funcionamiento), los ríos porque los deltas necesitan sedimentos para seguir vivos.
El del Ebro, sin ir más lejos, necesita 1,2 millones de toneladas al año.
Y las autoridades lo saben. De hecho, desde 2003, la Confederación Hidrográfica del Ebro lleva ejecutando crecidas controladas en el tramo bajo del río para movilizar sedimentos hacia Tortosa. El problema es que cada crecida controlada mueve unas 10.000 toneladas; o sea, dos órdenes de magnitud por debajo de lo necesario. Es como vaciar una piscina con una cucharilla de café.
En Xataka
El embalse del Ebro tiene un problema con los sedimentos. Y lo más grave es que no es el único
Así que en los últimos meses, algo ha cambiado. Desde noviembre de 2024, la CHE inició una serie de medidas para tratar de subsanarlo. Cosas como alargar el desembalse dos días, iniciarlo desde mucho más arriba (El Grado en Huesca y Camarasa en Lleida) y desaguar Ribarroja más de lo habitual para movilizar todos los sedimentos posibles.
¿Solucionará el problema? No está claro, pero no lo parece. Tenemos que tener en cuenta que, solo en la cuenca del Ebro, hay muchos embalses y eso supone un freno inevitable. Los cálculos dicen que de los cinco millones de toneladas que se aportaban al Mediterráneo antes de los embalses, ahora solo llegan entre 100.000 y 200.000.
Haría faltan en torno a 100 crecidas para llegar a las cifras apropiadas. Y no, no tenemos agua suficiente para eso.
¿Entonces? Ese es el gran problema, ver qué hacemos. No hay que olvidar que el delta del Ebro sostiene 20.000 hectáreas de arrozales, decenas de miles de habitantes y es reserva de la biosfera. La pérdida de humedales y su salinalización tienen un impacto directo en la agricultura, la pesca y el turismo.
Vamos: los intereses son cruzados y enfrentan a personas a cientos de kilómetros de distancia. Entramos en una nueva era de las guerras hidrológicas en la que vamos todos contra todos.
Imagen | Sinto MQZ
En Xataka | El Ebro se está llenando de langostinos café, una especie invasora que cada vez nos vamos a encontrar más en el plato
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La noticia
La gran batalla del Ebro no es entre Murcia y Aragón, es entre las cabeceras de los ríos, las grandes ciudades y el delta
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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La gran batalla del Ebro no es entre Murcia y Aragón, es entre las cabeceras de los ríos, las grandes ciudades y el delta
Y esta sí que es una guerra que parece que todos vayamos a perder
La imagen es de película: un equipo de buzos sumergiéndose en las frías aguas del pantano de Arija para dragar más de tres metros de limo acumulado frente a sus compuertas. No es un capricho, es la única forma de desmontarlas: es decir, la consecuencia de tener centenares de infraestructuras que llevan décadas sin mantenerse a fondo.
Pero, sobre todo, el síntoma más llamativo de un problema muy profundo: los sedimentos están matando, a la vez, los embalses y los ríos. Los embalses por la pérdida de capacidad (Mequinenza ha perdido desde su apertura más capacidad que la suma de los tres últimos embalses puestos en funcionamiento), los ríos porque los deltas necesitan sedimentos para seguir vivos.
Y las autoridades lo saben. De hecho, desde 2003, la Confederación Hidrográfica del Ebro lleva ejecutando crecidas controladas en el tramo bajo del río para movilizar sedimentos hacia Tortosa. El problema es que cada crecida controlada mueve unas 10.000 toneladas; o sea, dos órdenes de magnitud por debajo de lo necesario. Es como vaciar una piscina con una cucharilla de café.
Así que en los últimos meses, algo ha cambiado. Desde noviembre de 2024, la CHE inició una serie de medidas para tratar de subsanarlo. Cosas como alargar el desembalse dos días, iniciarlo desde mucho más arriba (El Grado en Huesca y Camarasa en Lleida) y desaguar Ribarroja más de lo habitual para movilizar todos los sedimentos posibles.
¿Solucionará el problema? No está claro, pero no lo parece. Tenemos que tener en cuenta que, solo en la cuenca del Ebro, hay muchos embalses y eso supone un freno inevitable. Los cálculos dicen que de los cinco millones de toneladas que se aportaban al Mediterráneo antes de los embalses, ahora solo llegan entre 100.000 y 200.000.
Haría faltan en torno a 100 crecidas para llegar a las cifras apropiadas. Y no, no tenemos agua suficiente para eso.
¿Entonces? Ese es el gran problema, ver qué hacemos. No hay que olvidar que el delta del Ebro sostiene 20.000 hectáreas de arrozales, decenas de miles de habitantes y es reserva de la biosfera. La pérdida de humedales y su salinalización tienen un impacto directo en la agricultura, la pesca y el turismo.
Vamos: los intereses son cruzados y enfrentan a personas a cientos de kilómetros de distancia. Entramos en una nueva era de las guerras hidrológicas en la que vamos todos contra todos.