- MARTIN WOLF
El ataque de Trump contra Irán ha servido como recordatorio de la interconexión que aún existe en la economía global.
El 50% del comercio mundial de azufre por vía marítima pasa por el estrecho de Ormuz. Lo mismo ocurre con el 34% del comercio de crudo, el 29% del gas licuado de petróleo, el 19% del gas natural licuado, el 19% de los productos petrolíferos refinados, el 13% de los productos químicos, incluidos los fertilizantes, y casi el 10% del aluminio. Este es un punto crítico de la economía mundial. Es un lugar donde solo se inicia una guerra tras haber evaluado minuciosamente los objetivos, los medios y los riesgos. Eso no fue lo que sucedió antes del ataque a Irán el 28 de febrero de 2026. Como resultado, dos meses después, estamos donde estamos.
¿Pero dónde estamos? El informe Perspectivas de los Mercados de Materias Primas del Banco Mundial, publicado el martes, presenta un panorama detallado de la consecuencia global más importante: su impacto en el suministro de todos los productos que se citan anteriormente. Esta guerra nos recuerda que no vivimos en un mundo intangible. No solo consumimos alimentos tangibles, vestimos ropa tangible, etc., sino que detrás de todo lo intangible —incluidas la inteligencia artificial y las energías renovables— se esconde una enorme cantidad de bienes tangibles, como explicó el escritor británico Ed Conway en su libro Material World.
Por lo tanto, si se bloquea el comercio de bienes vitales, no tardan en ocurrir cosas desagradables. Como señala el Banco Mundial, el impacto inicial del cierre del estrecho fue una pérdida global de 10,1 millones de barriles de petróleo diarios en marzo. Esta cifra fue mucho mayor que el impacto de la revolución iraní de 1979, el embargo petrolero árabe de 1973, la invasión de Kuwait por Saddam Hussein en 1990 o la guerra Irán-Irak en la década de 1980.
Es consecuencia directa del cierre, que redujo el número de petroleros que transitaban por el estrecho de Ormuz de unos 60 diarios a prácticamente cero después del 5 de marzo. El resultado inevitable ha sido un fuerte aumento de los precios: el precio del petróleo por barril subió 46 dólares en marzo, mucho más que cualquier otro aumento mensual en la década de 2000. Entre el inicio de la guerra y el 20 de abril, el precio del combustible para aviones en Singapur se duplicó, el de la urea aumentó un 85%, el de los futuros de GNL asiáticos un 46% y el del Brent un 32%.
¿Qué será lo siguiente?
Aquí surgen dos grandes interrogantes.
El primero es hasta qué punto se puede reemplazar el petróleo ahora bloqueado en el Golfo con otras fuentes. En este sentido, el Banco ofrece un análisis interesante. De la pérdida bruta de 20 millones de barriles diarios, 1,5 millones pueden ser cubiertos por otros productores de la OPEP, 5,5 millones mediante el uso de oleoductos alternativos, 3,3 millones de las reservas, 3,9 millones de petróleo en tránsito sujeto a sanciones, 0,5 millones de suministro adicional de países de altos ingresos y 0,5 millones de biocombustibles (más difícil ahora, dada la escasez de fertilizantes). Esto deja un déficit de 4,6 millones de barriles diarios, algo más del 4% del consumo mundial. Sin embargo, no se puede recurrir a las reservas indefinidamente. Cuando se agoten, el déficit ascendería hasta cerca del 8% del consumo mundial.
El segundo interrogante es cuánto durará el cierre casi total del estrecho y cuánto tiempo llevará entonces volver a la normalidad. Como era de esperar, la élite iraní está dividida sobre qué concesiones podría hacer, especialmente en lo que respecta a su programa nuclear. Si algo les resulta evidente es que tener una bomba nuclear les brindaría mayor seguridad. Donald Trump ha pasado por una cantidad vertiginosa de objetivos. Quizás la creación de una Corporación para la Protección del Estrecho, con peajes compartidos entre Estados Unidos e Irán, sería la solución ideal para él.
Los pronósticos del Banco sobre los precios de las materias primas parten de la base de que la fase más crítica de las interrupciones en el suministro finaliza en mayo. Posteriormente, se prevé que el volumen de transporte marítimo a través del estrecho se recupere de forma gradual, estabilizándose en torno a los niveles previos a la guerra en el último trimestre de este año. Según estas previsiones, se calcula que el índice de precios de la energía del banco aumentará un 24% este año.
Se prevé que los precios de los fertilizantes suban un 31%, y los de la urea un 60%. Sin embargo, se espera que los precios de los alimentos solo aumenten un 2% este año, debido a las grandes existencias acumuladas desde 2025. El próximo año podría ser más difícil en lo relativo al suministro de alimentos, sobre todo si el estrecho permanece cerrado más tiempo del previsto.
Los riesgos se inclinan claramente al alza: la previsión del banco para el precio medio del petróleo este año es de 86 dólares por barril, aproximadamente lo que calcula el mercado de futuros. Pero con una interrupción más prolongada y mayores daños a las instalaciones, podría alcanzar una media de 115 dólares (o más), con repercusiones que se extenderían hasta bien entrado el próximo año.
¿Qué conclusiones se pueden extraer de todo esto?
En primer lugar, y lo más evidente, nuestra economía mundial interconectada es vulnerable al comportamiento de actores imprevisibles. En el pasado, esto implicaba a personas como Saddam Hussein o Vladimir Putin. Ahora son el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Israel. Ese peligro persiste.
En segundo lugar, aunque es imposible estar completamente a salvo de las perturbaciones, existen sólidos argumentos para asegurar el suministro de combustibles fósiles frente a las crisis. Se ha subrayado la necesidad de una transición más rápida hacia las energías renovables y la energía nuclear.
En tercer lugar, por desgracia, Estados Unidos ya no es fiable. Lo ha demostrado con su guerra comercial y las dudas que ha generado en su relación con sus aliados de la OTAN. Es probable que esto también se aplique a su papel como proveedor de energía.
En cuarto lugar, se trata de una perturbación considerable, que sin duda afectará gravemente a muchas de las personas más pobres del mundo y a los países más vulnerables. El aumento de los precios del petróleo y los fertilizantes lo garantiza. Esto refuerza la justificación moral para seguir prestando asistencia internacional.
En quinto lugar, los bancos centrales tendrán dificultades para gestionar las consecuencias. Pero no deben permitir que las expectativas inflacionarias se descontrolen.
Al final, la economía mundial se acabará ajustando. Sin embargo, la rapidez y la eficacia de este ajuste dependen de un pronto fin al bloqueo. La buena noticia es que Trump y los iraníes tienen poderosas razones para poner fin al conflicto: sus pueblos, economías y sus aliados lo necesitan. ¿Lo harán? Esperemos que sí.
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