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La guerra de los sombreros, una historia de rebeldía política

La guerra de los sombreros, una historia de rebeldía política
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De castor o conejo, en la Inglaterra del siglo XVII eran usados para mostrar el apoyo a un rey que, cuando perdió la guerra, se lo dejó puesto para desconocer la legitimidad del tribunales

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Soldados parlamentarios y realistas se atacan mutuamente. John Taylor / U. Warwick La guerra de los sombreros, una historia de rebeldía política

De castor o conejo, en la Inglaterra del siglo XVII eran usados para mostrar el apoyo a un rey que, cuando perdió la guerra, se lo dejó puesto para desconocer la legitimidad del tribunales

Doménico Chiappe

Madrid

Sábado, 11 de abril 2026, 12:28

... cabeza, para entonces una forma de distinguir clases sociales y riqueza, se usó para lucir copias de protestas sociales en marchas como la de los «radicales londinenses», para que los soldados lucieras reivindicaciones laborales en 1649 o para que los monárquicos dieran vivas al rey con pintadas en sus sombreros. «El significado político de los sombreros resurgió a finales de la década de 1670 en el contexto de la campaña de exclusión para impedir que el duque católico de York accediera a la sucesión», explica Bernard Capp, historiador de la Universidad de Warwick, en Reino Unido, en el artículo 'El papel cultural, social e ideológico del sombrero en la Inglaterra de principios de la era moderna'. Publicado esta semana en la revista The Historical Journal (Cambridge Press), el estudio recalca los significados políticos del sombrero, al hacer una «distinción crucial entre quitarse el sombrero como gesto de sumisión y como un saludo cortés y recíproco».

«La jerarquía social y la autoridad política estaban estrechamente ligadas, y ambas debían exhibirse y representarse. En la Inglaterra de principios de la era moderna, las convenciones y los gestos asociados con los sombreros y las gorras desempeñaban un papel importante en el cumplimiento de esa función», afirma Capp. «Se esperaba que los subordinados se quitaran el sombrero en presencia de aquellos de mayor estatus y autoridad, como un padre, un empleador, un caballero o un magistrado. Los superiores eran libres de responder como quisieran, quizás con un simple asentimiento».

Como rebeldía, hubo quienes se negaron a tal convención. Un ejemplo: «William Hacket, el autoproclamado mesías isabelino, se negó a quitarse el sombrero cuando fue llevado ante los obispos y el alcalde en 1592, declarándose superior a todos ellos», cita el artículo. Otro caso documentado del desafío político durante el reinado de Carlos I, agitado por una guerra civil: Joseph Higgs de Hertfordshire se negó de manera similar a quitarse el sombrero en una audiencia de un tribunal eclesiástico en 1639. Y más: en abril de 1649, los líderes «protocomunistas» de los Diggers, William Everard y Gerrard Winstanley, también se negaron a quitarse el sombrero al comparecer ante el general Fairfax, comandante del Nuevo Ejército Modelo.

Incluso no poder ponerse el sombrero era censura. «Cuando Thomas Ellwood desobedeció repetidamente la orden de su padre en 1659 de mantenerse alejado de los cuáqueros, su comportamiento provocó amargas disputas familiares y una paliza, hasta que su padre finalmente encontró una solución sorprendente: le confiscó todos sus sombreros. Thomas se convirtió, en efecto, en un prisionero en la casa, aceptando que sería impensable salir a la calle sin un sombrero», recuerda el investigador.

Cuando los realistas perdieron la guerra, Carlos I también se dejó puesto el sombrero ante la corte, en 1649, como muestra de que no aceptaba la legitimidad del tribunal. Incluso varios líderes de aquel bando se dejaron el sombrero en el cadalso, mientras esperaban su ejecución.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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