- KATIE MARTIN
Las fuertes fluctuaciones en la deuda pública británica apuntan a tensiones que perjudicarán las finanzas públicas y elevarán los costos de endeudamiento para todos.
La enorme presión de la guerra en Irán se está trasladando a algunos sectores inesperados de los mercados, como las acciones coreanas y la deuda rumana. Todas las clases de activos y materias primas se están viendo afectados de alguna forma.
En este contexto, es difícil identificar los movimientos del mercado que realmente importan. La fuerte volatilidad de esta semana en la deuda pública británica es, en mi opinión, uno de ellos. Es una señal de alerta temprana de cómo una crisis de materias primas, como el petróleo y el gas, puede transformarse en una crisis de bonos que perjudique las finanzas públicas en general y eleve los costos de endeudamiento para todos.
Los bonos del gobierno británico y europeo han sido, desde el principio, las víctimas más desafortunadas del bombardeo de Irán. Muchas apuestas muy similares y muy saturadas entre los hedge funds, que anticipaban nuevas bajadas de los tipos de interés, se estrellaron contra la pared cuando el repentino aumento de los precios del crudo despertó el temporal de la inflación cuando el mar parecía en calma. Esto precipitó la caída en los precios de los bonos y dejó en evidencia a los analistas y gestores de fondos.
Sin embargo, la situación de esta semana en los bonos del gobierno británico fue de una magnitud diferente. Se produjo después de que el Banco de Inglaterra optara por la vía bastante predecible de mantener los tipos de interés sin cambios. Hasta aquí nada que resultara sorprendente. Pero los operadores esperaban que al menos uno de los nueve bancos centrales se decantara por una nueva bajada de tipos. En cambio, la decisión fue unánime. Además, el banco central eliminó su anterior previsión de que el próximo movimiento en los tipos probablemente sería a la baja.
El Banco de Inglaterra insistió en que no está decidido a subir los tipos. No obstante, su anuncio afectó a los bonos del Estado, especialmente a los de vencimiento a dos años, el segmento del mercado más sensible a la probable evolución de los tipos de interés. Los precios se desplomaron ante la previsión de múltiples subidas de tipos por parte de los inversores, lo que provocó un aumento de la rentabilidad de 0,3 puntos porcentuales.
Puede que no parezca mucho, pero para ponerlo en perspectiva, hay que remontarse al desastroso presupuesto de finales de 2022 para encontrar algo de magnitud similar. ¿Una reacción exagerada? Quizás. Y, como siempre, el contexto importa. Esta medida, aunque dolorosa, sitúa la rentabilidad a dos años en su punto más alto en poco más de un año, en torno al 4,6%.
Pero subraya aún más el temor a que esta situación deshaga años de trabajo paciente por parte de las autoridades para controlar la inflación e intentar impulsar el crecimiento económico. El fantasma de la estanflación se cierne sobre el país.
Además, pone de manifiesto que, en palabras de Jeff Currie y James Gutman, de Carlyle, que los bancos centrales no pueden inundar el sistema de petróleo del mismo modo que lo inundan de dinero para solucionar este problema. Las reservas estratégicas de petróleo y gas solo ofrecen una solución limitada. Este sombrío episodio es una nueva advertencia para los gobiernos de todo el mundo: es una insensatez depender tanto de Oriente Medio para su suministro energético. Tienen que invertir mucho dinero, procedente de los contribuyentes y de los mercados de deuda, para fortalecer su propia resiliencia.
"Una Europa con seguridad energética necesita ser dueña de sus recursos si quiere ser dueña de su futuro", escriben los analistas de Carlyle en su último informe. Esto exige localización y diversificación. Será necesario redoblar la inversión en energías renovables, nuclear y en la red eléctrica para maximizar los recursos que Europa posee en abundancia: energía eólica y solar, ingenieros y tecnología".
Capacidad fiscal y acceso al crédito. Parece que los mercados están aprovechando ahora las limitaciones en estos ámbitos. No es ningún secreto que Reino Unido tiene limitaciones en ambos frentes.
Ahora, muchos países desarrollados, incluidos Japón y EEUU, se han rendido ante factores estructurales y económicos y han optado por la emisión de deuda a corto plazo.
Los países ricos siguen endeudándose en los mercados de bonos con cantidades propias de una recesión, incluso en un entorno (por ahora) no recesivo, como destacó la OCDE en su reciente informe sobre la deuda global. Como también señaló, Reino Unido, aunque sigue siendo un prestatario a largo plazo, ha orquestado cautelosamente una de las mayores reducciones en los plazos medios de emisión entre los países del G7. Aunque esto tiene sentido por varias razones, introduce un riesgo adicional de refinanciación: una necesidad casi constante de recurrir al mercado de bonos a tipos que ahora parecen más volátiles.
Un gran número de países ricos han optado por el endeudamiento a corto plazo justo cuando los costos de este tipo de préstamos corren el riesgo de dispararse y cuando una crisis energética inesperada amenaza con aumentar la necesidad de endeudarse mucho más. Esta no es una situación agradable para los gobiernos.
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