Más de 20.000 petroleros cruzan cada año algunos de los pasos marítimos más estrechos del planeta, enclaves donde apenas unas decenas de kilómetros separan el flujo constante de energía de un posible colapso global. En esos puntos, una sola interrupción puede alterar precios en cuestión de horas y afectar a economías a miles de kilómetros de distancia. Por eso, desde hace décadas, estos corredores han sido considerados mucho más que rutas comerciales.
El giro inesperado en Ormuz. Oficialmente, Estados Unidos entró en el conflicto con un objetivo claro: garantizar la libertad de navegación en uno de los puntos más críticos del planeta, el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca de una quinta parte del petróleo y gas mundial.
Sin embargo, el resultado ha sido el contrario al esperado, ya que Irán ha logrado convertir ese mismo paso en una herramienta de control económico y político. En lugar de un corredor abierto, Ormuz se ha transformado en un sistema condicionado donde el tránsito depende de la aceptación de Teherán. Este cambio supone una ruptura profunda con décadas de normas internacionales y redefine el equilibrio estratégico en la región.
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El nacimiento del “peaje” iraní. Con la “pausa” que se han dado ambos bandos en la guerra, Irán ha impuesto un modelo informal pero efectivo en el que los petroleros deben desviarse hacia su costa, declarar información sensible y pagar tarifas para cruzar el estrecho bajo supervisión militar.
El proceso incluye negociaciones con intermediarios vinculados a la Guardia Revolucionaria y el pago de tasas que pueden alcanzar los dos millones de dólares por barco. A cambio, los buques reciben escolta y autorización para transitar, consolidando un sistema que ya funciona en la práctica, aunque no esté formalizado. Este mecanismo convierte un paso marítimo internacional en un punto de control económico gestionado por un solo actor.
Un negocio multimillonario. La ironía es que el intento de asegurar Ormuz ha abierto la puerta a un negocio gigantesco, por ahora solo para Irán, con estimaciones que apuntan a hasta 500.000 millones de dólares en ingresos en cinco años. Pensemos que una parte de esa cifra permitiría al régimen reforzar su poder militar y político de forma decisiva.
El control del flujo energético no solo genera ingresos directos, sino que otorga capacidad de presión sobre países dependientes del Golfo. Así, lo que empezó como una guerra para proteger rutas comerciales ha terminado creando un sistema que las monetiza a escala global.
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La gran paradoja: Washington quiere unirse. En un giro de lo más irónico, en las últimas horas un rumor ha comenzado a tomar fuerza. Según informaba un corresponsal de ABCNews, Estados Unidos e Irán están sopesando la posibilidad de crear incluso una "empresa conjunta" para cobrar estos peajes en el estrecho de Ormuz, tal y como le comentó el presidente estadounidense Trump.
“Estamos pensando en hacerlo como una empresa conjunta. Es una forma de asegurarlo, y también de protegerlo de mucha otra gente», declaró Trump al corresponsal. “Sería algo maravilloso”.
Impacto directo. El nuevo escenario introduce costes estructurales en el mercado energético, ya que al peaje se suman primas de riesgo, seguros más caros y retrasos logísticos. Países como China, India, Japón o Corea del Sur, altamente dependientes de estas rutas, se verán especialmente afectados por cualquier interrupción o encarecimiento.
Incluso las alternativas, como oleoductos hacia el mar Rojo o terminales fuera del Golfo, tienen capacidad limitada y también han demostrado ser vulnerables. Como resultado, el riesgo geopolítico pasa a formar parte permanente del precio de la energía.
Un poder desproporcionado. A priori, el sistema permite a Teherán (y está por ver si a Washington) decidir quién pasa, cuándo y en qué condiciones, lo que le otorga una influencia sin precedentes sobre sus rivales regionales. Podría ralentizar exportaciones, bloquear determinados países o utilizar el tránsito como herramienta de presión diplomática.
Esto genera una dependencia incómoda para aliados de Estados Unidos como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, que verían su principal vía de ingresos sometida a un actor hostil. Además, refuerza el papel de la Guardia Revolucionaria, que consolidaría su control interno gracias a estos ingresos.
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Equilibrio inestable con riesgo de escalada. Es posible que, a pesar de su potencial, el sistema difícilmente será aceptado a largo plazo por las potencias afectadas, lo que abre la puerta a nuevas tensiones o incluso enfrentamientos directos.
Históricamente, los intentos de controlar pasos estratégicos como Ormuz han desembocado en escaladas militares, y este caso no parece una excepción. La alternativa a desmontar el “peaje” podría ser un conflicto más amplio o acuerdos precarios que mantengan parte del control iraní. En cualquier caso, el precedente ya está creado: el mundo ha visto que una suerte de chokepoint global puede convertirse en un negocio geopolítico de primer orden.
Y la ironía que sobrevuela es que los dos países enfrentados en la guerra acaben siendo sus únicos socios beneficiarios.
Imagen | Picryl, eutrophication&hypoxia
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La noticia
La guerra en Irán está a punto de activar un negocio de 500.000 millones de dólares entre dos socios inesperados: Irán y EEUU
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
La guerra en Irán está a punto de activar un negocio de 500.000 millones de dólares entre dos socios inesperados: Irán y EEUU
A pesar de su potencial, el sistema difícilmente será aceptado a largo plazo por las potencias afectadas, lo que abre la puerta a nuevas tensiones
Más de 20.000 petroleros cruzan cada año algunos de los pasos marítimos más estrechos del planeta, enclaves donde apenas unas decenas de kilómetros separan el flujo constante de energía de un posible colapso global. En esos puntos, una sola interrupción puede alterar precios en cuestión de horas y afectar a economías a miles de kilómetros de distancia. Por eso, desde hace décadas, estos corredores han sido considerados mucho más que rutas comerciales.
El giro inesperado en Ormuz. Oficialmente, Estados Unidos entró en el conflicto con un objetivo claro: garantizar la libertad de navegación en uno de los puntos más críticos del planeta, el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca de una quinta parte del petróleo y gas mundial.
Sin embargo, el resultado ha sido el contrario al esperado, ya que Irán ha logrado convertir ese mismo paso en una herramienta de control económico y político. En lugar de un corredor abierto, Ormuz se ha transformado en un sistema condicionado donde el tránsito depende de la aceptación de Teherán. Este cambio supone una ruptura profunda con décadas de normas internacionales y redefine el equilibrio estratégico en la región.
El nacimiento del “peaje” iraní. Con la “pausa” que se han dado ambos bandos en la guerra, Irán ha impuesto un modelo informal pero efectivo en el que los petroleros deben desviarse hacia su costa, declarar información sensible y pagar tarifas para cruzar el estrecho bajo supervisión militar.
El proceso incluye negociaciones con intermediarios vinculados a la Guardia Revolucionaria y el pago de tasas que pueden alcanzar los dos millones de dólares por barco. A cambio, los buques reciben escolta y autorización para transitar, consolidando un sistema que ya funciona en la práctica, aunque no esté formalizado. Este mecanismo convierte un paso marítimo internacional en un punto de control económico gestionado por un solo actor.
Un negocio multimillonario. La ironía es que el intento de asegurar Ormuz ha abierto la puerta a un negocio gigantesco, por ahora solo para Irán, con estimaciones que apuntan a hasta 500.000 millones de dólares en ingresos en cinco años. Pensemos que una parte de esa cifra permitiría al régimen reforzar su poder militar y político de forma decisiva.
El control del flujo energético no solo genera ingresos directos, sino que otorga capacidad de presión sobre países dependientes del Golfo. Así, lo que empezó como una guerra para proteger rutas comerciales ha terminado creando un sistema que las monetiza a escala global.
La gran paradoja: Washington quiere unirse. En un giro de lo más irónico, en las últimas horas un rumor ha comenzado a tomar fuerza. Según informaba un corresponsal de ABCNews, Estados Unidos e Irán están sopesando la posibilidad de crear incluso una "empresa conjunta" para cobrar estos peajes en el estrecho de Ormuz, tal y como le comentó el presidente estadounidense Trump.
“Estamos pensando en hacerlo como una empresa conjunta. Es una forma de asegurarlo, y también de protegerlo de mucha otra gente», declaró Trump al corresponsal. “Sería algo maravilloso”.
Impacto directo. El nuevo escenario introduce costes estructurales en el mercado energético, ya que al peaje se suman primas de riesgo, seguros más caros y retrasos logísticos. Países como China, India, Japón o Corea del Sur, altamente dependientes de estas rutas, se verán especialmente afectados por cualquier interrupción o encarecimiento.
Incluso las alternativas, como oleoductos hacia el mar Rojo o terminales fuera del Golfo, tienen capacidad limitada y también han demostrado ser vulnerables. Como resultado, el riesgo geopolítico pasa a formar parte permanente del precio de la energía.
Un poder desproporcionado. A priori, el sistema permite a Teherán (y está por ver si a Washington) decidir quién pasa, cuándo y en qué condiciones, lo que le otorga una influencia sin precedentes sobre sus rivales regionales. Podría ralentizar exportaciones, bloquear determinados países o utilizar el tránsito como herramienta de presión diplomática.
Esto genera una dependencia incómoda para aliados de Estados Unidos como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, que verían su principal vía de ingresos sometida a un actor hostil. Además, refuerza el papel de la Guardia Revolucionaria, que consolidaría su control interno gracias a estos ingresos.
Equilibrio inestable con riesgo de escalada. Es posible que, a pesar de su potencial, el sistema difícilmente será aceptado a largo plazo por las potencias afectadas, lo que abre la puerta a nuevas tensiones o incluso enfrentamientos directos.
Históricamente, los intentos de controlar pasos estratégicos como Ormuz han desembocado en escaladas militares, y este caso no parece una excepción. La alternativa a desmontar el “peaje” podría ser un conflicto más amplio o acuerdos precarios que mantengan parte del control iraní. En cualquier caso, el precedente ya está creado: el mundo ha visto que una suerte de chokepoint global puede convertirse en un negocio geopolítico de primer orden.
Y la ironía que sobrevuela es que los dos países enfrentados en la guerra acaben siendo sus únicos socios beneficiarios.