Desde que los primeros drones pasaron de ser simples plataformas de vigilancia a armas capaces de cambiar batallas enteras, la guerra en Ucrania ha ido incorporando estas máquinas por capas, siempre a golpes de necesidad y adaptación. Primero los UAV de reconocimiento, luego los drones armados, después los enjambres y la munición merodeadora.
Lo último ha transformado la guerra en una nueva fase.
Drones con drones. La guerra en Ucrania ha cruzado un umbral inquietante al entrar de lleno en su fase Frankenstein, donde drones “cosidos” a otros drones dan lugar a engendros improvisados, pero altamente letales.
Rusia ha empezado a usar plataformas aéreas mayores como nodrizas que transportan y lanzan FPV de ataque muy lejos del frente. La consecuencia es clara: se rompe la idea de que los FPV son armas tácticas de corto alcance y se inaugura una nueva capa estratégica basada en híbridos ensamblados con lógica de campo de batalla, no tanto de laboratorio.
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Gerbera como portador de muerte. En este escenario aparece un actor principal. El dron Gerbera, ligero, rudimentario y barato, nació como un simple señuelo para saturar defensas durante ataques tipo Shahed.
Con el tiempo pasó a portar pequeñas cargas explosivas y ahora ha sido adaptado para algo aún más inquietante: llevar un FPV colgado y soltarlo en pleno vuelo. De hecho, hay fotografías y vídeos difundidos a comienzos de este mes de febrero que muestran esta evolución ya en uso, no como experimento aislado sino como patrón emergente. Si se quiere, este tipo de “dron Frankenstein” ha empezado a caminar por sí solo.
Un nodriza lanando un FPV
La lógica del injerto. Las primeras evoluciones las habíamos contado el año pasado. La razón de esta combinación entre drones no es solo técnica, sino profundamente operativa. Un dron de ala fija puede volar cientos de kilómetros, pero carece de la agilidad necesaria para cazar objetivos pequeños o móviles.
El FPV, en cambio, puede, por ejemplo, entrar por una ventana, seguir a una persona o golpear un punto exacto, y lanzarlo desde una nodriza resuelve su gran limitación histórica: el alcance. Es la suma de dos debilidades que juntas se convierten en una fortaleza.
Enjambres futuros y la sombra del Shahed. Aunque el Gerbera solo puede cargar un FPV, al menos por ahora, todo apunta a que es un banco de pruebas para algo mayor. La lógica industrial y militar sugiere que plataformas más grandes como los Shahed podrían transportar varios drones de ataque, aumentando las probabilidades de impacto y permitiendo atacar múltiples objetivos en una sola misión.
Es más, el concepto recuerda vagamente a una suerte de bombardero que no lanza bombas, sino pequeños cazadores autónomos. El Frankenstein todavía está en fase temprana, pero su forma final ya se intuye.
La telaraña de comunicaciones. Plus: ante las limitaciones impuestas por el bloqueo de Starlink por parte de SpaceX hace pocos días, Rusia ha recurrido a un invento que no habíamos visto en la guerra: conjuntos de radios en malla de origen chino que permiten a los drones comunicarse entre sí y extender el control en saltos sucesivos.
Hablamos de un sistema que ya es de por sí bastante caro, pero reduce la dependencia de satélites y abre la puerta a operaciones más profundas y de mayor impacto. A medio plazo, los expertos rusos apuntan a otra mutación o variante del monstruo volador: conjuntos de FPV con mayor autonomía y capacidad de decisión propia, en este caso menos dependientes del operador humano y mucho más difíciles de neutralizar. De fondo: más IA.
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Del campo de batalla a problema global. Es posiblemente la última de las patas a analizar con la aparición de estos modelos. Ucrania ha demostrado una capacidad excepcional para derribar drones portadores antes de que lancen su carga, pero ahora el concepto ya está fuera de la botella.
Los FPV lanzados desde “madres” nodrizas pueden destruir radares, sistemas antiaéreos, aviones en tierra o incluso columnas blindadas a distancias hasta hace muy poco impensables, todo a un coste irrisorio frente a misiles tradicionales. Dicho de otra forma, esta novedosa fase Frankenstein no es solo una rareza de la guerra en Ucrania: es un adelanto inquietante del futuro de los conflictos, uno donde la innovación apunta a estar “cosida” a toda prisa con piezas disponibles y resultados devastadores.
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La noticia
La guerra en Ucrania ha entrado de lleno en su fase Frankenstein: drones cosidos a otros drones convertidos en engendros letales
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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La guerra en Ucrania ha entrado de lleno en su fase Frankenstein: drones cosidos a otros drones convertidos en engendros letales
La Frankenstein no es solo una rareza de la guerra en Ucrania: es un adelanto inquietante del futuro de los conflictos
Desde que los primeros drones pasaron de ser simples plataformas de vigilancia a armas capaces de cambiar batallas enteras, la guerra en Ucrania ha ido incorporando estas máquinas por capas, siempre a golpes de necesidad y adaptación. Primero los UAV de reconocimiento, luego los drones armados, después los enjambres y la munición merodeadora.
Lo último ha transformado la guerra en una nueva fase.
Drones con drones. La guerra en Ucrania ha cruzado un umbral inquietante al entrar de lleno en su fase Frankenstein, donde drones “cosidos” a otros drones dan lugar a engendros improvisados, pero altamente letales.
Rusia ha empezado a usar plataformas aéreas mayores como nodrizas que transportan y lanzan FPV de ataque muy lejos del frente. La consecuencia es clara: se rompe la idea de que los FPV son armas tácticas de corto alcance y se inaugura una nueva capa estratégica basada en híbridos ensamblados con lógica de campo de batalla, no tanto de laboratorio.
Gerbera como portador de muerte. En este escenario aparece un actor principal. El dron Gerbera, ligero, rudimentario y barato, nació como un simple señuelo para saturar defensas durante ataques tipo Shahed.
Con el tiempo pasó a portar pequeñas cargas explosivas y ahora ha sido adaptado para algo aún más inquietante: llevar un FPV colgado y soltarlo en pleno vuelo. De hecho, hay fotografías y vídeos difundidos a comienzos de este mes de febrero que muestran esta evolución ya en uso, no como experimento aislado sino como patrón emergente. Si se quiere, este tipo de “dron Frankenstein” ha empezado a caminar por sí solo.
Un nodriza lanando un FPV
La lógica del injerto. Las primeras evoluciones las habíamos contado el año pasado. La razón de esta combinación entre drones no es solo técnica, sino profundamente operativa. Un dron de ala fija puede volar cientos de kilómetros, pero carece de la agilidad necesaria para cazar objetivos pequeños o móviles.
El FPV, en cambio, puede, por ejemplo, entrar por una ventana, seguir a una persona o golpear un punto exacto, y lanzarlo desde una nodriza resuelve su gran limitación histórica: el alcance. Es la suma de dos debilidades que juntas se convierten en una fortaleza.
Enjambres futuros y la sombra del Shahed. Aunque el Gerbera solo puede cargar un FPV, al menos por ahora, todo apunta a que es un banco de pruebas para algo mayor. La lógica industrial y militar sugiere que plataformas más grandes como los Shahed podrían transportar varios drones de ataque, aumentando las probabilidades de impacto y permitiendo atacar múltiples objetivos en una sola misión.
Es más, el concepto recuerda vagamente a una suerte de bombardero que no lanza bombas, sino pequeños cazadores autónomos. El Frankenstein todavía está en fase temprana, pero su forma final ya se intuye.
La telaraña de comunicaciones. Plus: ante las limitaciones impuestas por el bloqueo de Starlink por parte de SpaceX hace pocos días, Rusia ha recurrido a un invento que no habíamos visto en la guerra: conjuntos de radios en malla de origen chino que permiten a los drones comunicarse entre sí y extender el control en saltos sucesivos.
Hablamos de un sistema que ya es de por sí bastante caro, pero reduce la dependencia de satélites y abre la puerta a operaciones más profundas y de mayor impacto. A medio plazo, los expertos rusos apuntan a otra mutación o variante del monstruo volador: conjuntos de FPV con mayor autonomía y capacidad de decisión propia, en este caso menos dependientes del operador humano y mucho más difíciles de neutralizar. De fondo: más IA.
Del campo de batalla a problema global. Es posiblemente la última de las patas a analizar con la aparición de estos modelos. Ucrania ha demostrado una capacidad excepcional para derribar drones portadores antes de que lancen su carga, pero ahora el concepto ya está fuera de la botella.
Los FPV lanzados desde “madres” nodrizas pueden destruir radares, sistemas antiaéreos, aviones en tierra o incluso columnas blindadas a distancias hasta hace muy poco impensables, todo a un coste irrisorio frente a misiles tradicionales. Dicho de otra forma, esta novedosa fase Frankenstein no es solo una rareza de la guerra en Ucrania: es un adelanto inquietante del futuro de los conflictos, uno donde la innovación apunta a estar “cosida” a toda prisa con piezas disponibles y resultados devastadores.