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La herencia de las tradiciones

La herencia de las tradiciones
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El papel que debería jugar la escuela en la transmisión de la herencia cultural ha de ser convergente con la educogenia familiar

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La herencia de las tradiciones

El papel que debería jugar la escuela en la transmisión de la herencia cultural ha de ser convergente con la educogenia familiar

FRANCISCO J. CARRILLO. ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS.

Martes, 7 de abril 2026, 02:00

... en el presente. 'El Quijote' no es libro de cabecera a pesar de las facilidades que dio la espléndida versión de Andrés Trapiello, en castellano actual. El beréber Tariq ibn Ziyad (s. VIII), queda marginado con todo lo que vino después; baste leer la historia novelada del 'Boabdil' de Antonio Soler. Isabel y Fernando no fueron, en realidad, el origen de la unidad nacional de España; más bien fue consecuencia de la generalización peninsular de la unidad monetaria por el Banco de San Fernando y de la fuerza armada por el Duque de Ahumada, hechos ausentes del orden del día de jóvenes adultos (salvo excepciones caseras) ni de niños en edad escolar. La fuerza motriz de la diversidad cultural de la Península es ignota y casi queda reducida a aquellos coros y danzas de posguerra que traslucían tradiciones populares, más bien que mal, época que parece diluida en el tiempo. Punto y aparte merece el conocimiento de la Transición y de la Constitución Española de 1978. Por no referirme a la impresionante historia de la literatura, de los descubrimientos científicos, de la teología y el origen del derecho internacional ('ius gentium') y de la economía de la Escuela de Salamanca del XVI. Para hacer una síntesis escolar, contextualizada, transmisible a vista de pájaro de nuestra historia compartida incluso con las Américas, con sus aciertos y con sus errores, podría ser suficiente 180 horas lectivas de un año escolar, con maestros con cabeza bien amueblada (hay que incentivarlos y darles los medios) y con métodos pedagógicos que motiven el interés de búsqueda de los alumnos. Enseñanza y educación indivisibles, en un proceso de transmisión simultáneo de formación para la ciudadanía en valores comunes y universales con la 'Declaración Universal de los Derechos Humanos' en la mano y colgada en las paredes del aula escolar. Con esta Declaración, se facilitaría extraer de nuestra historia compartida una escala de valores (libertad, solidaridad, honor, compañerismo, patriotismo y no patrioterismo, sensibilidad artística y cultural, defensa de la dignidad humana como personas y como ciudadanos, amor y respeto al ecosistema que nos acoge, distinción entre el bien y el mal, incluso los valores de referencia concreta a la creencia religiosa para aquellos que lo deseen...), que sería naturalmente de aplicación en tiempo presente y ayudaría a formatear al ciudadano en sociedad junto a otros ciudadanos. Esa acción escolar podría tener una incidencia de retorno en los padres (por supuesto, y madres) de familia menos dotados con las interrogantes que los hijos (por supuesto, e hijas) planteasen en casa al retorno de la escuela. (Este método fue muy eficaz en las 'Maisons Rurales Familiales', en Francia, en donde la educación escolar de los hijos repercutía en la escasa instrucción de los padres). El papel que debería jugar la escuela en la transmisión de la herencia cultural ha de ser convergente con la educogenia familiar.

Lo más grave de un sistema educativo es ideologizar la enseñanza, vaciarla de valores fundamentales y universales de convivencia, y cimentar toda la estructura en contenidos técnico-prácticos (que, sin duda, son también absolutamente necesarios) sin una información histórica y cultural sin polarizar, que sea el fundamento del bien común y de un pensamiento crítico operativo.

La ausencia de pensamiento crítico concluye en la mayor aberración: la no distinción entre el bien y el mal. Se digieren todos los males: Corrupción, patrañas y engaños públicos y privados, fomento de enfrentamientos entre ciudadanos, privilegios y promociones arbitrarias, ausencia de incentivo a un modelo de convivencia, ignorancia del principio de justicia distributiva, etcétera. Con estos mimbres, el modelo de sociedad indefinido, líquido, entra en la era de la Inteligencia Artificial (IA), incomprensible para la mayoría de la ciudadanía pendiente del teléfono móvil y aspirando a llegar a ser un Elon Musk, aunque sea en miniatura, en un contexto en el que los herederos culturales tienen acceso difícil a un empleo digno, y a una vivienda que se desconoce es mandato constitucional. El smartphone se convierte en el pensamiento único acrítico y en el consolador compañero de viaje.

Mañana siempre es tarde para conciliar las humanidades, las ciencias y la tecnología antes de que la IA cubra e inunde el vacío del pensamiento crítico. Se requiere una reforma en profundidad de los contenidos educativos y un pacto de Estado de la educación, que facilite la formación de un ciudadano para la convivencia, la transmisión cultural, el diálogo entre generaciones, evitándose la ruptura de la cadena de relaciones elementales de parentesco.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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