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La ilusión en tiempos de prisa

La ilusión en tiempos de prisa
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Las organizaciones pueden fomentarla con reconocimiento, confianza y coherencia. Todos necesitamos sentir que lo que hacemos tiene sentido, que nuestro trabajo vale la pena. Leer
DIRECTIVOSLa ilusión en tiempos de prisa
  • ADELAN BALDERAS
Actualizado 7 ABR. 2026 - 01:42'La vida es bella' demuestra que la ilusión puede sostenerse incluso en la adversidad.

Las organizaciones pueden fomentarla con reconocimiento, confianza y coherencia. Todos necesitamos sentir que lo que hacemos tiene sentido, que nuestro trabajo vale la pena.

En ocasiones, el cielo tiene algo que recuerda a los cuadros de Monet. Esa luz que no termina de ser ni día ni noche, ese tiempo suspendido en el que el mundo parece bajar el volumen. Las tardes siempre son territorios intermedios: invitan al recogimiento, pero también susurran una urgencia suave, casi imperceptible, de aprovechar lo que queda, como un miedo a perderse algo que nos mete en esa rueda de la ansiedad por acumular experiencias que no sentimos. Y en ese espacio que flota entre lo productivo y lo contemplativo, pienso en algo que me bulle constantemente: la ilusión. En la vida, en el trabajo, en lo de cada día.

No hablo de ilusión como mera fantasía ni como poesía, sino de esa chispa íntima que nos impulsa a seguir. Esa que no siempre surge espontáneamente, sino que se convierte en una decisión silenciosa: una manera de mirar y de vivir, incluso cuando todo parece no invitar a ello. Decía Lola Flores que "el brillo de los ojos no se opera". Me entusiasman esas ocho palabras juntas. El brillo está o deja de estar. No se puede fabricar, no se puede imponer, no se puede sostener artificialmente mucho tiempo. Y cuando se va, suele hacerlo de forma sigilosa, diluyéndose entre lo cotidiano, entre la sensación de cumplir sin estar presente.

Durante años hemos hablado del trabajo en términos de objetivos, resultados y eficiencia. Y sí, tiene su lógica porque las organizaciones necesitan medir, avanzar, competir. Hoy se habla también del bienestar, pero en ese lenguaje algo queda fuera aunque no se pueda medir: la ilusión. Ilusión por lo que hacemos, por el trabajo bien hecho, por la conexión, por el trabajo en equipo más allá de modelos teóricos en cursos obligatorios, por la pareja, por la vida; por sentirse parte de algo que tiene sentido. No como entusiasmo constante ni como motivación fingida, sino como una forma de estar en el mundo.

El escritor Simon Sinek invita a reflexionar en el modelo de liderazgo que creó, El círculo dorado, qué es lo que nos hace levantarnos cada mañana. No basta con responder correctamente; importa sentirlo en el cuerpo, en la mirada. Esa sensación de propósito que atraviesa cada gesto y cada decisión sostiene la energía diaria.

La investigación académica respalda esta intuición. La doctora Teresa Amabile, profesora emérita en Harvard Business School, ha mostrado que la creatividad y la motivación no surgen de grandes golpes de inspiración, sino de la interacción constante entre nuestras habilidades, conocimientos y motivación intrínseca, esa energía que brota cuando hacemos algo por el mero placer de hacerlo, por desafío o por satisfacción personal. En su libro El principio del progreso, Amabile, junto a Steven Kramer, señala que cada pequeño logro enciende una chispa interna donde la ilusión habita.

Una vida saludable y plena

Iniciado en 1938, el Harvard Study of Adult Development sobre bienestar y felicidad confirma esta intuición desde otra perspectiva. Uno de los estudios más largos sobre la vida humana ha seguido a tres generaciones de participantes para entender qué hace que la vida sea buena, saludable y plena. No solo mide logros o salud física, sino experiencias, relaciones y sentido de propósito. Lo que emerge de manera consistente es que la calidad de nuestras relaciones importa más que el dinero, el estatus o los genes. Las personas más conectadas son más felices, saludables y longevas. Además, el sentido percibido de nuestras acciones, por pequeño que sea, impacta en nuestra vitalidad y bienestar mental. Hacer lo que hacemos con ilusión no es trivial: es esencial para una vida plena.

Esta evidencia científica refuerza lo que sentimos: la ilusión no nace del azar. Se fragua en la interacción entre experiencias, conexiones y el sentido que damos a lo que hacemos. Muchas veces merece la pena recordar por qué hacemos lo que hacemos y qué nos hace sentir vivos.

El filósofo Ernst Bloch hablaba del principio esperanza como esa fuerza que orienta al ser humano hacia lo que todavía no es, pero podría ser: no se trata de una esperanza ingenua, sino de una actitud que nos mueve a dar sentido a lo que hacemos y a imaginar nuevas posibilidades. Para José Ortega y Gasset, la vida no está terminada, se va haciendo. "Yo soy yo y mi circunstancia", escribió, recordándonos que somos lo que vivimos, pero también lo que anhelamos. En ese espacio entre lo que es y lo que podría ser, la ilusión no engaña: sostiene, orienta y empuja, como una forma de seguir adelante con sentido y con luz propia. La ilusión, desde esta mirada, es mucho más que una emoción, es una forma de estar en el mundo, una declaración silenciosa de que seguimos caminando, pensando, sintiendo, hacia algo que sentimos valioso. Quizá por eso conecta con la infancia. No con su ingenuidad, sino con esa capacidad intacta de implicarse, de anticipar, de dar significado incluso a lo pequeño. Un niño no necesita garantías para ilusionarse: le basta la posibilidad de poder hacer algo.

Ana Frank escribía a escondidas en ese diario que tanto nos ha enseñado: "No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda". Y, como en un cuadro que necesita una pincelada más, es inevitable mencionar la película que de vez en cuando hay que revisitar, La vida es bella, como un recordatorio de que la ilusión puede sostenerse incluso en la adversidad. No se trata de negar lo que duele, sino de elegir desde dónde mirar, de convertir la mirada en un acto creativo que protege el sentido. Quizá la ilusión tenga algo de eso: una forma de cuidado interior, de fortaleza íntima.

La ilusión no es responsabilidad exclusiva de cada persona. Los contextos importan: estructuras organizativas, relaciones laborales, sentido compartido. Las organizaciones no pueden fabricar ilusión, pero sí pueden facilitarla mediante el reconocimiento, la confianza y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. El brillo de los ojos no se impone. Pero sí se cuida. O, al menos, se respeta.

En un mundo que acelera, optimiza y se mide obsesivamente, la ilusión puede parecer invisible. Pero su impacto es estructural, porque atraviesa relación, sentido, bienestar y lugar en el mundo. Quizá la pregunta no sea cómo mantenerla siempre, sino cómo no perderla. Cómo preservar, en medio de la incertidumbre, esa capacidad de mirar, de encontrar valor en lo pequeño. No porque todo sea extraordinario, sino porque somos capaces de verlo.

Porque, más allá de objetivos, resultados o certezas, existe una aspiración más sencilla: seguir sintiendo que lo que hacemos tiene sentido. Seguir mirando sin cinismo. Seguir encontrando algo que nos mueva. Y, sobre todo, poder decir que no queremos que nos falte lo esencial: la ilusión. Que, pase lo que pase, nos sigan brillando los ojos.

Adela Balderas es doctora ADE. Profesora Investigadora Deusto Business School. Investigadora Universidad de Oxford. Profesora Afiliada City Science MIT Media Lab.

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Fuente original: Leer en Expansión
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