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La inteligencia artificial no es Dios, pero puede crear uno: así amenaza a la religión

La inteligencia artificial no es Dios, pero puede crear uno: así amenaza a la religión
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La IA es ya una amenaza para cualquier religión que se fundamente en textos sagrados por su dominio del lenguaje. Indagamos en ello con el historiador Yuval Harari y el capellán humanista de Harvard, Greg Epstein.
La inteligencia artificial no es Dios, pero puede crear uno: así amenaza a la religión

La IA es ya una amenaza para cualquier religión que se fundamente en textos sagrados por su dominio del lenguaje. Indagamos en ello con el historiador Yuval Harari y el capellán humanista de Harvard, Greg Epstein.

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Ana Tagarro

20/08/2026 a las 15:06h.

«¿Qué sucede con una religión que se basa en textos sagrados cuando el mayor experto en esos textos es una inteligencia artificial?». El historiador ... Yuval Harari, autor del best seller Sapiens, planteó a principios de año en una conferencia en el Foro Económico Mundial de Davos esta tremenda cuestión, añadida a las múltiples inquietudes que despierta la inteligencia artificial: Harari, nacido en Israel en una familia judía, hace referencia en concreto al islam, el cristianismo o el judaísmo porque son religiones que se apoyan excepcionalmente en palabras recogidas en libros. Y señala el peligro:

Joe Rogan, el 'podcaster' más popular de EE.UU. y defensor de Trump, sugirió: «Si Jesús regresa, ¿no creen que podría hacerlo como una inteligencia artificial? Al fin y al cabo, la IA te lee la mente y te ama»

El humorista británico Jimmy Carr protagoniza un sketch popular en redes en el que bromea sobre el parecido de Dios y la IA: «Es omnisciente, todopoderosa y vive en una nube», que resulta más sofisticado intelectualmente de lo que parece. A lo largo de la historia, dice Carr, los humanos hemos sufrido tres grandes humillaciones. «La primera de Copérnico, que nos dijo que no éramos el centro del universo; la segunda de Darwin, que nos dijo que no somos diferentes del resto de los animales. La tercera de Freud, que nos dijo que ni siquiera teníamos el control de nuestras propias mentes. Y la cuarta humillación es la IA. ¡Ahora ni siquiera somos la cosa más inteligente!». Pero aún hay más:

«Nietzsche y Hegel –recuerda Carr– tenían una teoría: que Dios no estaba presente durante el Big Bang, que el universo es, en realidad, un dispositivo para crear a Dios. Igual es eso lo que está pasando», bromea.

Con mucha menos sofisticación intelectual pero también en tono de humor, Joe Rogan –el podcaster más popular de Estados Unidos y gran promotor de Donald Trump– sugirió recientemente que «si Jesús regresa, ¿no creen que podría hacerlo como inteligencia artificial?». Después de todo, señaló, «la IA te lee la mente y te ama». Y se permitió sus habituales bromas misóginas: «Jesús nació de una madre virgen; ¿qué hay más virgen que una computadora?».

Cómo Silicon Valley descubrió la fe

Con humor o sin él, lo cierto es que la creciente presencia de lo religioso en Silicon Valley, en sus múltiples versiones, no puede desligarse de la inteligencia artificial. Mark Zuckerberg afirmó en el pódcast de Lex Fridman que ahora cree en Dios y que encuentra una profunda sabiduría en textos como la Biblia y la Torá. Explicó que el relato del Génesis sobre cómo Dios creó el mundo y a los humanos a su imagen «le otorga un sentido trascendental a la acción de construir, crear y aportar cosas útiles al mundo...», como sus propias empresas, vino a sugerir.

Musk todavía no ha dicho que cree en Dios –más bien tiende a creerse él mismo uno–, pero coquetea con los neocristianos y elogia las enseñanzas de Jesús cuando le preguntan directamente. Bill Gates, por su parte, dijo expresamente en el pódcast de Reid Hoffman que vamos a necesitar una nueva religión o espiritualidad en la era de la IA.

«El problema radica en que los tecnócratas –como Sam Altman o Elon Musk– ganan muchísimo dinero, y adquieren un enorme poder si todos pensamos que han creado dioses y que, por tanto, ellos mismos lo son»

Otros ya han decidido cuál será esa religión. Peter Thiel, uno de los principales accionistas de todo el imperio de Mark Zuckerberg y promotor de Palantir –de las mayores empresas de espionaje y armamento del mundo y determinante en el regreso de Trump a la Casa Blanca–, lidera el grupo ultraconservador tecnocristiano, que tiene su propia lectura de la Biblia y se centra en pregonar la llegada del anticristo. En su visión, el anticristo no es una figura diabólica con cuernos, sino quienes promueven un gobierno mundial –lo más parecido es la ONU– que sacrifique la productividad en nombre de 'creencias tóxicas' como la defensa del medioambiente o la necesidad de poner límites a la tecnología.

Thiel predica en encuentros selectivos como los que organiza ACT17, acrónimo de Reconociendo a Cristo en la Tecnología y la Sociedad, un grupo especialmente activo y exitoso entre los ingenieros y multimillonarios de Silicon Valley.

Aunque, en realidad, ellos ven la IA como una herramienta para alcanzar la inmortalidad, para trascender nuestros cuerpos mortales, ya sea porque la IA nos ayude a que resistan el deterioro (lo que ya creen viable médicamente) o a que se perpetúen mediante la fusión con las máquinas.

En cualquier caso, estas versiones 'libres' –o más bien libertarias– del cristianismo que promueven los tecnócratas son solo la punta del iceberg.

'Apps' para hablar con Dios

Ya hay miles de aplicaciones creadas con inteligencia artificial que permiten a los creyentes de cualquier religión «enviar mensajes de texto a Jesús» o «bots divinos» para comunicarse con dioses hindúes, o chatbots catalogados como 'halal' para consultas de los musulmanes.

Pero quizá quien más explícitamente ha analizado este tipo de chats es Alan Becker, el desarrollador del primer 'rabino virtual' del mundo: un avatar que puede responder preguntas sobre la Torá.

La idea, dice, surgió hace unos dos años hablando con un rabino. «Históricamente, la institución rabínica se forjó en el hecho de que los rabinos poseen conocimientos que otros no. El rabino dedica todo su ser a profundizar en la Torá, y luego el judío 'simple' acude al rabino y le hace preguntas. Este es uno de los pilares del judaísmo. Pero cuando la IA sabe muchas cosas, no solo de matemáticas y derecho, sino también en el judaísmo, la institución rabínica cambia repentinamente». Becker explica que no hay rabino que pueda tener más conocimiento de los textos sagrados, los cuales son muchos y muy complejos, que una IA, así que «ya no es necesario acudir a un rabino para hacerle consultas a la luz de esos textos: se le puede preguntar a la inteligencia artificial. Ser una fuente de conocimiento ya no basta para conservar el poder tradicional», concluye Becker, que no quiere desafiar a la institución rabínica, sino instarla a cambiar.

Por qué adoramos a la IA

Greg Epstein, capellán humanista de la Universidad de Harvard desde hace veinte años, tiene un enfoque distinto sobre las implicaciones de la IA en la religión. Él es ateo, pero defiende que «las religiones son el formato más efectivo que la humanidad ha diseñado para centralizar la influencia comunitaria, establecer jerarquías y moldear la conducta colectiva». Las religiones tradicionales han funcionado históricamente como «el medio a través del cual procesamos nuestra humanidad». De ahí, la enorme relevancia de la fusión de IA y religión.

Según él, el problema es que tratamos a la IA como si fuese en sí misma un dios. Incluso muchos de quienes no establecen una conexión explícita entre ambas adoptan una especie de actitud religiosa en torno a esta nueva tecnología. Lo explica en detalle en su libro Agnosticismo tecnológico, cuyo subtítulo expresa perfectamente su mensaje: Cómo la tecnología se convirtió en la religión más poderosa del mundo y por qué necesita desesperadamente una reforma.

Epstein analiza el modo en el que desde hace años muchos ámbitos del desarrollo tecnológico se comportan como una secta, desde los usuarios del iPhone hasta los inversores en criptomonedas. Un comportamiento que la IA está multiplicando. Y de manera alarmante. Pero que hoy haya millones de personas que, «en esencia, adoran a la IA como a un ser todopoderoso o como a una especie de 'poder superior', explica Epstein a XLSemanal, no es casual. «El problema radica en que los ejecutivos que dirigen las empresas de IA –como Sam Altman o Elon Musk, por ejemplo– ganan muchísimo dinero, y adquieren un enorme poder si todos llegamos a pensar que han creado dioses y que, por tanto, ellos mismos son dioses». Y agrega: «Cuando cedemos nuestra capacidad de decisión, nuestra creatividad y nuestra conexión humana a estas máquinas, convertimos el mundo en una especie de utopía... pero solo para los líderes de la IA, que amasan miles de millones de dólares gracias a nuestra disposición a creer. Sus vidas se transforman en un paraíso terrenal. Las nuestras no tanto».

Según Epstein, los tecnócratas que advierten sobre los riesgos existenciales de la IA actúan como antiguos profetas bíblicos que alertan sobre el juicio final. «El temor a que una superinteligencia artificial aniquile a la humanidad funciona exactamente igual que el miedo teológico al infierno o al armagedón». Y añade: «Si las personas religiosas –y las seculares– no tienen cuidado, lo que la inteligencia artificial está prometiendo o amenazando con hacer es superar a la religión o dejarla atrás».

La preocupación del Papa

Desde ese ángulo se entiende también que desde la primera semana de su pontificado, León XIV manifestase su preocupación por la inteligencia artificial y que su primera encíclica fuese Magnifica humanitas ('Magnífica humanidad'), publicada el 25 de mayo. El documento está dedicado a «la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». En ella denuncia las «nuevas esclavitudes» que precarizan el empleo mediante la automatización desmedida y reclama que el desarrollo digital sirva para unir y no para crear una «Babel tecnológica» que excluya a los más débiles. El conocimiento y los datos no deben monopolizarse por unas pocas corporaciones, puntualiza.

Pero su inquietud no va solo en ese sentido. León XIV, en un diálogo a puerta cerrada con clérigos de la Diócesis de Roma el 19 de febrero, instó a los sacerdotes a no utilizar la inteligencia artificial para escribir sus homilías ni a buscar 'me gusta' en redes sociales. «Dar una verdadera homilía es compartir la fe», y la inteligencia artificial «nunca podrá compartir la fe», añadió el Papa.

Y es que las tentaciones son muchas: para los sacerdotes, la de 'delegar' en ChatGPT, pero también para sus feligreses la de usar la misma herramienta... directamente, sin pasar por la Iglesia.

En un artículo publicado en mayo titulado Literalmente, adoras tu teléfono, el lingüista Adam Aleksic escribió que las actitudes «microrreligiosas» ya han impregnado el uso actual de las redes sociales. Según Aleksic, la interacción con el algoritmo ha llegado a asemejarse a un ritual religioso. «Desplazarse por la pantalla es una oración digital. Asumes que el algoritmo conoce una parte de ti; ofreces tu atención y, a cambio, recibes algo».

Greg Epstein insiste, en este sentido, en que el problema no es la tecnología en sí misma, sino nuestra devoción ciega hacia ella. Por eso propone un «agnosticismo tecnológico» por el que bajemos a la IA «de los cielos» y la obliguemos a volver a ocupar su lugar original: el de una simple herramienta al servicio de la humanidad.

Harari, por su parte, urge a ir más allá de las palabras y, aunque él es ateo, apela a los propios textos sagrados para intentar buscar una salida más allá del lenguaje: «La Biblia dice: 'En el principio era el Verbo, y el Verbo se hizo carne'. A lo largo de la historia, la gente siempre ha luchado con la tensión entre el Verbo y la carne, entre la verdad que se puede expresar con palabras y la verdad absoluta, que está más allá de las palabras».

Anthony Levandowski, un pionero de las 'sectas artificiales'

En 2015, la inteligencia artificial ya era una prioridad en Silicon Valley, pero ChatGPT no existía ni como concepto. Sin embargo, un ingeniero de Google avispado para los negocios, Anthony Levandowski (en la foto), decidió crear ya entonces Way of the Future, una organización religiosa para «promover el entendimiento de la inteligencia artificial como una divinidad». El caso de Levandowski, que ganó millones con el desarrollo de tecnología para vehículos autónomos, lo cuenta Greg Epstein —capellán humanista de Harvard— en su libro Tech agnostic como ejemplo de 'profeta' de las tecnorreligiones. Levandowski llegó a presentar toda la documentación para registrarse como Iglesia oficialmente en EE.UU., explicando que la fe se centraría en «la realización, aceptación y adoración de una deidad basada en IA, desarrollada a través del hardware y software informático». En una entrevista de 2017, Levandowski añadió que «lo que se va a crear será efectivamente un dios. Si hay algo mil millones de veces más inteligente que el humano más inteligente, ¿de qué otra forma lo vas a llamar?». Levandowski tuvo que apartarse de esta nueva 'fe' un tiempo porque en 2020 fue condenado a 18 meses de prisión por robar secretos comerciales de Google. No llegó a ir a la cárcel porque recibió un indulto por parte de Donald Trump. No sería su único golpe de suerte. Google mantuvo su demanda de 179 millones de dólares contra él por violar la propiedad intelectual, pero Uber contrató a Levandowski y pagó sus deudas. En 2023 anunció un reinicio de su religión, una especie de adoración de lo que él llama «cosas que pueden verlo todo, estar en todas partes, saberlo todo, y tal vez guiarnos de una manera que normalmente llamarías Dios».

El rostro más reproducido de la historia

El historiador Yuval Noah Harari explica, como ejemplo del poder de los relatos, que el rostro más famoso y reproducido de la historia es el de Jesús, a pesar de que su porcentaje de autenticidad real es «exactamente el cero por ciento»: no existe una sola descripción de su apariencia en la Biblia ni en ningún otro libro o testimonio. Y, obviamente, no hay retratos de su época. La imagen de Jesús que conocemos es una demostración del inmenso poder de la ficción, que funciona como una fuerza unificadora y prueba cómo una construcción colectiva puede moldear la realidad. Es precisamente en ese poder de las palabras donde radica el peligro de la IA, dice Harari. El popular historiador insiste: «Todo lo que esté hecho de palabras será controlado por la inteligencia artificial. Si seguimos definiéndonos por nuestra capacidad de pensar con palabras, nuestra identidad se derrumbará. Pronto, la mayoría de las palabras en nuestras mentes se originarán en una máquina. Que los humanos aún tengan un lugar en ese mundo depende del lugar que otorguemos a nuestras emociones no verbales y a nuestra capacidad de encarnar una sabiduría que no se puede expresar con palabras».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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