Habrá un futuro en el que alguien cuente que, mientras la gente tomaba el sol, aparecía una embarcacón de las que salían personas presas del pánico intentando huir por la arena; que, en no pocas ocasiones, lo que traía el mar eran cadáveres
Regala esta noticia Añádenos en Google Ilustración. (Bea Crespo)Edurne Portela
28/06/2026 a las 00:07h.Tengo una amiga a quien no le gusta ir a la playa por las tardes porque dice que es como meterse en una cama sin ... hacer: las sábanas revueltas, algún pelo adherido a la almohada, olor a dormido. Ella, como yo, prefiere ir bien temprano, cuando han pasado los equipos de limpieza y han recogido la basura de veraneantes incívicos, cuando los rastrillos han dejando la arena lisa y preparada para extender las toallas, cuando la mar todavía no parece una sopa con tropiezos. Parece que la arena y las olas están por estrenar: no tienen huellas ni historia ni memoria. La huella a la orilla del mar es efímera, dura lo mismo que tarda la siguiente ola en llegar, pasar por encima de ella, arrastrarla y borrarla. Si no acaba con ella la primera ola, lo hará la próxima. Así son las playas, al menos cuando estamos en sus orillas y solo miramos a nuestros pies y al agua que los lame: territorios que parecen renovarse cada amanecer, que perduran en el tiempo fuera de la historia humana.
Ahora, los veraneantes que llegan de todos los rincones del país y de Europa para disfrutar del frescor del Cantábrico, no encuentran rastro de aquella terrible prisión. El complejo que después de cárcel volvió a ser seminario, fue derruido tras su cierre en 1968. Tan solo una placa recuerda el sufrimiento de aquellas mujeres. También en Argelès-sur-Mer hay un recordatorio de lo que ocurrió en esa playa del Mediterráneo francés. Se trata de un monolito que dice: «A la memoria de los 100.000 republicanos españoles, internados en el campo de Argelès, tras la retirada de febrero de 1939. Su desgracia: haber luchado para defender la Democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939. Hombre libre: acuérdate». No es mal recordatorio para estos tiempos que vivimos. Las condiciones en la playa de Argelès fueron terribles: sin barracones ni letrinas, sin cocinas ni electricidad. Fueron los propios reclusos quienes idearon la manera de protegerse del frío y el viento en ese crudo invierno del 39 y de organizar su supervivencia. En el verano del 39 un periódico francés hablaba así de estos refugiados hacinados contra su voluntad en el campo de concentración: «Hoy toda la zona apesta. Va a ser imposible usar nuestras playas este verano. La invasión roja ha matado el turismo ya que nuestros clientes internacionales no van a estar dispuestos a tratar con esta sucia horda...».
Si cambiamos «invasión roja» o «sucia horda» por «inmigrantes» podríamos escuchar estas mismas palabras en boca de las derechas españolas actuales y sus acólitos. La misma ausencia de solidaridad ante el sufrimiento de los más vulnerables; el mismo cinismo y la misma crueldad. El verano pasado veíamos cómo en una playa granadina unos domingueros con ínfulas de salvapatrias corrían detrás de unos pobres hombres exhaustos que acababan de saltar de una patera. Llegaban aturdidos, asustados ante la multitud que ocupaba la playa. Algunos fueron derribados e inmovilizados ante las protestas -menos mal por la gente decente- de otros veraneantes que contemplaban horrorizados el exceso de violencia. Vox no tardó en apropiarse de la gesta para difundir sus bulos sobre la invasión islámica y el efecto llamada. Tal vez hubieran preferido que esos hombres llegaran muertos a la costa, como las siete personas encontradas en las playas de Almería pocas semanas después de aquel triste espectáculo. Se habían ahogado intentando llegar a nado a la orilla desde la patera que les obligó a desembarcar.
Este verano seguramente volveremos a ver escenas similares en las playas mediterráneas porque los motivos por los que esas personas deciden jugarse la vida en un cayuco o una patera siguen existiendo: las guerras, los conflictos, el hambre, la ausencia de horizontes de vida en sus lugares de origen. La historia de las playas del Mediterráneo español la estamos escribiendo ahora, como se escribió la de esas otras que, por mucho que parezcan olvidadas, siguen presentes en el paisaje. Habrá un futuro en el que alguien cuente que, mientras la gente jugaba a palas, se bañaba, y tomaba el sol, aparecía una embarcación de las que salían personas presas del pánico intentando huir por la arena, la mayoría exhaustas, deshidratadas y quemadas por la travesía; que a veces ya no les quedaban fuerzas para correr; que, en no pocas ocasiones, lo que el mar traía a la orilla eran cadáveres. También se contará que hubo gente que, como en la playa del Águila en Gran Canaria, corrieron a asistirlos; que otra, tal vez por falta de reacción ante la sorpresa, no les ayudó pero los dejó huir; y que también hubo quien se creyó que, por haber nacido a este lado del Mediterráneo, tenía derecho a insultarlos y a usar la fuerza contra ellos. Acuérdate.
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