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La mentira de Wafae: la vida de viajes y lujos de la 'influencer' que entró en Ceuta fingiendo ser una migrante oprimida

La mentira de Wafae: la vida de viajes y lujos de la 'influencer' que entró en Ceuta fingiendo ser una migrante oprimida
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La joven marroquí argumenta que entró en España buscando un país que la trate con "igualdad" y conceda "papeles" permanentes. Asegura que pese a ser 'influencer' de viajes y moda, es "más pobre" que el 50% de los que entraron en Ceuta. Más información: El vídeo de tres segundos que azuzó el asalto masivo a Ceuta: dos asaltantes recién llegadas y 32 millones de visualizaciones

Wafae Atid fotografiada en Ceuta frente a uno de sus posados en Capadocia. REUTERS/Maria Alejandra Cardona

África La mentira de Wafae: la vida de viajes y lujos de la 'influencer' que entró en Ceuta fingiendo ser una migrante oprimida

La joven marroquí argumenta que entró en España buscando un país que la trate con "igualdad" y conceda "papeles" permanentes.

Asegura que pese a ser 'influencer' de viajes y moda, es "más pobre" que el 50% de los que entraron en Ceuta.

Más información:El vídeo de tres segundos que azuzó el asalto masivo a Ceuta: dos asaltantes recién llegadas y 32 millones de visualizaciones

Publicada 21 agosto 2026 06:30h Las claves

Las claves Generado con IA

Wafae Atid mira a cámara desde una ladera de Ceuta y explica en inglés por qué no quiere regresar a Marruecos. Tiene 28 años, lleva veinte días durmiendo al aire libre y dice que su familia le impidió estudiar, viajar y decidir cómo vestir. “Las mujeres tienen que quedarse en casa”, cuenta.

La joven añade que ha dejado de creer en el Islam y que su objetivo es llegar a Barcelona, encontrar trabajo en hostelería y empezar de nuevo.

Su testimonio, recogido por los medios, encaja con una historia conocida en España. Una muchacha que huye de restricciones familiares y de una sociedad en la que las mujeres siguen soportando desigualdades reales. Atid incluso se muestra al borde de las lágrimas ante las cámaras.

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El día anterior, la misma joven le había explicado la situación a Reuters desde el campamento de mujeres que ella y otras migrantes han creado cerca de la comisaría, alejadas de la muchedumbre de hombres migrantes de El Trampolín. "Esto está muy mal… Muchos tipos intentan atacar a las chicas todas las noches. A veces cuando vas al baño, te siguen".

Sin embargo, frente a sus palabras, existe otra realidad muy diferente y que hace dudar de su discurso. El contraste lo pone el rastro público que la propia Atid dejó antes de lanzarse al agua el 30 de julio complica su relato. Sus perfiles en redes sociales muestran a una viajera cosmopolita y modernísima teñida de rubio, que viste tanto tirantes y shorts en Burj Khalifa como vestidos tradicionales en un pueblo marroquí.

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Con estudios en Dubái, estancias en países del Golfo, experiencia laboral como modelo y en hostelería, esta imagen pública está muy alejada de la de una mujer que apenas podía salir de casa.

“La vida sin libertad es miserable”, escribe feliz en Instagram desde una playa paradisíaca. En otra de las fotografías que circulan aparece incluso posando con un retrato de Mohamed VI.

Sus redes muestran a una mujer joven que se mueve libremente por el mundo, viste como quiere y trabaja. Evidencias que no tienen por qué ser incompatibles con presiones familiares o religiosas que se desconocen, pero que chocan con su narrativa de una vida de opresión.

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Existe otra contradicción relevante, y es que para llevar esta vida Atid no parece proceder del sector más pobre y aislado de Marruecos.

Y, aun así, según varios indicios arriesgó su vida para entrar irregularmente en Ceuta, como muestra en su cuenta de Facebook, cantando “¡asilo!” entre una masa de inmigrantes varones.

El oficialista 360 ha puesto a la joven en evidencia, tras lo que muchos españoles y marroquíes han lanzado comentarios insultantes y denigrantes en sus redes sociales.

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Ella no tardó en contestar en sus redes defendiéndose. "Diría que el 50% de los que emigraron y entraron en Ceuta están económicamente mejor que yo. Yo soy más pobre que algunos de ellos. Hay personas que tienen restaurantes y cafeterías, y que entraron en Ceuta", comienza.

A continuación, plantó cara a sus 'haters': "No vengas a decirme: ‘Tú vivías bien, viajabas’. Sí, esa era mi vida privada y yo podía hacer esas cosas. Pero eso no es asunto tuyo. Yo buscaba seguridad. Buscaba una mentalidad parecida a la mía".

Aunque admite haber viajado con frecuencia a países del Golfo, asegura que no le daban la "seguridad" que espera encontrar en España. "Yo quiero un país que me dé papeles, que me trate como ciudadana igual que a un ciudadano del país y donde pueda quedarme para siempre".

Su nuevo discurso varía sustancialmente del que lanzaba sobre su negativa a volver a Marruecos.

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En los sistemas migratorios europeos, las condiciones económicas por sí solas no suelen abrir una vía de protección internacional, mientras que la persecución por religión, género u otras causas sí puede ser jurídicamente relevante.

Esa estructura crea incentivos para ordenar la propia historia en categorías que las autoridades reconocen, pero no permite concluir que una alegación concreta sea falsa sin comprobarla.

El Instagram de la frontera

La oleada de 80.000 migrantes que entró en Ceuta a finales de julio no nació únicamente de las rutas clandestinas tradicionales.

Reuters reconstruyó cómo una mezcla de vídeos virales, interpretaciones erróneas de una sentencia del Tribunal Supremo español y mensajes falsos sobre una regularización alimentó la idea de que llegar a Ceuta equivalía, en la práctica, a entrar en España sin posibilidad de devolución inmediata.

El mecanismo se aceleró cuando comenzaron a circular imágenes de jóvenes recién llegados sonriendo, levantando los pulgares o haciendo la señal de la victoria.

Un vídeo de dos mujeres empapadas caminando por Ceuta tuvo un efecto especialmente potente. El mensaje visual era más sencillo que cualquier explicación jurídica: habían llegado y parecían estar bien.

Al día siguiente, influencers con decenas de miles de seguidores empezaron a grabarse entrando en el agua.

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Uno de ellos fue Mounim Belhaj, peluquero canino con unos 31.000 seguidores en Instagram. Belhaj explicó a Reuters que decidió intentarlo después de ver informaciones sobre la acogida de los migrantes.

“Los medios españoles mostraban un buen trato a los migrantes que llegaban a España y eso nos animó mucho a ir”, declaró. La experiencia duró poco. Cuando regresó, su conclusión fue igualmente directa: “Cometimos un error al ir. Solo había hambre”.

Lo significativo es que Belhaj tenía oficio, negocio y audiencia. No responde al estereotipo del migrante sin recursos ni conexiones. Como Atid, pertenece a una zona social intermedia que ayuda a entender por qué la explicación exclusivamente económica se queda corta.

La migración como ascensor social

El sociólogo Mehdi Alioua, profesor de Sciences Po Rabat y especialista en migraciones, explicaba esta misma semana a Le Monde que el problema de muchos jóvenes marroquíes no es solo la pobreza, sino la precariedad entendida como ausencia de movilidad: la impresión de estar inmóviles mientras la vida avanza. Esa distinción es central para leer lo ocurrido en Ceuta

La investigación sobre migraciones lleva años mostrando que quienes emigran no son necesariamente los más pobres. Hein de Haas ha formulado este fenómeno a través del marco de "aspiraciones y capacidades": para migrar hace falta desear otra vida, pero también disponer de recursos, redes, información y margen de acción.

El desarrollo económico puede incluso aumentar temporalmente la emigración al elevar las aspiraciones antes de que aumenten al mismo ritmo las oportunidades disponibles en el país de origen.

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En Marruecos, esa distancia entre aspiración y oportunidad tiene además una dimensión digital. Tarik Sabry, investigador de la Universidad de Westminster, estudió hace años la relación entre internet y los proyectos migratorios de jóvenes marroquíes.

Sus trabajos ya advertían de la importancia de las dimensiones simbólicas de la emigración: Europa no funciona solo como un mercado laboral, sino como una representación de autonomía, consumo, movilidad y reconocimiento.

Las redes han amplificado esa comparación. Un joven con empleo precario, una modelo ocasional o un pequeño emprendedor no se compara necesariamente con quien está peor, sino con quienes muestran desde Madrid, Barcelona, París o Dubái una vida aparentemente más libre y próspera.

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La frustración puede crecer precisamente entre quienes ya han probado una parte de esa movilidad y creen que el siguiente salto está al alcance de la mano.

Ceuta como espejismo de movilidad

Lo ocurrido a finales de julio fue una crisis fronteriza, pero también un episodio de comportamiento colectivo acelerado por plataformas digitales. Decenas de miles de personas tomaron una decisión de enorme riesgo en un intervalo muy corto porque percibieron que otros iguales a ellos habían descubierto una excepción en el sistema.

Los influencers añadieron algo decisivo: identificación. A pesar de las acusaciones tanto del gobierno español como del marroquí, no parece que los traficantes hayan hecho su agosto vendiendo flotadores a precio de yates de lujo.

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Pero si alguien con seguidores en redes, ropa de neopreno, teléfono y una vida aparentemente normal se lanza al agua y aparece después en territorio español, la frontera deja de parecer una barrera abstracta y se convierte en una oportunidad replicable.

Por eso Wafae Atid es un personaje más útil para entender la crisis. Su historia apunta a una generación para la que migrar puede ser una estrategia de ascenso, autonomía o reinvención incluso cuando existe un cierto capital social de partida.

O también puede ser una caradura con deseo de atención que se está aprovechando de una crisis en la que sí hay víctimas reales. Y en tal caso, es comprensible que la audiencia la juzgue.

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