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La misteriosa desaparición de los gusanos zombis del Pacífico: implica una "pérdida potencial de especies"

La misteriosa desaparición de los gusanos zombis del Pacífico: implica una "pérdida potencial de especies"
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Un análisis de huesos de ballenas en las profundidades del océano no halla rastro de esta especie, vital para el equilibrio de los ecosistemas marinos. Más información: El esqueleto de ballena que escondía una cápsula del tiempo

Una hembra de gusano del género 'Osedax'. Proceedings of the Royal Society B.

Ciencia La misteriosa desaparición de los gusanos zombis del Pacífico: implica una "pérdida potencial de especies"

Un análisis de huesos de ballenas en las profundidades del océano no halla rastro de esta especie, vital para el equilibrio de los ecosistemas marinos.

Más información: El esqueleto de ballena que escondía una cápsula del tiempo

Publicada 5 enero 2026 03:34h

Las claves nuevo Generado con IA

Un experimento en el fondo del Pacífico no detecta gusanos Osedax ('gusanos zombi') tras 10 años de observación en huesos de ballena.

La ausencia de Osedax se asocia a bajos niveles de oxígeno en Barkley Canyon, lo que impide su colonización y afecta la sucesión ecológica habitual.

La expansión de zonas de mínimo oxígeno, relacionada con el calentamiento global, amenaza la biodiversidad y la conectividad entre hábitats profundos.

Otros ingenieros del ecosistema, como el bivalvo Xylophaga, también muestran una menor actividad en estas condiciones, ralentizando la descomposición de materia orgánica.

En lo más profundo del Pacífico, frente a la costa de la Columbia Británica, hay un experimento que parece escrito por un guionista con mala idea: bajar huesos de ballena al abismo, encender una cámara y esperar a que la naturaleza haga lo de siempre.

Lo habitual, en el mundo de los whale falls —los cadáveres de grandes cetáceos que se hunden y se convierten en banquetes para la fauna profunda— es que la escena evolucione rápido: llegan carroñeros, aparecen especialistas y, con el tiempo, el esqueleto se transforma en un pequeño archipiélago de vida. Esta vez, sin embargo, falta una pieza clave. Diez años de vigilancia y ni rastro de los gusanos zombi.

El animal ausente tiene nombre de película y biología de ciencia ficción: Osedax, el 'devorador de huesos'.

Fue descrito en 2004 y desde entonces se ha convertido en símbolo de lo extraño que puede ser el océano profundo: las hembras perforan huesos con estructuras parecidas a raíces; los machos, diminutos, viven asociados a ellas; y, lo más desconcertante, no hay boca ni intestino que valga.

Su nutrición depende de microbios simbiontes que trabajan dentro de esas 'raíces', descomponiendo lípidos y proteínas atrapados en la matriz ósea. Donde Osedax se instala, el esqueleto deja de ser una reliquia y pasa a ser un recurso accesible para más especies.

Por eso el silencio preocupa. Un equipo de científicos colocó huesos de ballena jorobada en Barkley Canyon y los siguió con instrumentación de observatorio: sensores oceanográficos y vídeo de alta resolución conectados a la red NEPTUNE.

En términos científicos, lo ocurrido es un resultado negativo de libro: no es que hayan visto pocos individuos; es que, tras años de observación, no hay señales de colonización.

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Barkley Canyon no es un punto cualquiera del mapa. Está dentro de una zona de mínimo oxígeno (OMZ) natural: una franja donde el oxígeno disuelto cae a niveles que ponen a prueba la fisiología de muchos animales.

En el trabajo científico asociado al proyecto, el propio equipo sitúa el experimento alrededor de los 890 metros y señala concentraciones medias de oxígeno en el fondo por debajo de umbrales de hipoxia severa (con valores del orden de 0,22–0,33 ml/L en esa franja), justo el tipo de condición que puede frenar la sucesión ecológica típica sobre huesos y madera.

La hipótesis central es directa: el oxígeno —o su ausencia persistente— está cerrando la puerta a los ingenieros del ecosistema.

Para entender por qué eso importa, hay que mirar el whale fall como lo que es: una descarga masiva de energía en un desierto. Las caídas de ballena aportan materia orgánica y, sobre todo, reservas lipídicas en el esqueleto capaces de sostener comunidades durante años.

Desde hace décadas se describen etapas de sucesión (carroñeros móviles, oportunistas del enriquecimiento, ensamblajes ligados a química del sulfuro, etc.) y un fenómeno clave: cada carcasa funciona como hábitat-isla, con especies muy especializadas.

Cuando uno de los autores del estudio dice que son "casi como islas" y "escalones" para especialistas del hueso, está invocando una idea clásica en ecología marina profunda: conectividad a saltos entre parches raros y distantes.

Osedax encaja ahí como pieza de arranque. Al perforar y reacondicionar el hueso, abre microhábitats y acelera el reciclaje de nutrientes. Si ese proceso no empieza, parte de la riqueza queda literalmente encerrada.

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El equipo advierte de una consecuencia que suena abstracta hasta que la imaginas: si los lugares adecuados para asentarse desaparecen o se vuelven hostiles, las larvas —capaces de viajar grandes distancias— pierden escalas intermedias.

En palabras de los científicos encargados del experimento, el riesgo es la "pérdida potencial de especies" a escala regional, por ruptura de la conectividad entre estas islas biológicas.

Y no es solo cuestión de gusanos. En el mismo sistema, otro 'ingeniero' aparece tocado: Xylophaga, un bivalvo perforador de madera que convierte troncos hundidos en auténticos bloques de pisos para invertebrados.

En Barkley Canyon sí se detecta, pero a tasas de colonización mucho más bajas que en aguas profundas mejor oxigenadas. Eso implica una descomposición de carbono más lenta y menos galerías disponibles para otras especies.

Craig Smith, uno de los autores, lo resumió sin rodeos: la expansión de las OMZ, asociada al calentamiento del océano, sería "mala noticia" para estos ecosistemas de ballenas caídas y de madera en el margen del noreste del Pacífico.

El mar pierde oxígeno

Lo inquietante es que esta historia local encaja en una tendencia global bien documentada: el océano está perdiendo oxígeno.

Una de las estimaciones más citadas concluye que el inventario global de oxígeno oceánico ha caído en torno a un 2% desde 1960, con grandes diferencias por cuencas y profundidades.

Y revisiones amplias señalan que el calentamiento reduce la solubilidad del oxígeno, altera la ventilación y refuerza la estratificación, mientras el consumo biológico hace el resto.

Si las OMZ se intensifican o se ensanchan, más whale falls podrían caer dentro de aguas crónicamente hipóxicas. No haría falta una catástrofe puntual: bastaría una reducción continua del éxito de asentamiento, año tras año, para adelgazar poblaciones y diversidad. Es el tipo de erosión lenta que cuesta ver sin observaciones temporales largas, de ahí la importancia de este nuevo trabajo.

Aun así, la ciencia avanza con cautela. El propio comunicado del equipo señala datos preliminares de otro emplazamiento de NEPTUNE y un nuevo whale fall bajo seguimiento en Clayoquot Slope: si el patrón se repite, el argumento ganará fuerza y el ecosistema marino puede estar en peligro.

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