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La muerte de Raúl del Pozo vista por él mismo a través del entierro de su maestro Ruano

La muerte de Raúl del Pozo vista por él mismo a través del entierro de su maestro Ruano
Artículo Completo 1,886 palabras

Raúl del Pozo, periodista y escritor.

Columnas OBITUARIO La muerte de Raúl del Pozo vista por él mismo a través del entierro de su maestro Ruano Publicada 12 marzo 2026 02:50h

Viene Raúl del Pozo, que ha dejado Cuenca y está en la conquista de la Puerta del Sol.

César González-Ruano, en su Diario íntimo

A César González-Ruano lo velaron como a los reyes. Postrado en el suelo de su casa de la calle Ríos Rosas, esa que hacía pared con la de Cela. Contaba el Nobel que aquella tarde no pudo dormir la siesta porque lo oía morirse.

Amigos, admiradores y desconocidos fueron subiendo al piso para despedirse del César. Y Raúl del Pozo, que había perseguido a aquel hombre por los cafés de Cuenca como sólo se persiguen los sueños, no subió.

Me lo dijo Raúl una de las últimas veces que nos vimos: "No. Yo no subí. No me gusta ver a los muertos. El próximo entierro al que vaya será el mío". A Umbral, le hizo un obituario a la altura de los dos, la de Raúl y la de Paco, pero no lo despidió al borde de la tierra.

Raúl no subió a ver el cadáver de César, que dejó instrucciones para que no se le fotografiara muerto. Escuché a Raúl una vez: "Si no recuerdo mal, casi acaban a golpes el hijo de Ruano y el fotógrafo de Pueblo, que estaba como loco por disparar".

Al salir de su capilla ardiente, he recordado que tenía en una libreta las notas de algunas conversaciones con Raúl acerca de César. Siempre le pregunté un montón a Raúl por César. Porque ahí estaba el momento fundacional del columnismo, pero también el nacimiento de Raúl del Pozo. Otro mito, otro muerto.

César González-Ruano, Francisco Umbral, Raúl del Pozo, David Gistau. El árbol genealógico.

Por culpa de Umbral, se hizo famosa una frase que dijo Raúl el día del entierro de Ruano. Debió de ser en el cortejo, porque Raúl no subió a la casa de Ríos Rosas: "Joder, Paco, y pensar que no lo pasaremos tan bien hasta el entierro de Azorín".

Raúl –eso le habría hecho una enorme ilusión– está teniendo una capilla ardiente, un final, igual o más divertido que el de Ruano. Están todas sus anécdotas inundando los periódicos. He guardado el especial de El Mundo en mi Noche de tahúres dedicada, para que algún día lo encuentren mis hijos.

Y me he puesto a escribir con las palabras de su hermano Ángel Luis en la cabeza, que me ha susurrado al oído, a pocos metros del féretro: "Raúl está deseando que nos vayamos a beber, a brindar, a pasarlo de puta madre".

Para pasarlo bien, recupero las notas de las conversaciones con Raúl sobre Ruano. Porque una muerte lleva a otra muerte. Porque con una y otra muerte los chavales –en 1965 y 2026– lo hemos pasado en grande. Con los ojos como un vidrio a punto de estallar, pero con la carcajada prendida del corazón. El programa de Alsina, donde Raúl hacía la radio, parecía un festival del humor.

"Yo quería ser escritor desde siempre", veo que me dijo Raúl. No quiso ser soldado, astronauta ni futbolista. Escritor. Casi desde el principio, poco después de ir a la escuela por aquellos caminos en los que la Guardia Civil y los maquis le regalaban onzas de chocolate. Con los dedos manchados de tinta en la biblioteca municipal.

"César fue el primero que me trató bien. El primero que me trató como a un escritor". González-Ruano ya era una estrella. Tenía su leyenda negra, pero provocaba el asedio de multitudes en las ciudades que visitaba. Se había recuperado del alcoholismo, de la cárcel de Cherche Midi, y volvía a ser grande. Ya ni siquiera se sujetaba una mano con la otra para poder escribir.

Le gustaba mucho Cuenca –la ciudad levítica y natal de Raúl–, donde el alcalde le había regalado un palacio que había abarrotado de antigüedades. Estando allí, escribía en el Café Colón. Y apareció Raúl. Apareció tal cual y se puede seguir el rastro de esos días de finales de los cincuenta y principios de los sesenta en el Diario íntimo de Ruano.

–¿Qué veías en él, Raúl?

–Esos dedos entre el amarillo y el marrón por culpa del tabaco. Y las moscas subiéndole por las manos. El café, el recado de escribir.

–¿Vuestra primera conversación?

–Los chavales íbamos allí a verlo escribir, pero también a jugarnos a los dados lo poco que teníamos. El dueño del café nos decía: "Manejad con cuidado los cubiletes; don César está escribiendo". Agitábamos los dados con mucho cuidado. Un día me dijo César: "Gracias por el respeto. ¿Quiere usted comer conmigo?".

Ese impacto, esa impresión que sintió Raúl con la propuesta de Ruano, debió de ser muy parecida a lo que tantos hemos sentido con Raúl del Pozo. ¿Cómo podía resultar tan accesible compartir mantel y confidencias con el columnista más consagrado? Pero así fue César y así ha sido Raúl. Hasta el final.

"Yo no era nadie y me trataba como si fuera un premio Nobel", me dijo Raúl. Una frase que podríamos repetir todos los que hemos rodeado el ataúd en la mañana de este miércoles. De los más mayores a los más chavales.

Para Raúl del Pozo, ver a César González-Ruano escribiendo era como "ver al Rey": "Tenéis que entenderlo. César era el Rey. Lo perseguí desde chaval como una especie de súper héroe, de cowboy". Jorge Bustos y yo, desde el otro lado del mantel, ese mediodía, mirábamos a Raúl como a un Rey.

Ahora que se ha muerto Raúl y que releo estas notas, me escalofría zambullirme en los paralelismos. Raúl, que al contrario que Umbral o Cela jamás fue vanidoso, decía: "César era un golfo total que no creía en nada más que en el oficio. Bueno, creía en la amistad. Tenía un gran sentido de la amistad".

Raúl del Pozo también era así, pero habría que añadirle la condición de demócrata que no tuvo César porque la Democracia no existía. La transversalidad –perdóname, Raúl, por tan fea palabra– que ha rodeado su cuerpo muerto da cuenta de ese carácter radicalmente democrático, siempre dispuesto al desempate honorable, a la diferencia educada... y socarrona.

Raúl hacía mucho más ejercicio que César. Igual que llevaba la cabellera blanca de Alberti, llevaba cosido el poema de Alberti: "¡A galopar! ¡A galopar!". Pese a tanto galope, pese a tanta cama redonda, Raúl escribió novelas además de columnas. Una vez le escuché bromear: "Si no hubiera follado tanto, habría peleado por el Nobel".

Qué guapo era el cabrón. Coqueto. Mucho más que César. Mucho más fotogénico que Umbral. Paco le hizo a Raúl algunas putadas, como hacer correr el bulo de que, tras una noche con la duquesa en el Palacio de Liria, había llamado a su padre desde una cabina para contárselo. Era mentira. Lo de la cabina, no lo del romance con la duquesa.

Y Raúl, una vez, se vengó de Paco. Le dijo –sabiendo que su vanidad haría el resto– que, si hablaba bien de Rajoy en sus columnas, el presidente podría interceder por él para el Nobel. Y Umbral, que no era de Rajoy, empezó a halagarlo. Raúl se partía de risa.

Ruano, me dijo Raúl, no cabalgó. Era voyeur. Le gustaba mirar por el ojo de la cerradura cómo algunos chavales se acostaban con su mujer. Esto me pidió Raúl que no lo pusiera en su boca, pero finalmente aceptó que lo hiciera porque le conté que ya lo había explicado incluso Marina, la hija del César.

"Vengo de Benidorm. Allí, lo que excita es ver a las mujeres vestidas", leo en la libreta que le dijo César a Raúl.

Igual que César, Raúl era estraperlista. "Todos lo éramos. Yo también debí mucho dinero a un sastre y fue una de las experiencias más duras de mi vida; una tragedia de juventud". Solo que Ruano, teniendo dinero, no pagaba.

"La peor gente que he conocido en mi vida... han sido periodistas. Eso que dice Kapuscinski de que para ser periodista hay que ser buena persona... Es una gilipollez. Para ser periodista, en ocasiones, hay que ser un hijo de puta. Los periodistas de mi tiempo eran hijos de puta caballerosos. Hoy... hoy sois encantadores, pero no mataríais por una noticia", me dijo.

Raúl no era un nostálgico. Del mismo modo, reconocía que el periodismo de ahora era mejor en muchas otras cosas. Perdía en literatura, pero ganaba en verdad. Y él combinaba las dos cosas. Gastando suela con su metáfora tremendista.

"¡Algunas de las mejores crónicas de guerra de mi época se hacían desde la redacción en Madrid! Se sentaba uno y empezaba a escribir... 'Atardece en Vietnam. Un soldado americano tiene a una prostituta muerta en las piernas'. ¡Una crónica buenísima! Pero todo mentira, claro. Mi compañero Felipe Mellizo escribía el frente desde El Escorial, donde se fundía el dinero. Eran otros tiempos", contaba Raúl.

Raúl fue de ese tiempo y de este. Porque siempre tuvo un oído en el ruido de la calle. Aunando lo mejor de todas las décadas que iban resbalando por él.

"¡No cuentes lo de Greta Garbo hasta que me muera!".

Se fue con Juana Viarnés, una fotógrafa sensacional, a la busca de Greta Garbo. No la encontraban y se habían gastado mucho dinero en dietas. En vivir. Entonces, cuando el tiempo se acababa, le dijo Raúl a Juana: "Enséñame a disparar esto. Ponte estas gafas de sol y disimula entre los matorrales. Hemos encontrado a la Garbo".

Eso lo habría hecho también Ruano.

Y aprender, Raúl, que uno se puede reír a carcajadas el día que la muerte se ha llevado a alguien que amas. Al César lo que es del César. Y a Raúl, todos sus goles.

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