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La nueva geopolítica del poder: la seguridad nacional desplaza a la economía

La nueva geopolítica del poder: la seguridad nacional desplaza a la economía
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OPINIÓNLa nueva geopolítica del poder: la seguridad nacional desplaza a la economía
  • IGNACIO FUERTES CIO y Socio de Miraltabank
13 MAR. 2026 - 10:55

Existe una expresión militar acuñada durante la invasión de Irak en 2003 que resume con precisión brutal la estrategia que Estados Unidos parece haber recuperado: "shock and awe" (conmoción y pavor). Su lógica es sencilla: saturar al adversario con una demostración de fuerza tan abrumadora que su voluntad de resistencia quede paralizada antes de que la batalla haya comenzado. Lo llamativo es que esa misma doctrina, concebida para el campo de batalla, parece haber encontrado una segunda vida en la arena geopolítica y comercial de la Administración Trump. Y los mercados financieros, acostumbrados a leer el mundo en clave de ciclos económicos y tipos de interés, se enfrentan ahora a un escenario para el que sus modelos habituales no estaban diseñados.

Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, la sucesión de acontecimientos podría leerse como una serie de episodios inconexos: la presión sobre el Canal de Panamá, el llamado Liberation Day arancelario, la escalada sobre Venezuela y Cuba o la reanudación de la campaña de presión máxima contra Irán, con el cierre del estrecho de Ormuz como último eslabón de esa cadena. Sin embargo, esa dispersión es solo aparente. Todos estos movimientos obedecen a una misma lógica: acumular palancas de negociación frente a China antes de que comience la siguiente fase del gran reajuste global.

La clave geopolítica está en Oriente Medio, como tantas veces a lo largo de la historia contemporánea. China sigue siendo estructuralmente dependiente del exterior para abastecerse de energía. Importa en yuanes una parte considerable de su crudo —a precios muy favorables desde Rusia e Irán—, aunque también se surte del conjunto de los países del Golfo Pérsico. Esa dependencia no es sólo energética: es logística, financiera y estratégica. Cualquier perturbación prolongada del tránsito por Ormuz no solo encarece la factura energética de Pekín, sino que agrava su vulnerabilidad industrial y erosiona su margen de maniobra en la mesa de negociación.

En este contexto cobra pleno sentido la lectura de fondo: Washington no persigue únicamente corregir desequilibrios comerciales, sino llegar a la próxima ronda negociadora con China desde una posición de máxima fortaleza. El acuerdo alcanzado entre ambas potencias en mayo de 2025 supuso una desescalada parcial de los aranceles, y el entendimiento posterior en Corea del Sur, en noviembre de ese mismo año, prolongó la suspensión de las medidas más duras y restableció determinados flujos estratégicos, incluidas las tierras raras. Precisamente por ello, Estados Unidos parece decidido a no volver a sentarse a la mesa sin haber reforzado antes sus cartas.

La dimensión monetaria de este conflicto no debe subestimarse. En esta nueva era neomercantilista, el comercio, la energía y la moneda convergen de un modo que no veíamos desde la Guerra Fría. Tras la sacudida arancelaria del Liberation Day, la siguiente fase de la estrategia estadounidense podría ir más allá de la simple reducción del déficit bilateral: una parte de esa corrección podría venir de sustituir gradualmente las compras chinas de crudo ruso o del Golfo por petróleo estadounidense, denominado y pagado en dólares. Esa maniobra reforzaría simultáneamente la balanza comercial de Estados Unidos, su industria energética y el papel del dólar como moneda de reserva global. Una trinidad que difícilmente obedece al azar.

Todo esto sucede, además, cuando China acaba de fijar para 2026 su objetivo de crecimiento más bajo desde 1991, con una horquilla del 4,5 % al 5%. El mensaje implícito es significativo: Pekín asume una etapa de menor dinamismo y trata de reequilibrar gradualmente su modelo económico, impulsando el consumo interno sin renunciar a la autosuficiencia industrial y tecnológica. En otras palabras, China también se está preparando para un mundo más hostil, aunque lo hace desde dentro hacia afuera, mientras Washington lo hace desde fuera hacia adentro.

Para que esta estrategia tenga sentido político en casa, Trump necesita resultados tangibles. Regresó al poder con un electorado que exigía menos inflación, energía más barata, mercados más fuertes y menor implicación exterior. Cualquier endurecimiento en el frente geopolítico debe traducirse, antes o después, en condiciones energéticas y comerciales más ventajosas para el ciudadano medio. Sin esa recompensa concreta —sumada a las previstas rebajas fiscales, las bajadas de tipos y la desregulación—, la estrategia pierde sustento político interno. La geopolítica agresiva, en este caso, no es un fin en sí misma: es el medio para una negociación que todavía no ha llegado a su fase decisiva.

Nuevo paradigma estructural

Más allá de los avatares de corto plazo, y con independencia de cuándo y cómo se resuelva la actual tensión en Ormuz, lo que está tomando forma es un nuevo paradigma estructural con tres vectores bien definidos. El primero es la reindustrialización de Occidente, impulsada no por eficiencia sino por seguridad económica. El segundo es la reasignación progresiva de capital desde activos estadounidenses hacia geografías con valoraciones relativas más atractivas, marcos fiscales menos tensionados y dotación de recursos naturales críticos. El tercero es el proceso de ajuste real de la deuda en las economías avanzadas, en un entorno en que la disciplina monetaria cede gradualmente espacio a políticas fiscales y monetarias más expansivas, conforme los Estados recuperan el protagonismo que habían cedido al mercado.

Ese es, en última instancia, el verdadero mensaje de fondo: el mundo ha entrado en una fase en la que las grandes potencias ya no compiten solo por crecimiento o eficiencia, sino por control, influencia, autonomía estratégica y capacidad de coerción. En ese nuevo orden, la seguridad nacional pesa más que la maximización inmediata del beneficio empresarial, y los Gobiernos seguirán ampliando su presencia en la economía, reforzando su control sobre el comercio, los recursos, la tecnología y las cadenas de suministro.

Para el inversor, este cambio de régimen no es una hipótesis de cola: es el escenario central. Gestionar el riesgo geopolítico, comprender el entorno regulatorio, identificar dependencias críticas y distinguir entre sectores favorecidos y sectores vulnerables dejará de ser una ventaja comparativa para convertirse en una condición de supervivencia. En un mundo más fragmentado, más politizado y más volátil, los eventos de alto riesgo han dejado de ser excepciones. Son, sencillamente, la norma.

Ignacio Fuertes, CIO y Socio de Miraltabank

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Fuente original: Leer en Expansión
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