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La paradoja del 'Gorpcore': mientras la ciudad se llena de botas ultratécnicas, la gran tendencia en la montaña es ir descalzo

La paradoja del 'Gorpcore': mientras la ciudad se llena de botas ultratécnicas, la gran tendencia en la montaña es ir descalzo
Artículo Completo 1,347 palabras
Es sábado por la mañana en el centro de cualquier gran ciudad. En las cafeterías de especialidad, entre flat whites y pan de masa madre, desfila un ejército urbano equipado para sobrevivir a una ventisca en los Alpes. Hablamos de la fiebre del Gorpcore: chaquetas técnicas impermeables y zapatillas de trail running ultra-reforzadas, diseñadas para devorar kilómetros de rocas, pero que hoy solo pisarán baldosas y asfalto. Sin embargo, a cientos de kilómetros de ese café, en los senderos reales donde esas zapatillas deberían estar manchándose, está ocurriendo exactamente lo contrario. Hemos llegado a la cúspide tecnológica del calzado outdoor, pero una ola creciente de puristas, aventureros y ancianos han decidido dar un paso evolutivo hacia atrás: quitarse las botas y sentir la tierra cruda. Sí, hay gente caminando descalza por el monte. La estampa de un montañero descalzo dejó de ser una rareza de ermitaños para convertirse en un movimiento global. Según The Guardian, Gen Blades, una investigadora australiana, relata que se encontraba recorriendo la ruta Namsan Dulle-gil de 147 kilómetros en Corea del Sur cuando el terreno cambió a un tramo de arcilla húmeda ("hwangto"). Ni corta ni perezosa, se descalzó. Describió el tacto del barro rezumando entre los dedos como algo "revitalizante, como un masaje". No hace falta irse a Asia para encontrar a estos devotos del pie desnudo. En Australia, Dale Noppers, de 37 años, organiza rutas de hasta siete horas por el Parque Nacional Serpentine pisando barro, gravilla y rocas. Confiesa que la experiencia le hace sentir "bastante primitivo" y asegura que, pese al riesgo de pisar insectos o cristales, las plantas de sus pies están tan suaves que "parece que se hayan hecho una pedicura". Para Uralla Luscombe-Pedro, de 32 años, que ha caminado cientos de kilómetros por la costa salvaje australiana, los pies son "órganos sensoriales". Tras semanas caminando así, asegura sentirse como un animal más magro y concluye que nuestro hábitat humano moderno de cemento es "extrañamente aburrido" en comparación. En Xataka "Recuperar" durante el fin de semana lo que no has podido dormir de lunes a viernes suena bien. La realidad es más compleja Esto no es nuevo, pero se ha descontrolado. Europa lleva décadas coqueteando con esta idea a través de los Barfußpark o Parques Descalzos. La organización medioambiental alemana NABU documenta unos 50 de estos recintos en Alemania, siendo el de Bad Sobernheim (abierto en 1992) uno de los pioneros. Un ejemplo Un ejemplo de su magnitud es el parque de Egestorf, que cuenta con casi 3 kilómetros y más de 60 estaciones donde los visitantes pisan sobre piñas, arena fina, agua de manantial y barro profundo. Pero si en Europa es una actividad recreativa, en Corea del Sur es una auténtica locura institucional. El 68,7% de los 243 gobiernos locales del país cuentan con ordenanzas para fomentar el senderismo descalzo. La ciudad de Seongnam invirtió 3.450 millones de wones (unos 2,7 millones de dólares) en construir seis pistas de arcilla roja y presupuestó otros 3.500 millones para 2024. El sector privado no se queda atrás: la empresa de licores Sun Yang Soju construyó una pista de 14,5 kilómetros y dona 800.000 dólares anuales para su mantenimiento. La obsesión es tal que se están construyendo caminos en invernaderos para usarlos en invierno. Lamentablemente, la masificación ya causa estragos ecológicos, como la degradación del ecosistema en las marismas de humedales como Sorae, en Incheon. La pregunta clave: ¿por qué? Los defensores de esta práctica dividen sus argumentos en dos grandes bloques: la mecánica del cuerpo y la "magia" de la tierra. Por un lado, los defensores mecánicos apuntan a la salud física. Sin zapatos, el cuerpo se ajusta constantemente, mejorando la coordinación y el equilibrio. Se activan pequeños músculos olvidados y se benefician los 28 huesos, 20 músculos y más de 100 tendones del pie. Además, al ir descalzo en terreno irregular, solemos abandonar el aterrizaje con el talón y pasamos a pisar con la bola del pie (metatarso). Esto reduce el impacto, aunque requiere un 53% más de energía, convirtiendo el paseo en un entrenamiento intenso. Por otro lado, está el fenómeno del "Earthing" (conexión a tierra). Hay estudios que sugieren que este contacto directo neutraliza los radicales libres causantes del envejecimiento, reduce la viscosidad sanguínea y mejora la variabilidad del ritmo cardíaco. Atraídos por estos supuestos beneficios, pacientes en Corea aseguran que la práctica ha reducido sus niveles de azúcar en sangre, aliviado el insomnio e incluso curado el cáncer. La ciencia pisa el freno. Los podólogos aplauden la libertad del pie, pero con matices. El Dr. George Murley advierte en The Guardian que hay que tratar esta transición "casi como una sesión de gimnasio para tus pies" y hacerlo de forma progresiva. Alejandro Martínez, podólogo experto, explica en Men's Health Magazine que "un pie sano como mejor funciona es en condición descalzo". Sin embargo, ante las curas milagrosas, la comunidad médica saca las garras. El Dr. Steven Novella, neurólogo de la Facultad de Medicina de Yale, tilda el "earthing" de pseudociencia que carece de sentido físico, denunciando que muchos de los estudios están mal diseñados y financiados por empresas del sector. La oncóloga Ahn Hee-kyung es contundente sobre los riesgos: caminar descalzo expone a pacientes vulnerables o inmunodeprimidos a infecciones bacterianas potencialmente letales, como el estafilococo o el tétanos, a través de pequeñas grietas en la piel. Como resultado, los hospitales reportan un aumento de fascitis plantar y celulitis por estas caminatas imprudentes, y muchos doctores atribuyen gran parte de las supuestas "curas" a un fuerte efecto placebo potenciado por el entorno. La alternativa que une mundos: El calzado "Barefoot". Para quienes buscan biomecánica sin tétanos, la industria ha perfeccionado el calzado barefoot (o respetuoso). Se trata de zapatos con "drop cero" (sin tacón), una horma ancha que no comprime los dedos y una suela extrafina. Marcas como Xero Shoes, leguano, Groundies o Freet dominan el nicho, y hasta Zara ha lanzado su propia línea. Su eficacia en terrenos hostiles está probada: el viajero Matouš Vinš logró escalar los 5.000 metros del Monte Kenia en África con calzado minimalista, superando el reto sin problemas mientras sus compañeros de pesadas botas sufrían ampollas. Del mismo modo, la aventurera Viktorka Hlaváčková asegura ser más rápida en terrenos exigentes gracias a estas zapatillas, y subraya que sus pies mantienen una gran circulación sanguínea incluso bajo cero. La paradoja de la amortiguación. Resulta revelador que, en el momento de mayor hipertecnificación de la industria del calzado outdoor, el fenómeno más llamativo consista en dejar los zapatos en casa. Mientras el asfalto de las ciudades absorbe millones de zapatillas diseñadas para el alpinismo extremo, la montaña real asiste a una desescalada impulsada a partes iguales por la biomecánica, la industria del calzado minimalista y el fervor surcoreano. Al final, el debate que se abre paso en los senderos no gira en torno a qué nueva tecnología dominará la próxima temporada, sino sobre si el futuro del montañismo pasa, irónicamente, por volver a tocar el suelo. Imagen | Freepik Xataka | Caminar casi descalzo es la nueva tendencia de bienestar: así ha llegado el barefoot a todas partes - La noticia La paradoja del 'Gorpcore': mientras la ciudad se llena de botas ultratécnicas, la gran tendencia en la montaña es ir descalzo fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .
La paradoja del 'Gorpcore': mientras la ciudad se llena de botas ultratécnicas, la gran tendencia en la montaña es ir descalzo
  • El movimiento Earthing arrasa prometiendo curas milagrosas, pero los médicos alertan del riesgo de infecciones letales

  • Mientras las marcas diseñan zapatillas con suelas sobredimensionadas, una ola de puristas busca los beneficios biomecánicos de pisar la tierra descalzos

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Alba Otero

Editora - Energía

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Es sábado por la mañana en el centro de cualquier gran ciudad. En las cafeterías de especialidad, entre flat whites y pan de masa madre, desfila un ejército urbano equipado para sobrevivir a una ventisca en los Alpes. Hablamos de la fiebre del Gorpcore: chaquetas técnicas impermeables y zapatillas de trail running ultra-reforzadas, diseñadas para devorar kilómetros de rocas, pero que hoy solo pisarán baldosas y asfalto.

Sin embargo, a cientos de kilómetros de ese café, en los senderos reales donde esas zapatillas deberían estar manchándose, está ocurriendo exactamente lo contrario. Hemos llegado a la cúspide tecnológica del calzado outdoor, pero una ola creciente de puristas, aventureros y ancianos han decidido dar un paso evolutivo hacia atrás: quitarse las botas y sentir la tierra cruda.

Sí, hay gente caminando descalza por el monte. La estampa de un montañero descalzo dejó de ser una rareza de ermitaños para convertirse en un movimiento global. Según The Guardian, Gen Blades, una investigadora australiana, relata que se encontraba recorriendo la ruta Namsan Dulle-gil de 147 kilómetros en Corea del Sur cuando el terreno cambió a un tramo de arcilla húmeda ("hwangto"). Ni corta ni perezosa, se descalzó. Describió el tacto del barro rezumando entre los dedos como algo "revitalizante, como un masaje".

No hace falta irse a Asia para encontrar a estos devotos del pie desnudo. En Australia, Dale Noppers, de 37 años, organiza rutas de hasta siete horas por el Parque Nacional Serpentine pisando barro, gravilla y rocas. Confiesa que la experiencia le hace sentir "bastante primitivo" y asegura que, pese al riesgo de pisar insectos o cristales, las plantas de sus pies están tan suaves que "parece que se hayan hecho una pedicura". Para Uralla Luscombe-Pedro, de 32 años, que ha caminado cientos de kilómetros por la costa salvaje australiana, los pies son "órganos sensoriales". Tras semanas caminando así, asegura sentirse como un animal más magro y concluye que nuestro hábitat humano moderno de cemento es "extrañamente aburrido" en comparación.

En Xataka"Recuperar" durante el fin de semana lo que no has podido dormir de lunes a viernes suena bien. La realidad es más compleja

Esto no es nuevo, pero se ha descontrolado. Europa lleva décadas coqueteando con esta idea a través de los Barfußpark o Parques Descalzos. La organización medioambiental alemana NABUdocumenta unos 50 de estos recintos en Alemania, siendo el de Bad Sobernheim (abierto en 1992) uno de los pioneros. Un ejemplo Un ejemplo de su magnitud es el parque de Egestorf, que cuenta con casi 3 kilómetros y más de 60 estaciones donde los visitantes pisan sobre piñas, arena fina, agua de manantial y barro profundo.

Pero si en Europa es una actividad recreativa, en Corea del Sur es una auténtica locura institucional. El 68,7% de los 243 gobiernos locales del país cuentan con ordenanzas para fomentar el senderismo descalzo. La ciudad de Seongnam invirtió 3.450 millones de wones (unos 2,7 millones de dólares) en construir seis pistas de arcilla roja y presupuestó otros 3.500 millones para 2024. El sector privado no se queda atrás: la empresa de licores Sun Yang Soju construyó una pista de 14,5 kilómetros y dona 800.000 dólares anuales para su mantenimiento. La obsesión es tal que se están construyendo caminos en invernaderos para usarlos en invierno. Lamentablemente, la masificación ya causa estragos ecológicos, como la degradación del ecosistema en las marismas de humedales como Sorae, en Incheon.

La pregunta clave: ¿por qué? Los defensores de esta práctica dividen sus argumentos en dos grandes bloques: la mecánica del cuerpo y la "magia" de la tierra. Por un lado, los defensores mecánicos apuntan a la salud física. Sin zapatos, el cuerpo se ajusta constantemente, mejorando la coordinación y el equilibrio. Se activan pequeños músculos olvidados y se benefician los 28 huesos, 20 músculos y más de 100 tendones del pie. Además, al ir descalzo en terreno irregular, solemos abandonar el aterrizaje con el talón y pasamos a pisar con la bola del pie (metatarso). Esto reduce el impacto, aunque requiere un 53% más de energía, convirtiendo el paseo en un entrenamiento intenso.

Por otro lado, está el fenómeno del "Earthing" (conexión a tierra). Hay estudios que sugieren que este contacto directo neutraliza los radicales libres causantes del envejecimiento, reduce la viscosidad sanguínea y mejora la variabilidad del ritmo cardíaco. Atraídos por estos supuestos beneficios, pacientes en Corea aseguran que la práctica ha reducido sus niveles de azúcar en sangre, aliviado el insomnio e incluso curado el cáncer.

La ciencia pisa el freno. Los podólogos aplauden la libertad del pie, pero con matices. El Dr. George Murley advierte en The Guardian que hay que tratar esta transición "casi como una sesión de gimnasio para tus pies" y hacerlo de forma progresiva. Alejandro Martínez, podólogo experto, explica en Men's Health Magazine que "un pie sano como mejor funciona es en condición descalzo".

Sin embargo, ante las curas milagrosas, la comunidad médica saca las garras. El Dr. Steven Novella, neurólogo de la Facultad de Medicina de Yale, tilda el "earthing" de pseudociencia que carece de sentido físico, denunciando que muchos de los estudios están mal diseñados y financiados por empresas del sector. La oncóloga Ahn Hee-kyung es contundente sobre los riesgos: caminar descalzo expone a pacientes vulnerables o inmunodeprimidos a infecciones bacterianas potencialmente letales, como el estafilococo o el tétanos, a través de pequeñas grietas en la piel. Como resultado, los hospitales reportan un aumento de fascitis plantar y celulitis por estas caminatas imprudentes, y muchos doctores atribuyen gran parte de las supuestas "curas" a un fuerte efecto placebo potenciado por el entorno.

La alternativa que une mundos: El calzado "Barefoot". Para quienes buscan biomecánica sin tétanos, la industria ha perfeccionado el calzado barefoot (o respetuoso). Se trata de zapatos con "drop cero" (sin tacón), una horma ancha que no comprime los dedos y una suela extrafina. Marcas como Xero Shoes, leguano, Groundies o Freet dominan el nicho, y hasta Zara ha lanzado su propia línea.

Su eficacia en terrenos hostiles está probada: el viajero Matouš Vinš logró escalar los 5.000 metros del Monte Kenia en África con calzado minimalista, superando el reto sin problemas mientras sus compañeros de pesadas botas sufrían ampollas. Del mismo modo, la aventurera Viktorka Hlaváčková asegura ser más rápida en terrenos exigentes gracias a estas zapatillas, y subraya que sus pies mantienen una gran circulación sanguínea incluso bajo cero.

La paradoja de la amortiguación. Resulta revelador que, en el momento de mayor hipertecnificación de la industria del calzado outdoor, el fenómeno más llamativo consista en dejar los zapatos en casa. Mientras el asfalto de las ciudades absorbe millones de zapatillas diseñadas para el alpinismo extremo, la montaña real asiste a una desescalada impulsada a partes iguales por la biomecánica, la industria del calzado minimalista y el fervor surcoreano. Al final, el debate que se abre paso en los senderos no gira en torno a qué nueva tecnología dominará la próxima temporada, sino sobre si el futuro del montañismo pasa, irónicamente, por volver a tocar el suelo.

Imagen | Freepik

Xataka | Caminar casi descalzo es la nueva tendencia de bienestar: así ha llegado el barefoot a todas partes

Fuente original: Leer en Xataka
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