- IÑAKI GARAY Y JUAN LUIS LÓPEZ CARDENETE
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Si el nuevo modelo se impone finalmente, el conflicto habrá hecho que las normas que rigen el comercio mundial por el mar sean modificadas de raíz y, con ellas, los equilibrios de poder. Además, constituiría un precedente para las aspiraciones rusas y chinas en otras latitudes.
Vista desde el cielo, la navegación en los mares se asemejaría a la sangre desplazándose por las venas y arterias de un cuerpo, tal como la puede ver cualquiera a través de un ecógrafo. El movimiento en ambos casos refleja actividad, pero sobre todo es sinónimo de vida y progreso. Los satélites que orbitan a una distancia de la tierra de entre 160 y 1.500 kilómetros van registrando el tránsito de los cargueros y eso permite a alguien calcular la salud de la economía mundial. El Baltic Dry Index mide el coste medio del transporte de materias primas en las 26 principales rutas marítimas internacionales y cualquier brusca oscilación causa en quienes observan las pantallas la misma tensión que una alarma de tsunami en la costa.
Es verdad que el memorándum de entendimiento alcanzado entre Estados Unidos e Irán establece inicialmente que el estrecho de Ormuz, por el que circula el 20% del petróleo mundial, y otro porcentaje similar del gas licuado, no tendrá peajes durante 60 días, pero ambos países abren la puerta a un arreglo más amplio y duradero sobre esa ruta en la que no se descarta que se puedan cobrar tasas de paso a cualquier buque que quiera atravesarla por supuestos servicios de asistencia a la navegación y administración del tráfico. En este sentido, Irán ha ofrecido a Omán que la supervisión sea compartida. Si ese nuevo modelo se impone finalmente, y cada vez estamos más cerca de que suceda sobre todo por la urgencia de Trump de poner fin a la guerra para que no le salpique en las elecciones de mitad de mandato en noviembre, el conflicto habrá hecho que las normas que rigen el comercio mundial por el mar sean modificadas de raíz y, con ellas, los equilibrios de poder. Además, constituiría un precedente para las aspiraciones rusas de ejercer control sobre la futura navegación por el Ártico, donde tiene un litoral de 24.000 km de costa. Otro tanto, para la ambición china de ejercer soberanía sobre el mar del Sur, donde viene construyendo de manera sistemática una barrera de islas artificiales militarizadas de delimitación con los países ribereños.
Precedentes
Hacía seis siglos que no se registraba una posibilidad de involución de tal nivel en la libertad de surcar los mares. Habría que remontarse hasta el siglo XV, concretamente al año 1453, cuando los turcos otomanos derrotaron al imperio bizantino y se hicieron con Constantinopla. En aquel momento se cerró la vía que unía el Mediterráneo y el Mar Negro, imponiendo tarifas, restringiendo el paso a los comerciantes europeos y castigando a la economía de importantes enclaves como Génova o Venecia. Paradójicamente, en aquella ocasión la suspensión de la Ruta de la Seda no supuso un revés irrecuperable para la globalización porque obligó a países como Portugal y España a explorar rutas alternativas para llegar hasta Asia, lo que provocó entre otras cosas el gran descubrimiento de América. Había ya antes otros antecedentes destacados sobre el control del mar. En los siglos XIII y XIV los nazaríes de Granada y los benimerines del Norte de África, junto con los castellanos, llegaron a acuerdos para controlar la navegación a través de Estrecho de Gibraltar. Los derechos de paso y la fiscalidad portuaria habrían contribuido, entre otras fuentes de financiación, en el siglo XIII, pero más en el siglo XIV cuando Granada alcanza su mayor esplendor, a la construcción en la Alhambra de los Palacios Nazaríes. De hecho, el término "tarifa" se relaciona, además de con la palabra árabe "ta'rif", con los derechos aduaneros que se cobraban a las mercancías que entraban o salían del puerto de Tarifa.
La idea de que los océanos podían surcarse libremente nació formalmente en el siglo XVII con la doctrina de la libertad de los mares, pero se trataba de una especie de principio histórico que no se trasladó a un marco jurídico hasta la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar en 1982. La obra Mare Liberum del jurista neerlandés Hugo Grocio fue clave para que la gran extensión de agua salada que cubre más de dos tercios del Planeta fuera considerada un bien común que debía ser usado libremente por todas las naciones. Claro está que Grocio tenía ya entonces, a principios del siglo XVII, una idea bastante ética de las relaciones internacionales, porque defendía sin matices que el derecho entre países debía basarse en la razón y en reglas y no en la fuerza.
Potencias
Como neerlandés era sin duda consciente de que su país no reunía el poder militar suficiente para enfrentarse abiertamente a potencias como España e Inglaterra, que seguían defendiendo la idea de mare clausum (mar cerrado) ante la potencia que exhibían sus armadas.
El régimen iraní ya ha demostrado que está dispuesto a usar la violencia masiva y la represión sobre su propio pueblo para perpetuarse. En este sentido, su capacidad de resistencia al dolor que le infligen desde el exterior Estados Unidos o Israel es incomparable. No ocurre lo mismo con Estados Unidos, donde cualquier presidente, incluido Donald Trump, sabe que el combate cuerpo a cuerpo que se requiere para conquistar territorios supone numerosas bajas que desgastan a cualquier líder democrático que tenga que medirse en las urnas. Le ocurrió a Lyndon B. Johnson en la guerra de Vietnam, a Jimmy Carter con la crisis de los rehenes en Irán, o al propio Bill Clinton con la muerte de soldados en Somalia.
En cada nación de Oriente Próximo los jóvenes mueren o matan sin apenas consecuencias para los regímenes que les empujan a esta suerte, algo que no ocurre en Estados Unidos. Hasta ahora los ayatolás soñaban con convertir a Irán en la nueva potencia nuclear en la zona, pero Israel no está dispuesto a permitirlo porque eso le condenaría. Mientras tanto, el cierre del estrecho de Ormuz ha dado al Gobierno iraní un argumento con el que no contaba. Si los ayatolás consiguen fiscalizar la navegación en esa zona habrán asestado un nuevo golpe, después de los aranceles, a las reglas del comercio mundial. Un auténtico trompo en la corriente sanguínea que nutre a la globalización.
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