La visita del Papa León XIV a España, con la multitudinaria misa en Madrid y algunos actos de menor seguimiento popular en Barcelona, pero que también han disfrutado de una potente cámara de eco en los medios y redes sociales, ha propiciado un discurso hiperbólico y panfletario que tiene como fatal consecuencia la ilusión de unanimidad. En este caso, la creencia -que algunos quieren hacer pasar por verdad sagrada- de que las manifestaciones de apoyo de los católicos al Papa, todas ellas notables y muy respetables, representan el sentir general de los españoles.
La ilusión de unanimidad es un mal populista vinculado a las grandes movilizaciones de masas y su reproducción en las plataformas digitales, una combinación que favorece también el espejismo de hegemonía. Muchos de los miles de asistentes a la concentración de la plaza de Colón de Madrid, el 10 de febrero de 2019, que PP, Cs y Vox celebraron contra Pedro Sánchez bajo el lema «Por una España unida, ¡elecciones ya!», volvieron a su casa creyendo honestamente que tamaña demostración callejera había levantado el acta de defunción del sanchismo, cuando la realidad es que habían caído en la trampa de La Moncloa.
El ejemplo más rotundo de esa ilusión de unanimidad de la que hablo fue el proceso independentista. Las manifestaciones masivas de la Diada, que los organizadores y la Generalitat cifraron siempre por encima del millón de asistentes -cálculo inverosímil y muy parecido al que se hizo este domingo en Madrid con el Papa-, junto al discurso único de los medios de comunicación públicos y subvencionados, llevaron a los nacionalistas a creerse que eran una mayoría incontestable, que ellos eran Cataluña, y no una parte, olvidando que es una sociedad plural, nada uniforme respecto a sus sentimientos identitarios, y políticamente muy fraccionada.
Aquella lectura desviada que hizo el nacionalismo en 2017, y cuyo coste la sociedad catalana sigue pagando, me recuerda a la encendida narrativa católica con la que algunos, aprovechando el impacto del Papa -líder espiritual de los católicos, pero también un icono pop de la cultura de masas, como supo ver Paolo Sorrentino en 'The Young Pope'-, nos presentan la realidad española. Confundiendo una parte con el todo para hablar de un renacer de la fe católica -«el Papa vuelve a poner de moda a Dios»-, en contra de las estadísticas: solo el 16% de los ciudadanos se declara católico practicante, del proceso de secularización de la sociedad y de su composición cada vez más multicultural.
Desde luego, quien sabe mejor que nadie la difícil situación de la Iglesia católica en España y el resto de los países occidentales, corta de vocaciones y de feligreses, y que debe enfrentar la pujanza de las iglesias evangelistas, es el propio Papa. No es casualidad que durante todo su periplo español ha lanzado constantes guiños a la gente joven, incluso utilizando para conectar con ellos códigos del lenguaje juvenil en las redes sociales, como el símbolo del six-seven o su encuentro con Bad Bunny.
En la infantil batalla que estos días se ha desatado entre los diferentes actores políticos por ver cuál de ellos patrimonializa los discursos del Papa, con Míriam Nogueras reivindicando que Prevost ha hablado en catalán gracias a su sugerencia y a la presión de Junts, o con el PP celebrando su «humanismo cristiano» para al día siguiente pactar con Vox la racista «prioridad nacional» en Castilla y León, es normal y legítimo que la Iglesia española trate de ser la principal beneficiada. Después de doce años de pontificado de Francisco, en los que el Papa argentino se negó con desdén a venir a España, mostrando en diferentes declaraciones públicas su distancia respecto a la cúpula eclesial española, la presencia de León XIV es un gran motivo de alegría, además de un éxito incuestionable para la Conferencia Episcopal Española. Como es un éxito haber conseguido que el Papa predicara en el Congreso como líder religioso y no como jefe de Estado como le pertocaría.
En este contexto, entiendo el júbilo por la visita del Papa, pero sería un error que el catolicismo español y sus propagandistas cayeran en la ilusión de unanimidad, ya que, como le pasó al nacionalismo catalán tras su abrupto despertar del procés, el contraste con la realidad de la nueva sociedad española, cada vez más multicultural y global, puede condenarlos a una espiral de rencor, melancolía y nihilismo. Mejor evitarla.