Mi hermosa lavandería
La piscina dorada Regala esta noticia Añádenos en GoogleIsabel Coixet
10/07/2026 a las 07:44h.Lo que más le ofendió no fue perder la guerra que había empezado. La guerra la perdió en once días, lo cual para un país ... de su tamaño es casi una proeza de eficiencia, y al cabo de un mes ya nadie discutía el asunto en las sobremesas porque había cosas más urgentes, como el calor o la desaparición de las abejas o el precio de la mantequilla. Lo que de verdad le quitó el sueño, lo que le hizo despertar a su rubia jefa de gabinete a las cuatro de la madrugada con esa voz ronca que empieza a ser frágil, de niño viejo al que le han quitado el triciclo, fue una primera ministra de un país aliado.
A él hay que medirlo por cómo encaja un desaire.
La piscina fue la consecuencia natural de un hombre así. Llevaba meses obsesionado con construir una piscina dorada frente al Capitolio, no porque le gustara nadar —se decía que le tenía pánico a que el agua le cubriera el pecho—, sino porque había visto una en una revista de decoración de un emir catarí y le pareció que aquello transmitía a la perfección quién mandaba allí, además de hacer juego con los dorados que proyectaba para su salón de baile, otro tema que le causaba incontables quebraderos de cabeza.
Pasaba tardes enteras de pie ante el agujero vacío, gritándoles a adultos con másteres en hidráulica que cómo era posible, que un faraón lo habría tenido listo en una semana
El proyecto, como todo lo que él tocaba, resultó ser una sucesión de humillaciones técnicas. El dorado se descascarillaba con la lluvia. El agua salía de un verde pantanoso que los ingenieros achacaban a una reacción del pigmento y que él achacaba a una conspiración. Pasaba tardes enteras de pie ante el agujero vacío, gritándoles a hombres adultos con másteres en hidráulica que cómo era posible, que un faraón lo habría tenido listo en una semana, que estaban todos compinchados para hacerle quedar en ridículo delante del mundo.
Es la comedia clásica del rey desnudo, y nos reímos porque nos consuela pensar que la vanidad, al menos, es estúpida. Pero, en el cuento, un niño le grita al rey que no lleva ese traje mágico que un sastre taimado le ha fabricado y todos los que alababan un traje que no veían deciden reconocer la desnudez.
Comprendo que los cortesanos de Washington le alaben el traje, el pelo e incluso su físico apolíneo mientras cuentan las horas para que les llegue la jubilación.
En nuestra realidad europea, con honrosas excepciones, los mandatarios continúan siguiéndole la corriente y haciendo como que está vestido. De todo lo que ocurre en relación con este personaje, esto es quizás lo que me causa más estupefacción.
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