Patente de corso
La pluma de Don Mendo Regala esta noticia Añádenos en GoogleArturo Pérez-Reverte
10/07/2026 a las 07:45h.Antes de teclear esto escribí unas líneas a mano, con pluma estilográfica. Lo hice con deliberada solemnidad, pues hay objetos que obligan con su carga ... invisible de tiempo y de memoria. Esta de la que hablo no es una pluma cualquiera: hace un siglo que fue fabricada y tiene arañazos, desgaste, cicatrices. Tiene historia. Sobre todo, historia. Se trata de una Montblanc Simplo de color negro, fabricada entre 1925 y 1930, con plumín de oro. Y con ella, aseguran quienes dicen saber, Pedro Muñoz Seca escribió La venganza de Don Mendo.
Esta de la que hablo no es una pluma estilográfica cualquiera: hace un siglo que fue fabricada y tiene arañazos, desgaste, cicatrices. Tiene historia
Tengo, con ésta, siete Montblanc de las antiguas, de las buenas. Pero ninguna posee la carga sentimental de la estilográfica de Muñoz Seca, porque no trazó una novela ni una carta de amor o amistad, sino parte de la gran biografía teatral de España: versos que generaciones enteras repitieron de memoria, que siguen provocando sonrisas y carcajadas casi un siglo después de ser concebidos. Y eso, en una época donde la mayoría de las obras nacen con fecha de caducidad y mueren antes de cumplir una temporada literaria, tiene mucho de milagro.
Me gusta creer que ciertos objetos conservan, de quienes los utilizaron, una huella invisible que desafía al tiempo. Por eso cuando miro esa Montblanc Simplo no veo sólo una estilográfica antigua. Veo una mesa de trabajo iluminada por una lámpara, veo una cuartilla en blanco, veo a un autor buscando una rima disparatada, veo tachaduras, manchas de tinta. Escucho el murmullo de los teatros, el rumor de las butacas llenándose. Oigo las carcajadas felices de un público que todavía iba al teatro dispuesto a divertirse, y no a recibir lecciones morales ni tostones metafísicos.
Pero también escucho otro sonido menos agradable: el pasillo de una prisión, nombres leídos en voz alta, verdugos que esperan. El eco del miedo que unos muestran, otros esconden y alguno es capaz de convertir en ingenio, en trágica y póstuma broma como la que la leyenda atribuye a Muñoz Seca mientras caminaba hacia la muerte: «Podéis quitarme casi todo, incluso la vida. Pero hay algo que no podéis quitarme: el miedo que tengo»… Tal vez lo dijera exactamente así, o tal vez no. Las leyendas suelen corregir la realidad para hacerla más elegante; pero resulta una frase tan inteligente y tan desesperadamente humana, que deseas creerla cierta.
Después vino el silencio, y luego el estampido de los fusiles. El eco seco de la descarga en el triste amanecer de Paracuellos. El final miserable, tan brutalmente español, reservado a uno de los hombres que más hizo reír a España. Lo mataron quienes creían estar construyendo así el futuro, como suele ocurrir con los fanáticos de cualquier color, convencidos de poseer la verdad absoluta. Siempre seguros de que la libertad consiste en pensar exactamente lo mismo que ellos. Siempre dispuestos a fusilar primero y reflexionar después. O a no reflexionar nunca.
Vuelvo a mirar la Montblanc y sé que no es una estilográfica antigua, sino una superviviente. Sobrevivió a los críticos adversos, a la guerra, a los asesinos, al odio, al polvo de los desvanes y al estrago del tiempo. Pasó de unas manos a otras llevando una memoria, y hay objetos que no se miden por su rareza ni por el precio que un coleccionista está dispuesto a pagar, sino por la cantidad de tiempo y olvido que lograron derrotar. Esta pluma que tengo ante mí lleva casi un siglo haciéndolo. Mientras exista alguien capaz de abrir La venganza de Don Mendo y reírse con los versos disparatados, mientras hallemos placer en su inteligencia, ingenio y humor, mientras haya lectores o espectadores que recuerden a Pedro Muñoz Seca, los imbéciles que apretaron el gatillo habrán fracasado. Al final todos desaparecemos, pero con frecuencia quedan las palabras. Y a veces, para desconcierto de la muerte y escarnio de los verdugos, también queda la pluma con que fueron escritas.
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