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La poesía que nace bajo un limonero o entre las casas quemadas de la calle Utopía

La poesía que nace bajo un limonero o entre las casas quemadas de la calle Utopía
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Antonio Machado comienza su 'Retrato' rememorando el huerto que le inspiró su vocación literaria; a cinco kilómetros de allí, los niños de hoy crecen entre basura y escombros: ¿Alguno podrá llegar a ser poeta?

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La calle Utopía, en las Tres Mil Viviendas de Sevilla. C. V.

Cristina Vallejo

Domingo, 22 de marzo 2026, 00:45

... en el gran escritor que fue? De los versos del poeta se desprende que él mismo consideraba que aquél en el que nació era un entorno propicio para la creación literaria y que invitaba a la poesía: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero», dice en su 'Retrato'. Aunque la clave de su vocación, de sus inquietudes, no fue únicamente una cuestión del espacio físico en el que se crió, el de la belleza de los múltiples jardines con que cuenta esa casona de la familia Alba en pleno centro de la capital hispalense. Mucho más importante fue el ambiente intelectual de la familia en la que creció.

El padre de Machado lee, escribe y tiene libros. No era habitual en la época, a finales del siglo XIX. También ahora faltan libros en muchos hogares. Y las madres y los padres llegan derrengados a casa del trabajo sin tiempo ni ganas de literaturas. Harta prosa tiene su vida diaria.

Con esos nombres para sus calles o con otros, el Polígono Sur de Sevilla es el escenario ideal para una novela del realismo sucio

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El huerto donde crece el limonero de Antonio Machado. C. V.

A poco más de cinco kilómetros del Palacio de las Dueñas se encuentra la calle Utopía; también están las calles Novelas Ejemplares, Camino de Perfección, El nombre de la rosa, Edipo Rey, Cañas y Barro, Tristana… Todas ellas referencias literarias que quizás buscan crear un ambiente, un entorno, una atmósfera de amor a los libros y a la literatura. O poner barata belleza al destartalado paisaje. Porque sí, tal cual, con esos nombres para sus calles o con otros, el Polígono Sur es el escenario ideal para una novela del realismo sucio. Aquí, en las Tres Mil Viviendas de Sevilla, los jardines no son tales, son hierbajos que crecen sin orden ni concierto. Abundan los montones de basura. Los bajos de los edificios, que podrían albergar locales comerciales, bares o espacios para el asociacionismo, están desmantelados, sólo sobreviven sus vigas y por eso se convierten en refugio de miseria, podredumbre y adicciones. Hay casas quemadas, en ruinas, algunas tienen las ventanas cegadas con ladrillos. Los niños corretean entre el polvo. Las madres les gritan desde las ventanas para que vayan a comer a casa. Grupos de amigos han sacado las sillas de cámping a la calle para charlar. Coexiste ese ambiente sano, costumbrista, pintoresco, incluso, que incluye esa ropa tendida en una cuerda atada entre dos árboles, con otro no raro, sino enrarecido: un pequeño roce entre dos coches desata una enorme riña y se ve deambular a unos cuantos sujetos devenidos en espectros que provienen de otra época; a diferencia de la discusión que en cualquier momento temes que pueda salpicar a cualquiera que pase por ahí, estos últimos no provocan ningún miedo, no miran a nadie y en su fuero interno seguro que piensan que nadie los ve.

Aunque cuando memoricen la dirección de su casa tengan que aprenderse una obra de Miguel de Cervantes, muy probablemente no verán a su padre leer, escribir, meditar, como Antonio Machado cuenta que observaba hacer al suyo

Cómo es posible que entre esos niños de las Tres Mil Viviendas pueda germinar la semilla de la poesía. Aunque cuando memoricen la dirección de su casa tengan que aprenderse una obra de Miguel de Cervantes, muy probablemente no verán a su padre leer, escribir, meditar, como Antonio Machado cuenta que observaba hacer al suyo. Cómo puede ser que una administración local de un país desarrollado permita que haya niños que crezcan en un ambiente que les hurta opciones vitales a que tienen derecho como la de soñar con escribir poesía. Cómo es posible que una calle llamada Utopía esté completamente deshecha, convirtiéndose en metáfora de lo maltrechos que han llegado a terminar este primer cuarto del siglo XXI todos los sueños de quienes querían organizar mejor la vida social.

Estas líneas contienen verdades observables. Pero también paternalismo y prejuicios; los que privan a una generación y a un barrio de voluntad y posibilidades; los que llevan a decir que ahí no crecerá la poesía. Cuando en realidad cualquiera de esos niños puede llegar a ser poeta social –perdón por este otro cliché–. O a hacer música urbana de la de verdad, no impostada. Si en las Tres Mil Viviendas de hoy puede haber un Vaquilla del siglo XXI, también puede haber unos Chichos que le canten. Ya lo dijo en SUR Emilio González García, uno de los miembros del grupo: en España sigue habiendo barrios deprimidos con los mismos problemas que ellos denunciaban, y también gente que les canta, y si a los primeros no se les quiere mirar, a los segundos no se les escucha porque quizás el algoritmo los esconde.

Aunque, otra vez, y con una referencia más cercana en el tiempo: parece que es más fácil ser el mejor escritor vivo de Francia –como dicen que lo es Emmanuel Carrère– si uno es descendiente de aristócratas rusos. Su espectacular historia familiar la narra en su última novela, 'Koljós'. Virginia Woolf descubrió también que para que una mujer escriba necesita «una habitación propia», un espacio propio en el que poder pensar. Los niños de las Tres Mil Viviendas –o de cualquier otro barrio deprimido de España– también necesitan un ambiente propicio para que en ellos prenda la llama del arte. Pero, sobre todo, lo que requieren es creerse tan importantes como cualquiera, y que los poderes públicos se preocupen por sus condiciones materiales de existencia y las resuelvan es un primer paso imprescindible para lograrlo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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