- SARAH O'CONNOR
Persiste una brecha de clase en lo que respecta a los trabajos que alteran nuestro reloj biológico.
En la década de 1920, dos sociólogos se propusieron estudiar "las tendencias entrelazadas que conforman la vida de una pequeña ciudad estadounidense" en una época de rápidos cambios. En el libro que publicaron posteriormente sobre Muncie, Indiana (ciudad a la que llamaron Middletown para preservar su anonimato), escribieron que la comunidad no solo estaba dividida por clases sociales, sino también por los horarios.
A las seis de la mañana, se encendían las luces en los hogares de la clase trabajadora, ya que sus jornadas solían comenzar entre las 6:15 y las 7:30 (cuando no hacían el turno de noche), mientras que las familias de la "clase empresarial" seguían durmiendo hasta más tarde.
Estos horarios laborales diferenciados adquirieron un matiz político en 1925, cuando surgió un conflicto sobre si la ciudad debía adoptar el "horario de verano", medida que permitiría disfrutar de más luz durante las tardes estivales. Los trabajadores, acostumbrados a madrugar, argumentaban que perderían horas de sueño, mientras que los empresarios defendían el cambio alegando motivos como la práctica del golf y la necesidad de coordinarse con empresas de la Costa Este.
Las demandas contrapuestas —por un lado, el ocio y los negocios; por otro, nuestros relojes biológicos— no han desaparecido en el siglo transcurrido desde entonces. Sin embargo, la ciencia ha avanzado considerablemente en la comprensión de los efectos que tiene sobre nuestra salud priorizar lo primero frente a lo segundo.
En resumen: nada bueno. Muchos investigadores coinciden hoy en que el horario de verano puede alterar nuestros ritmos circadianos. No obstante, existen formas mucho más peligrosas de interferir con nuestro reloj biológico; la peor de ellas es trabajar de noche.
Es un error pensar que los empleados que trabajan en turnos nocturnos pueden llegar a adaptarse a ese horario con el tiempo. Según el libro Life Time, del profesor de neurociencia circadiana Russell Foster, los estudios indican que el 97% de los trabajadores con turno de noche mantienen su sincronización con el ciclo diurno; esto significa que se ven obligados a dormir cuando su organismo está programado para estar despierto, y viceversa. Esta situación conlleva consecuencias para la presión arterial y el sistema inmunológico. Las correlaciones con el cáncer son tan evidentes que el trabajo nocturno ha sido clasificado como "probablemente cancerígeno para los seres humanos" por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, perteneciente a la Organización Mundial de la Salud.
Incluso si no se trabaja de noche, los datos sugieren que el simple hecho de trabajar en contra de nuestro cronotipo puede resultar perjudicial para la salud. Un estudio reciente realizado en Finlandia analizó la evolución de personas que, en 2012 —cuando rondaban los cuarenta y cinco años—, habían indicado si eran personas matutinas o trasnochadoras. A lo largo de los doce años siguientes, las que tenían un cronotipo vespertino mostraron una mayor probabilidad de acabar recibiendo una pensión por invalidez, incluso tras ajustar los datos según factores socioeconómicos. Según los investigadores, una posible explicación es que "los horarios laborales tradicionales interfieren considerablemente con las preferencias de sueño de las personas con cronotipo vespertino, lo que provoca un desfase horario social".
No obstante, aunque la prevalencia del trabajo nocturno ha disminuido gradualmente en Estados Unidos desde que se escribió Middletown, sigue existiendo una brecha de clase en lo que respecta a los empleos que alteran el ritmo biológico. Según una investigación publicada este año, en EEUU la mayoría de los trabajadores con turnos nocturnos no posee estudios superiores a la educación secundaria.
En un sentido más amplio, el cambio hacia el teletrabajo impulsado por la pandemia ha beneficiado más a los trabajadores de oficina —que ya gozaban de mayor flexibilidad horaria— que a cualquier otro colectivo.
En Europa, sin ir más lejos, los directivos gozan de los mayores niveles deautonomía según la amplia Encuesta Europea sobre Condiciones de Trabajo de 2024: el 40% puede adaptar su horario laboral dentro de ciertos límites y el 19% tiene un control total sobre sus turnos. En cambio, los trabajadores situados en el extremo inferior de la escala salarial siguen teniendo escaso poder de decisión: casi el 80% tiene horarios fijados íntegramente por sus empresas.
Es posible que los avances en la automatización acaben eliminando la necesidad de que las personas trabajen en contra de sus ritmos biológicos. Algunas empresas de logística ya están empezando a experimentar con "turnos nocturnos sin presencia humana", en los que los robots trabajan solos durante la noche y reservan para el turno de mañana aquellos pedidos que requieren asistencia humana. Por su parte, los camiones autónomos podrían recorrer largas distancias por autopista durante la noche, dejando que las entregas las realicen conductores humanos durante el día.
Una transición de este tipo plantearía desafíos económicos para los trabajadores —sobre todo porque el trabajo nocturno suele conllevar un suplemento salarial—, pero podría reportar enormes beneficios para la salud. Sería necesaria una gestión cuidadosa por parte de las autoridades, teniendo siempre presentes la ciencia, la desigualdad y el futuro.
Las políticas del presidente de EEUU, Donald Trump, parecen cosa del pasado. Su última intervención en la "política del tiempo" consiste en defender la adopción permanente del horario de verano, argumentando que sería beneficioso para quienes "quisieran jugar un poco al golf sin tener que salir corriendo a casa tras completar 14 hoyos".
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