- JOAQUÍN CALVO SÁNCHEZ
La judoca española demostró que la preparación exhaustiva y la capacidad de adaptación son elementos esenciales para gestionar la incertidumbre y la toma de decisiones bajo presión.
En la dirección empresarial contemporánea existe una obsesión recurrente que, a menudo, paraliza a las organizaciones: la necesidad compulsiva de reducir la incertidumbre antes de actuar. Planificar más, analizar en mayor profundidad, solicitar un informe adicional y esperar el momento óptimo para mover ficha. Sin embargo, a diario que las decisiones relevantes -aquellas que marcan la diferencia competitiva y cambian el rumbo de una compañía- casi nunca se toman en condiciones ideales. Se toman bajo una enorme presión, con información necesariamente incompleta y con el riesgo sentado en la silla de al lado como un compañero permanente de viaje.
Cuando buscamos referentes sobre cómo navegar en estas aguas turbulentas, solemos mirar hacia la geopolítica, hacia los titanes tecnológicos de Silicon Valley o hacia la prolífica literatura de management. A menudo olvidamos que uno de los ecosistemas donde la toma de decisiones bajo presión alcanza su máxima expresión es el deporte de alta competición.
Viajemos a Barcelona, 1992: la final olímpica de judo femenino concentró, en apenas unos minutos, todos los elementos que hoy definen los entornos corporativos más complejos y volátiles. Miriam Blasco no solo ganó aquel combate convirtiéndose en la primera mujer españolaen lograr unoro olímpico; ejecutó, con una precisión casi quirúrgica, una serie de decisiones críticas en un escenario donde cualquier error era definitivo. Su historia no es solo una efeméride deportiva, sino un extraordinario caso de estudio sobre gestión del riesgo, resiliencia y liderazgo en condiciones extremas.
En el judo, el riesgo no se elimina: se gestiona. Cada movimiento implica una probabilidad de éxito y un margen de error. Entendió perfectamente que el riesgo no debía paralizarla, sino convertirse en una herramienta táctica. En lugar de evitar situaciones comprometidas, supo anticiparse a ellas y tomar decisiones calculadas en el momento adecuado.
En las empresas, ocurre algo similar: actuamos como si existiera un umbral mágico a partir del cual todo el panorama se vuelve nítido. La realidad es que ese umbral rara vez llega. En el tatami, Blasco no podía prever con exactitud cómo reaccionaría su rival ante cada movimiento. No tenía el control total de las variables, pero sí algo mucho más importante: la preparación exhaustiva, un criterio afilado y una capacidad de adaptación en tiempo real insuperable.
Ahí radica una de las claves del liderazgo en la era actual. No se trata de eliminar la incertidumbre, una tarea titánica y estéril, sino de aprender a operar de forma eficaz dentro de ella. Los líderes que buscan suprimir cualquier resquicio de riesgo antes de actuar suelen quedarse anclados en la "parálisis por análisis", cediendo irremediablemente la iniciativa a sus competidores. La verdadera ventaja competitiva no reside en saberlo todo, sino en decidir mejor y más rápido con lo que se sabe en ese momento. Blasco no esperó a tener certezas absolutas para lanzar su ataque; actuó con determinación.
La gestión del tiempo
Uno de los aspectos más fascinantes del alto rendimiento es la compresión del tiempo. En una final olímpica, cada segundo cuenta y cualquier duda se paga cara. Sin embargo, la velocidad de reacción de una deportista de élite no es el fruto de un instinto aislado o de una corazonada, sino de la acumulación masiva de preparación. Años de entrenamiento generan patrones, automatismos, memoria muscular y criterio estratégico. Blasco pudo decidir en fracciones de segundo en aquel tatami porque había entrenado durante años.
Blasco destacó también por su fortaleza psicológica. En el momento en que todo estaba en juego, supo mantener la concentración, ejecutar con precisión, aislar el ruido ensordecedor del pabellón y ejecutar su plan, una competencia estratégica mayúscula.
Al igual que un atleta olímpico necesita horas de tatami y no solo teoría biomecánica, el talento de hoy requiere mancharse las manos, enfrentarse a casos vivos de empresas y aprender a ejecutar cuando la teoría no es suficiente. La calidad de las decisiones en momentos de máxima urgencia se forja mucho antes de que estalle la crisis.
El judo es, en su esencia, un equilibrio permanenteentre el ataque y la defensa. Cada movimiento ofensivo abre una oportunidad, pero al mismo tiempo genera una exposición frente al rival. No existe la opción de competir sin asumir riesgos, del mismo modo que nadie llega a una final olímpica sin haber caído y perdido cientos de veces antes. En la empresa, paradójicamente, el intento constante de reducir el riesgo mediante el inmovilismo, o a través de consensos eternos que diluyen la responsabilidad individual, suele generar el mayor riesgo de todos: la irrelevancia en el mercado y la pérdida de talento innovador.
Más de tres décadas después, aquella vibrante final en Barcelona sigue ofreciendo a la comunidad directiva una representación nítida de cómo actuar cuando el margen de maniobra es nulo. Los líderes que dejan huella deben tener la capacidad de actuar con firmeza, valentía y propósito cuando todo está en juego.
Joaquín Calvo Sánchez es director general del Centro de Formación Profesional Superior de ESIC University.
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