Ganar estabilidad a cambio de acortar la zancada y bajar el ritmo es la respuesta de un cuerpo más prudente, pero hay señales que no deben pasarse por alto
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Regala esta noticia Añádenos en Google 01/10/2026 Actualizado a las 19:46h.Caminar parece a simple vista una tarea sencilla porque llevamos haciéndolo toda la vida. Es algo que tenemos tan interiorizado que lo hacemos sin pensar. ... Sin embargo, cada paso es en realidad una verdadera obra de ingeniería. Un juego de equilibrio y coordinación en el que hay que trasladar todo el peso del cuerpo de una pierna a otra, mantenernos erguidos, calcular dónde está el suelo y preparar el siguiente impulso. Basta con observar la dificultad con la que un bebé comienza a dar sus primeros pasos. Pero también esas zancadas más cortas, a ritmo más bajo y con más gasto de energía que acompañan el andar en la tercera edad. La explicación es simple: el cuerpo genera esta respuesta para no caer. Eso no significa que esté fallando, aunque hay señales con las que conviene estar alerta.
Una investigación reciente, liderada por las universidades australianas de Flinders y Canberra, ha mirado precisamente qué ocurre en uno de los protagonistas de ese engranaje: el tobillo. «A medida que envejecemos, el cuerpo empieza a priorizar la estabilidad sobre la eficiencia. Eso nos ayuda a mantenernos erguidos, pero también hace que caminar requiera más esfuerzo», resume Cody Lindsay, autor principal del estudio, que analizó el movimiento de 107 adultos sanos de entre 26 y 86 años.
La clave de la investigación está en un mecanismo llamado cocontracción. El término suena aparatoso pero es fácil de entender. Consiste en la activación simultánea de músculos con funciones opuestas alrededor del tobillo. Esa rigidez aporta estabilidad cuando el pie toca el suelo, pero reduce el impulso que nos hace avanzar. Seguridad a cambio de velocidad y rendimiento.
«Es recomendable consultar cuando aparece fatiga con actividades cotidianas previamente bien toleradas»
Luis Ignacio Soto-Bagaria, secretario del grupo de trabajo de Geriatría y Dependencia del Consejo General de Colegios de Fisioterapeutas de España, recuerda que ese mecanismo es solo una pieza. «Caminar es mucho más complejo que tener una pantorrilla fuerte». El equilibrio depende también de la «coordinación y de la información que proporcionan la visión, el sistema vestibular y la sensibilidad del cuerpo».
Por eso, cuando alguien empieza a andar más despacio o a acortar mucho los pasos, el fisioterapeuta no se limita a observar sus pies. Se fija en cómo camina, en su fuerza y potencia, movilidad, equilibrio y capacidad de reaccionar ante una pérdida de estabilidad. Importa saber si ha habido caídas, dolor, fatiga y cómo se desenvuelve el paciente en las actividades cotidianas.
No «son cosas de la edad»
Tarazona coincide en que una marcha más pausada puede resultar menos eficiente energéticamente. Aun así, advierte de que el cansancio tiene límites y de que los cambios bruscos o marcados al andar deben valorarse: «Es recomendable consultar cuando aparece fatiga con actividades cotidianas previamente bien toleradas, cuando el cansancio obliga a detener la actividad con frecuencia, limita la autonomía o se acompaña de falta de aire, dolor torácico, mareo o pérdida de peso». Estos síntomas, avisa, pueden asociarse a enfermedades cardiovasculares, respiratorias o neurológicas.
También hay cambios en la propia marcha que no conviene despachar con un «son cosas de la edad»: arrastrar los pies, tropezar repetidamente, perder el equilibrio, realizar giros inseguros, tener dificultad para arrancar, necesitar de repente apoyarse en muebles o paredes o empezar a utilizar un bastón o andador. «Y sobre todo deben alertarnos las caídas recurrentes», señala Tarazona.
Soto-Bagaria añade una idea importante: lo relevante es averiguar por qué se ha comenzado a caminar de forma distinta. Pruebas simples como levantarse de una silla, caminar, girar o medir la velocidad de la marcha pueden ofrecer información relevante. «Una persona puede caminar despacio por falta de fuerza, otra por dolor, otra por problemas de equilibrio», añade el también vicetesorero del Colegio de Fisioterapeutas de Cataluña.
Y tras una caída aparece con frecuencia otro condicionante: el temor a repetirla. Ahí puede empezar un círculo poco favorable. Soto-Bagaria advierte de que restringir cada vez más la actividad hace perder fuerza, capacidad física y confianza y puede aumentar la inseguridad. La solución no pasa por ignorar ese miedo, sino por detectar «las dificultades reales» y practicar con la persona «en condiciones seguras».
El objetivo no es que una persona de 80 años camine como una de 30, sino que aproveche de la mejor manera posible sus capacidades y pueda desenvolverse con seguridad en su vida diaria. Aunque los pasos se acorten. Tarazona lo resume así: «El reto es mantener esa estabilidad sin renunciar a la movilidad ni a la independencia».
Taichí y ejercicios defuerza para preservar la movilidad
Cumplir años no equivale a perder facultades. De hecho, con los cuidados adecuados es posible preservar la movilidad. «Podemos retrasar la aparición de los cambios propios de la edad, e incluso revertir parcialmente algunos de ellos, mediante ejercicio físico multicomponente que combine entrenamiento de fuerza, resistencia y equilibrio», asegura Francisco Tarazona, especialista en Geriatría, que aconseja «actividades como el taichí». El fisioterapeuta Luis Soto-Bagaria coincide en que «no basta con salir a andar» ni se debe aplicar una rutina estándar a todos. «Tener la misma edad no significa igual capacidad», recuerda. Y añade otra clave para prevenir accidentes: «Hay que entrenar las situaciones en las que podemos perder el equilibrio». Si la caída se produce, el experto recomienda aprender a ponerse en pie de forma segura o saber pedir ayuda si resulta imposible levantarse.
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