El sector tecnológico se enfrenta a la era de los 'unicornios zombis', que son empresas valoradas en más de 1.000 millones de dólares que no tienen una salida clara. Tras años de dinero barato, el alza de tipos y la falta de liquidez bloquean el ecosistema emprendedor. Mientras el capital se refugia en la inteligencia artificial, los inversores exigen rentabilidad.
Silicon Valley creó su propia zoología financiera, a la que llegó el unicornio, la start up valorada en más de 1.000 millones de dólares. Después aparecieron los decacornios y los hectocornios, aunque ahora la criatura que más preocupa a los inversores no es precisamente fantástica: se trata del unicornio zombi, una empresa que alguna vez superó la barrera de los 1.000 millones de dólares, que sigue funcionando, pagando nóminas y buscando clientes, pero cuya valoración y perspectivas están lejos de las que justificaron sus grandes rondas.
Recientemente The Economist puso cifras a este fenómeno. En mayo de este año, 332 de los aproximadamente 1.900 unicornios que figuran en la base de datos del profesor de la Universidad de Stanford, Ilya Strebulaev, habían levantado capital a una valoración igual o inferior a su máximo anterior. De ellos, 212 ya habían caído por debajo de los 1.000 millones. Otros 383 no habían comunicado una nueva ronda en tres años.
No todos son compañías en problemas -algunas sencillamente pueden no necesitar financiación-, pero la magnitud del grupo indica que la resaca de las valoraciones de 2020 y 2021 no ha terminado.
Sin salida
Enrique Linares, cofundador de Plus Partners y LetGo, cree que lo que define a estos unicornios "es que no han muerto, pero tampoco tienen salida clara". Una compañía zombi no puede salir a bolsa porque el mercado público probablemente no reconocerá su antigua valoración; tampoco puede levantar una nueva ronda sin aceptar una rebaja severa, y una venta puede obligar a los accionistas a asumir que el precio de los años de euforia ya no existe.
La explicación empieza en los años del dinero casi gratis. Los tipos de interés próximos a cero empujaron capital hacia activos de mayor riesgo, los fondos de venture levantaron cantidades extraordinarias y la pandemia aceleró de forma artificial la demanda de numerosos servicios tecnológicos.
El volumen captado por los fondos estadounidenses de venture capital llegó a 223.000 millones de dólares en 2022; en 2025 había caído hasta unos 66.000 millones, según los datos de PitchBook.
Todo cambió cuando los tipos subieron. Las compañías tecnológicas cotizadas empezaron a negociarse con múltiplos mucho menores y ese ajuste acabó llegando al mercado privado, aunque con retraso.
Una start up podía seguir figurando valorada en 3.000 millones simplemente porque no había cerrado otra ronda que obligara a revisar ese precio.
Un problema anterior
El problema de las valoraciones privadas venía de antes. La propia investigación de Ilya Strebulaev en Stanford ha mostrado que los derechos preferentes asociados a determinadas rondas pueden hacer que la valoración nominal de los unicornios exagere sustancialmente el valor económico de las acciones ordinarias; su investigación estimó una sobrevaloración media cercana al 50% en la muestra analizada.
Esto tiene consecuencias para los fundadores. Carlos Blanco, fundador de Encomenda, Nuclio y Conector, señala el papel de las liquidation preferences -derechos que permiten a ciertos inversores recuperar primero su inversión, antes que fundadores y otros accionistas, cuando la empresa se vende- y de otras protecciones pactadas en las últimas rondas.
Una venta aparentemente millonaria puede dejar al emprendedor bastante menos de lo que sugeriría su porcentaje teórico del capital, porque determinados inversores tienen derecho a recuperar antes determinadas cantidades.
Blanco explica que "aunque la empresa se vendiera por 1.500 millones y al fundador le quede un 20%, realmente no va a recibir el 20%".
Ese mecanismo ayuda a entender por qué algunas compañías prefieren aguantar. Vender significa cristalizar la pérdida; continuar permite conservar la esperanza de crecer hasta recuperar la antigua valoración.
Carlos Blanco utiliza Cabify como ejemplo de esa lógica en España -no como una valoración objetiva del mercado, sino como su percepción inversora- y contrapone ese tipo de situación a Factorial, una empresa que, según él, ha logrado que el crecimiento de la facturación acerque progresivamente el negocio a su valoración.
El atasco que preocupa
El problema empieza cuando esas compañías dejan de ser casos aislados y bloquean el mecanismo que mantiene en marcha al capital riesgo.
El mecanismo clásico del sector necesita que el dinero circule: un fondo invierte, la empresa crece, llega una IPO o una adquisición, el fondo vende y devuelve capital a sus fondos de pensiones, aseguradoras, patrimonios familiares o instituciones, que a su vez pueden comprometer dinero al siguiente fondo.
Ese circuito está cada vez más atascado, según el World Economic Forum y la Universidad de Stanford. Ambos calculan que existen unos 1.920 unicornios privados con una valoración conjunta superior a nueve billones de dólares y alrededor de 3,2 billones de valor todavía no realizado en las carteras de los fondos. Es decir, buena parte de ese dinero existe sobre el papel, pero no se convierte en efectivo porque las compañías no salen a bolsa ni encuentran comprador. Sin esos exits, los fondos no pueden devolver capital a sus inversores y, a su vez, esos inversores tienen menos margen para comprometer dinero en nuevos vehículos.
Enrique Linares explica que "muchos LPs -los inversores que aportan capital a los fondos de venture capital, como fondos de pensiones, aseguradoras, empresas o grandes patrimonios- reinvierten precisamente el dinero que reciben como retorno de inversiones previas". El problema afecta especialmente a los fondos de growth que entraron en compañías maduras cuando las valoraciones estaban en máximos. El dinero sigue ahí, pero ya no busca las mismas compañías.
Capital concentrado
El informe de PitchBook y la National Venture Capital Association correspondiente al segundo trimestre de 2026 describe un mercado estadounidense exuberante en apariencia: más de 400.000 millones de dólares invertidos durante la primera mitad del año, más que en cualquier ejercicio completo anterior. Pero el dato es engañoso. Buena parte del capital se concentra en inteligencia artificial y en megarrondas superiores a 100 millones de dólares, mientras el resto del ecosistema sigue bastante más débil.
Axios recuerda que en marzo de 2026 el 38,3% de los unicornios estadounidenses llevaba tres años sin levantar capital, frente al 2,6% una década antes. El dinero se está concentrando en las nuevas empresas nativas de inteligencia artificial mientras deja atrás buena parte de la cosecha anterior a 2022.
Silicon Valley vive así una situación extraña: mientras intenta digerir los unicornios de la anterior burbuja, vuelve a pagar valoraciones extraordinarias por una nueva generación de empresas de inteligencia artificial.
Enrique Linares ve ahí un riesgo de repetición y cree que "hay señales evidentes, pues compañías muy jóvenes, con facturación aún modesta, alcanzan valoraciones extraordinarias en tiempo récord".
España: menos euforia
El fundador de Plus Partners añade que la inteligencia artificial puede atacar partidas económicas mucho mayores que el simple presupuesto tecnológico de una compañía y transformar radicalmente su productividad: "La IA no es solo hype". La incógnita es cuántas convertirán esa promesa en negocio y cuántas terminarán formando parte de la próxima generación de zombis.
Enrique Linares recuerda además que nuestro país parte de una posición diferente, ya que el ecosistema español nunca fue tan eufórico como el de Silicon Valley en 2021, por lo que la corrección también es menos violenta.
Al mismo tiempo, el mercado español está creciendo: Dealroom contabiliza 2.600 millones de dólares invertidos en start up españolas durante el primer semestre de 2026, frente a 3.100 millones en todo 2025, y 18 compañías españolas que han alcanzado en algún momento una valoración o exit superior a 1.000 millones.
Para el inversor español, la principal consecuencia no es una desaparición del capital, sino una mayor exigencia. Blanco percibe un cambio hacia "un equilibrio entre crecimiento y rentabilidad". Frente al modelo de apostar grandes cantidades en muy pocas compañías con la esperanza de capturar un unicornio, Blanco defiende carteras más diversificadas, capaces de producir seis, ocho o diez buenas empresas: "Es un modelo rentable sistemáticamente de fondo".
Para los emprendedores, la conclusión es que la siguiente ronda ya no puede ser el modelo de negocio. Enrique Linares asegura que "una empresa que no puede sobrevivir sin rondas perpetuas no es un negocio, es una dependencia", y añade que la corrección actual ha vuelto a poner el foco sobre los ingresos reales, la economía unitaria y la capacidad de llegar a la rentabilidad antes de acelerar.
Por su parte Carlos Blanco explica que esa transformación ya está ocurriendo y que responde menos al miedo concreto a los zombis que a algo más elemental: "Durante varios años fue mucho más difícil conseguir financiación. Esa dificultad obligó a las empresas a gastar mejor". También ve una ventaja específica para las compañías de software capaces de utilizar la IA para automatizar ventas, onboarding, programación y operaciones.
Blanco señala a compañías como Factorial como ejemplo de una empresa que está utilizando la tecnología de forma transversal para crecer con una estructura más eficiente.
Europa ofrece otro indicio de que el mercado está empezando a separar valoración de verdadero éxito. En 2026 el Viejo Continente estaba creando aproximadamente un nuevo unicornio cada semana y, a finales de julio, ya había igualado su récord anual con siete exits de compañías que alguna vez superaron los 1.000 millones. En todo caso Sifted advierte de la otra cara del fenómeno: mientras operaciones como la de Bending Spoons habían generado enormes retornos, antiguos unicornios como Getir o Contentful habían encontrado salidas muy por debajo de sus máximas valoraciones privadas. Esa puede ser la auténtica moraleja de los zombis. Llegar a unicornio es relativamente fácil de medir; convertir ese unicornio en dinero para accionistas, empleados y fondos es otra cosa.
Durante la era del capital barato, Silicon Valley convirtió la valoración de una ronda en una especie de marcador público del éxito empresarial. El atasco actual está obligando a volver a una medida bastante menos espectacular: cuánto paga finalmente alguien por la compañía, cuánto efectivo genera y cuánto dinero regresa al inversor.
Los zombis no significan el final del venture capital. De hecho, el sector gestiona ya alrededor de 3,5 billones de dólares en activos, según el World Economic Forum. Pero están obligando a la industria a enfrentarse a una duda: cuántos de aquellos miles de millones eran creación de valor y cuántos eran simplemente el precio del dinero barato.
Cinco casos que explican una nueva era
No todos estos ejemplos pueden considerarse hoy técnicamente unicornios zombi. Algunos acabaron vendiendo parte de sus activos y otros desaparecieron. Pero precisamente por eso son modelos útiles: muestran qué puede ocurrir cuando la valoración que convirtió a una 'start up' en unicornio deja de coincidir con el precio que el mercado está dispuesto a pagar.
Cameo: de 1.000 millones a 82 millones. La plataforma que permite pagar a famosos por vídeos personalizados alcanzó una valoración superior a 1.000 millones de dólares en 2021, después de captar 100 millones. La pandemia había disparado el negocio: en 2020 generó unos 100 millones de dólares de ingresos brutos. Pero la demanda cayó con la vuelta a la normalidad. Cameo pasó de casi 400 empleados a menos de 50 tras varias rondas de despidos. En 2026, 'The Economist' situaba su valor en alrededor de 82 millones de dólares, una caída superior al 90%. Es el ejemplo más puro de unicornio zombi: el negocio continúa, pero la valoración que lo convirtió en unicornio se ha evaporado.
SonderMind: el desplome extremo. La plataforma estadounidense que conecta pacientes con profesionales de salud mental alcanzó el estatus de unicornio en julio de 2021, cuando levantó 150 millones de dólares en una ronda liderada por Drive Capital y Premji Invest, que la valoró en más de 1.100 millones. El capital debía financiar una rápida expansión nacional, en pleno auge de la telemedicina y la salud mental digital. Este caso muestra hasta qué punto una valoración privada alcanzada en pleno entusiasmo inversor puede terminar desconectada del precio que el mercado atribuye posteriormente al negocio.
Getir: de los millones a la retirada internacional. Esta compañía turca de entrega ultrarrápida alcanzó 11.800 millones de dólares en marzo de 2022 después de levantar 768 millones. Su expansión exigía una costosa red de almacenes urbanos, inventario propio y repartidores. Dos meses después de aquella ronda ya anunció recortes de plantilla; en 2023 comenzó a abandonar mercados y en 2024 salió de Estados Unidos, Reino Unido y del resto de Europa para concentrarse en Turquía. En 2026 Uber adquirió su negocio de reparto. Es uno de los símbolos de la burbuja del 'quick commerce': expansión internacional acelerada y una valoración imposible de sostener cuando desapareció el dinero barato.
Hopin: el unicornio que perdió su mercado. La plataforma de eventos virtuales llegó a valer 7.750 millones de dólares en 2021 y captó más de 1.000 millones de inversores como Andreessen Horowitz, General Catalyst, Coatue y Tiger Global. Su crecimiento coincidió con el cierre de congresos y reuniones presenciales: los inversores destinaron más de 1.500 millones al conjunto de 'start up' de eventos virtuales entre 2020 y 2021. Cuando regresaron los encuentros físicos, el mercado se contrajo, Hopin es un ejemplo de cómo una gran demanda provocada por una crisis puede confundirse con un cambio del mercado.
Convoy: cuando el zombi termina muriendo. La plataforma estadounidense de transporte de mercancías llegó a una valoración de 3.800 millones de dólares en abril de 2022, después de captar una ronda de 260 millones. Dieciocho meses después cerró sus operaciones en plena recesión del transporte. Flexport terminó comprando su tecnología y algunos activos. Convoy ya no es un zombi: es el recordatorio de cuál puede ser el último estadio del proceso cuando no aparece una nueva ronda, una IPO o un comprador dispuesto a reconocer la antigua valoración.
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