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La seriedad y la ficción

La seriedad y la ficción
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La brecha entre la diplomacia de Macron y el personalismo de Trump pone a prueba ocho décadas de alianzas occidentales. Leer
Ensayos liberalesLa seriedad y la ficción
  • TOM BURNS MARAÑÓN
Actualizado 6 ABR. 2026 - 00:07Emmanuel Macron y Donald Trump.EFE

La brecha entre la diplomacia de Macron y el personalismo de Trump pone a prueba ocho décadas de alianzas occidentales.

A la vuelta hoy a la rutina tras la disparatada Semana Santa de un mundo en guerra, lo más sensato de lo mucho dicho en las pasadas jornadas corrió a cargo del cerebral Emmanuel Macron. Refiriéndose a Donald Trump, el presidente de Francia dijo que uno no debe contradecirse un día sí y otro también.

"Se habla demasiado," dijo Macron, "y todos necesitamos calma, un retorno a la paz - esto no es un show (un espectáculo)-". No dejó ahí la cosa como manda el protocolo diplomático: "Cuando uno quiere ser tomado en serio no puede ir por la vida diciendo lo contrario de lo que ha dicho el día anterior. Y quizás no debería hablar todos los días".

Macron daba rienda suelta a su creciente frustración con el presidente de Estados Unidos y al hacerlo no hacía más que repetir lo que está en la conversación global y, muy particularmente, en la de los aliados en ambas orillas del Atlántico Norte, Europa y Canadá.

Está en juego la armonía y la prosperidad en las democracias liberales y lo que difícilmente se soporta es la incoherencia que emana de la Casa Blanca.

En distintos momentos a lo largo de Semana Santa Trump dijo que la Guerra del Golfo estaba prácticamente ganada y que Estados Unidos no necesitaba el apoyo de sus aliados; que el conflicto no había acabado y que estaba a la espera de que los aliados secundasen la operación militar de Estados Unidos; que los aliados deberían actuar por su cuenta y "hacerse" con el crudo que está bloqueado en el estrecho de Ormuz.

Trump se muestra triunfalista en una intervención e impaciente y malhumorado en la siguiente. Recurre al más repugnante chantaje cuando dice que dejará de enviar armas a Ucrania si los europeos se mantienen al margen de su Guerra en el Golfo, guerra que él comenzó sin consultarles. Y al prolongarse el conflicto se refugia en las patéticas respuestas del perdedor: la bravucona amenaza de devolver Irán a "la edad de piedra" y el victimista señalamiento de chivos expiatorios (los europeos que le dejan solo).

Ya pueden los líderes de las democracias liberales, y los que lideran, preguntarse ¿en qué quedamos? y ¿cómo nos podemos fiar de Trump?

Por lo pronto se constata que las relaciones de los aliados con su litigante socio comercial y su tacaño proveedor militar pasan por una pésima etapa. De momento, Trump no ha vuelto a demandar la entrega de Groenlandia pero seguramente lo volverá a exigir cuando termine, porque de alguna manera se terminará, la Guerra del Golfo.

Trump ha repetido estos días lo que ya decía en su primer mandato: que "[la OTAN] nos ha tratado muy mal"; que "[la OTAN] nos volverá a tratar mal si la necesitamos"; que "absolutamente y sin dudarlo", el abandono de la OTAN por Estados Unidos está "bajo consideración".

De tanto hablar de ella, la supuesta brecha irreparable de una alianza que ha durado con éxito ocho décadas corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida. Y si se realiza el vaticinio no hay que ser Henry Kissinger para anticipar las consecuencias de tal quiebra.

Si se cae el pilar de seguridad y defensa se derrumbarán una tras otra todas las demás columnas del edificio que levantaron los aliados al finalizar en 1945 la Segunda Guerra Mundial con el propósito de proteger los estados de derecho.

Quien con mayor claridad ha entendido y expresado este riesgo ha sido Mark Carney, el primer ministro de esa ejemplar democracia liberal que es Canadá. El pasado mes de enero en el Foro Económico de Davos, Carney ya avisó que la decadencia de un orden mundial basado en reglas que se creó en la posguerra había dejado de ser un tema especulativo que manejan agoreros.

El canadiense, un firme creyente en "reglas", porque fue gobernador del Banco de Inglaterra antes de pasar a la política, dijo que se había producido una ruptura y que el quebrantamiento era un hecho observable, verificable e inapelable. Lo más memorable de su arenga fue la perspicacia que mostró cuando dijo que el relato de un orden internacional regido por pautas consensuadas era "parcialmente falso".

El canadiense Mark Carney dijo que los poderosos se saltaban las normas cuando les convenía, que las reglas de comercio se imponían de manera asimétrica y que la aplicación del derecho internacional tuvo siempre un rigor variable porque dependía de la identidad del acusador y de la víctima.

El rules based international order era, sin embargo, una ficción útil y la hegemonía americana ayudó a que lo fuese. Los mares estaban abiertos para el comercio, el sistema financiero era estable, la seguridad era un asunto colectivo y se crearon cuantos marcos eran requeridos para resolver querellas.

Ahora, el frívolo show trumpiano de America First ha conseguido desenmascarar ese ficticio relato.

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Fuente original: Leer en Expansión
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