Niño prodigio de las letras escandinavas, escritor de culto al que se le reedita sin cesar en numerosas lenguas, anarquista, incisivo, irreverente y amante de las alegorías, el escritor sueco Stig Dagerman (1923) no dejó de quemar a toda velocidad etapas incendiarias ... de su corta vida hasta su suicidio a los treinta y un años, en 1954.
En su veloz y efervescente vida, entre 1945 y 1949, y de los 21 a los 26 años tan solo, escribió cuatro novelas (entre ellas una magnífica obra maestra de inspiración autobiográfica, 'Niño quemado', en Nórdica), obras de teatro, cuentos, poemas, numerosos artículos (en algunos de ellos presentaría al público sueco las obras de Kafka, Camus y Faulkner), un célebre reportaje por Alemania recién acabada la guerra ('Otoño alemán') y un atormentado y último texto titulado 'Nuestra necesidad de consuelo es insaciable', donde ya parecía que todas las ansiedades y el profundo dolor de vivir se habían dado cita, definiéndose como un condenado a muerte «con breve permiso carcelario«.
Hijo de una madre que lo abandonó muy pronto, nacido en una pequeña granja del norte de Suecia, fue criado por su padre, un obrero anarcosindicalista amigo de Federica Montseny. Desde muy pronto se sintió rechazado, sobre todo en el entorno burgués de su instituto de Estocolmo, donde era despreciado por ser el hijo de un trabajador. No tardó en sumergirse en la militancia y en la política, convirtiéndose en crítico del periódico 'Arbetaren' (El Trabajador), órgano del movimiento anarcosindicalista sueco.
Su primera novela, escrita con tan solo 21 años, sería el relato simbólico, muy crítico con el ejército, y uno de los mejores sobre la Segunda Guerra Mundial de corte pacifista, 'La serpiente'. Brillante metáfora, el centro del mundo regido por Dagerman estaría aquí más marcado que nunca por el miedo. Un miedo que a algunos «les han estado inoculando desde que les alcanza la memoria en dosis muy pequeñas, por lo que se han vuelto prácticamente inmunes».
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La historia transcurre en un cuartel sueco. Como protagonista, entre lo real y lo fantástico, está una serpiente que se arrastra por todas las escenas y en diversos momentos. Es la materialización difusa y obsesiva de ese miedo que nadie expresa en palabras: está la serpiente capturada por Bill, un soldado de segunda, que la utiliza para imponerse a quienes le rodean; pero también la serpiente que, traída de vuelta al cuartel por uno de los soldados, escapa de su prisión y sume en el terror al puñado de hombres que permanecen en este enorme edificio polvoriento y vacío tras la partida del regimiento para las grandes maniobras.
Stig Dagerman da vida aquí a la angustia de estar fantasmalmente a la espera, como en una obra del italiano Dino Buzzati o del francés Julien Gracq. En esos momentos, Suecia es neutral, pero a pesar de ello, el ambiente es denso, lleno de ansiedad y aprensión, como inmerso en una pesadilla. Los soldados pasan el tiempo contando historias, intentando superar el insomnio y evitando la ansiedad de algo que puede suceder en cualquier momento: ser llamados a morir o a la obligación de tener que matar.
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'La serpiente', de Stig Dagerman, una obra maestra pacifista
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