Jugó la selección española contra Egipto en Cornellá y muchos aficionados españoles pitaron el himno egipcio y cantaron «Musulmán el que no bote». El partido no se suspendió, pero las condenas fueron inmediatas, aunque no unánimes. Entre quienes no censuran el cántico hay dos grupos: la voxemia y Arcadi Espada. Yo discrepo de la voxemia, como casi siempre, y de Arcadi, como cuando habla de percebes deconstruidos.
Sostiene Arcadi que esos gritos no son racistas ni xenófobos, pues no se dirigen contra rasgos no elegidos, como la raza. Así, el «Musulmán el que no bote» sería análogo al «Fascista el que no vote». La crítica al musulmán quedaría, por tanto, amparada por la libertad de expresión porque la fe religiosa no es ineluctable. Dejaré de lado la paradoja -no sea que me acusen de ad hominem-, pero sorprende que Arcadi, que niega el libre albedrío, confíe en nuestra capacidad para elegir (¡precisamente!) una religión. Si algo parece poco elegible son los marcos en los que nacemos y nos socializamos.
Pero lo relevante no es la supuesta capacidad de elegir de los señalados, sino las intenciones de quienes cantaban. Es inverosímil que «Musulmán el que no bote» sea una crítica al dogma religioso, es decir, una versión poco refinada de Christopher Hitchens. No conozco el grado de ilustración del graderío, pero intuyo que su objetivo no era el dogma, sino el moro. Atendiendo a su función en el discurso, el cántico no critica una religión, sino que señala un colectivo. «Musulmán» opera aquí como metonimia reductora: no designa una fe elegida, sino una etnia. Y en ese desplazamiento, el término deja de ser descriptivo y pasa a ser esencializante.
Las justificaciones de la voxemia son más rudimentarias: en otros contextos se pita el himno de España, se canta «español el que no vote» o se ridiculiza lo católico. Es comprensible la irritación ante un ecosistema que ha tolerado estas expresiones, pero la compensación simbólica solo refuerza la degradación. Hay que despenalizar las ofensas a los sentimientos religiosos, sí, pero no dejar de condenar el señalamiento identitario.
Llama además la atención el desplazamiento del objeto de agravio: quienes se presentan como agraviados por los insultos a lo español no dirigen su respuesta contra las aficiones o espacios mediáticos vinculados al nacionalismo vasco o catalán, sino hacia los musulmanes. Lejos de resolver el agravio inicial, lo instrumentalizan contra ellos. Quizá porque han asumido que los musulmanes son la antítesis de lo español y, por tanto, el objeto ideal de su venganza.
Es plausible sostener que existe un cierto «despertar» del españolismo frente a lo que se percibe como agravios acumulados o un trato desigual en el espacio público. Sin embargo, ese despertar no se está canalizando hacia la exigencia de reglas más consistentes y universales. En lugar de impugnar el patrón de descalificación identitaria, una parte de la reacción social opta por incorporarlo como repertorio legítimo propio. Con esta reacción se amplía el número de actores que participan en la perversa lógica circular del agravio y el insulto, y se difumina el principio que permitía denunciarla. Es una pena que, más que un despertar contra el odio, lo que se observa en estos episodios es un espíritu competitivo, en el sentido más triste del término.