Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Información del artículo- Autor, Sofia Quaglia
- Título del autor, BBC Earth
- Fecha de publicación 21 minutos
El arqueólogo Alden Yépez camina por un campo de hierba verde brillante, blandiendo su machete oxidado de un lado a otro para abrirse paso entre la vegetación tropical, que le llega a la altura de los hombros.
Sigue con cierta prisa las indicaciones de su GPS portátil: debemos salir del pastizal antes del atardecer.
Sin embargo, a este ritmo, bastan 30 minutos de marcha ágil para emerger de esa vegetación que parece abalanzarse sobre uno.
"Ya estamos aquí", dice jadeando.
Ahora, él y yo nos encontramos rodeados de colinas pequeñas y empinadas que forman algo parecido a un laberinto a nuestro alrededor.
Una vez dentro del conjunto de formaciones, su carácter artificial se hace evidente: entre la hierba alta se distingue un sendero profundo y alargado, así como ocho montículos dispuestos según un patrón geométrico.
Una de las colinas presenta un corte transversal que deja a la vista su interior de estratos de tierra arcillosa en diversos tonos de marrón intenso.
Yépez es experto en la Amazonía antigua y pertenece a la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). El lugar donde nos encontramos es el sitio arqueológico de Huapula.
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Se trata de una de las redes de montículos artificiales más densas halladas hasta la fecha en la llamada "ciudad perdida" amazónica de Ecuador, un vasto sistema compuesto por decenas de agrupaciones similares.
Los arqueólogos locales conocían la existencia de algunas de estas formaciones desde hace 50 años, pero la verdadera magnitud de este paisaje urbano de 3.000 años de antigüedad ha salido a la luz recientemente gracias a nuevas tecnologías de cartografía.
Este descubrimiento ha contribuido a desbancar la vieja idea de que los antiguos habitantes de la Amazonía vivían únicamente en pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores; por el contrario, refuerza la teoría de que probablemente estaban organizados en civilizaciones sofisticadas, capaces de crear complejas redes urbanas.
No obstante, a medida que conocemos más detalles sobre estos montículos interconectados, queda claro que no eran "ciudades" en el sentido clásico que entendemos hoy en día, sino más bien una forma de urbanismo única de la selva amazónica: de baja densidad y multicéntrica, que aprovechaba tanto las ventajas como las limitaciones del bosque circundante.
Lo que aún no está claro es cómo y por qué se construyó este intrincado mundo, ni qué será de él ahora que ha sido descubierto.
La Amazonía urbana
Fue tras recibir una pista de un amigo que el sacerdote jesuita Pedro Porras comenzó a estudiar las primeras plataformas de tierra de Huapula, en el valle del río Upano, en el este de Ecuador.
En 1978, bajo la sombra del burbujeante volcán Sangay, Porras pasó más de 200 días excavando 15 zonas distintas del valle.
Uno de los lugares de excavación más célebres del sitio de Huapula es aquel donde seccionó un gran montículo central para observar la estratificación del barro: el mismo por el que caminamos Yépez y yo.
Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Pie de foto,En la década de 1990, los arqueólogos comenzaron a ampliar su trabajo mediante otras excavaciones pequeñas y dispersas, así como intentos preliminares de cartografía.
Más tarde, en julio de 2015, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) de Ecuador decidió cartografiar un área de 600 km² utilizando tecnología de detección y medición por luz (conocido como LiDAR por su acrónimo en inglés).
Técnicos del INPC sobrevolaron el valle en avión y dispararon millones de pulsos láser hacia el suelo.
El sistema LiDAR emplea haces de luz ultrafinos que se filtran a través de los pequeños huecos del follaje, rebotan en el terreno y devuelven una gran cantidad de datos que permiten elaborar detallados mapas tridimensionales del suelo.
Diversos análisis recientes de estos datos —publicados cerca de una década después de que se realizaran los escaneos iniciales— han revelado que los descubrimientos preliminares de Porras formaban parte de un panorama mucho más amplio de lo que se había apreciado anteriormente.
El sitio alberga una vasta y extensa red de casi 7.500 estructuras artificiales, según uno de estos análisis publicado en 2023 por expertos contratados por el INPC.
Entre ellas se incluyen más de 5.000 plataformas de tierra, cerca de 1.500 colinas y cientos de montículos redondeados, además de espacios similares a plazas, terrazas, senderos, caminos, zanjas y sistemas de drenaje.
Al parecer, los antiguos habitantes de la Amazonía construían enormes y sofisticados núcleos urbanos; moldeaban el barro del suelo selvático para crear colinas y montículos donde vivir y reunirse, además de trazar caminos y, posiblemente, canales fluviales para conectarlos entre sí.
Una red extensa
"Se trata de tierra compactada pura que ellos mismos moldearon, orientaron y ubicaron", afirma Rita Litben, investigadora independiente radicada en Guayaquil e integrante del equipo de dos personas encargado por el INPC de analizar inicialmente los datos.
"Hablamos de elementos naturales que transformaron en enormes obras de ingeniería en tierra".
Durante siglos se asumió que, antes de la llegada de los españoles a América en el siglo XV, la geografía y el clima de la Amazonía solo permitían el asentamiento de pequeñas poblaciones dispersas de cazadores-recolectores.
Esta idea se consolidó en la teoría —hoy desacreditada— del determinismo ambiental, popularizada en las décadas de 1950 y 1960 por la arqueóloga estadounidense Betty Meggers, quien sostenía que el clima tropical, cálido y hostil del Amazonas obstaculizaría naturalmente el progreso humano.
Sin embargo, los recientes hallazgos en el valle del Upano se suman a un creciente conjunto de investigaciones que emplean tecnología LiDAR —con estudios realizados en Brasil, Colombia y otros lugares—, que sugieren que la Amazonía ha sido, en realidad, el hogar de civilizaciones sofisticadas y en desarrollo que transformaban sistemáticamente el paisaje para adaptarlo a sus necesidades sociales.
"A la luz de esta nueva tecnología, debemos replantearnos los asentamientos amazónicos y reconsiderar nuestra perspectiva sobre lo que realmente fueron las poblaciones de la Amazonía", afirma Litben.
Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Pie de foto,Según señalan diversos análisis de los datos del INPC, las plataformas que conforman estas redes suelen organizarse en grupos de tres a seis unidades alrededor de un espacio similar a una plaza, a menudo con otra plataforma situada en el centro.
La mayoría de estos montículos —conocidos localmente como "tolitas"— tienen una altura de entre 2 y 3 metros y una forma rectangular, con lados que oscilan entre 10 y 20 metros.
Los investigadores sugieren que las civilizaciones amazónicas probablemente habitaban sobre estos montículos más pequeños, ya que es allí donde los arqueólogos han hallado vestigios de objetos cotidianos, como vasijas, piedras de moler y semillas cocidas.
Sin embargo, algunas redes están compuestas por plataformas de dimensiones mucho mayores: superan los 4,5 metros de altura —llegan a veces a 8 metros— y alcanzan medidas de hasta 40 por 140 metros.
Los investigadores plantean que es en estas estructuras donde probablemente se desarrollaban actividades ceremoniales, dado que los arqueólogos no han encontrado en ellas indicios significativos de actividad humana o restos de alimentos.
"Se necesitaba mucha gente para crear esas plataformas; había muchas personas viviendo allí, trabajando y transformando la selva", afirma Alejandra Sánchez Polo, arqueóloga de la Universidad de Valladolid (España) y coautora de los análisis del INPC.
Varios expertos intentan ahora estimar el posible tamaño de la población, partiendo de los montículos y calculando cuánto suelo podría haber transportado cada persona al día para construir tal cantidad.
De todas formas, nadie se atreve todavía a aventurar una cifra concreta.
"Fue una gran sorpresa ver la extensión de estas ciudades", comenta Stéphen Rostain, arqueólogo con amplia experiencia en la zona de Upano y director de investigación del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) de Francia.
"Algunos hablan de 10.000, 30.000 o 100.000 habitantes, pero no puedo afirmar nada sin datos sólidos que lo respalden", advierte.
Un trazado en cuadrícula "casi perfecto"
El trabajo de Rostain sugiere que las redes de montículos estaban interconectadas mediante un sofisticado sistema de caminos.
Estas vías excavadas tenían entre 2 y 15 metros de anchura y hasta 5 metros de profundidad.
Podían extenderse a lo largo de 25 kilómetros y es probable que conectaran dichas redes con otras comunidades del valle, posiblemente con fines comerciales.
Los caminos son también sorprendentemente rectos, a pesar de las irregularidades naturales del terreno.
"Nunca hubiéramos imaginado que fuera posible organizar un asentamiento tan extenso siguiendo un patrón de cuadrícula; es casi perfecto", señala Rostain.
Rostain sugiere asimismo la existencia de campos de cultivo que abarcaban cientos de metros cuadrados, organizados en sistemas de parcelas geométricas y dotados de una red de pequeños canales de drenaje y terrazas interconectados.
Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Pie de foto,En el suelo sumamente fértil de la zona, los habitantes amazónicos cultivaban maíz, frijoles, yuca y batata, según el análisis que él realizó de los granos de almidón hallados en antiguas piezas de cerámica descubiertas.
Bebían chicha —una bebida fermentada de maíz que sigue siendo popular hoy en día— y, dada la gran cantidad de fragmentos de cuencos que Rostain ha desenterrado durante sus años de excavación en los alrededores del valle del Upano, conjetura que las ceremonias de consumo colectivo de bebidas probablemente eran muy frecuentes.
"La Amazonía no fue el fin de la civilización, fue su cuna", afirma.
No las llamen "ciudades"
El artículo de Rostain sobre el valle del Upano causó un gran revuelo mediático cuando se publicó en 2024.
Sin embargo, también recibió críticas por posibles imprecisiones —especialmente por parte del equipo de Yépez— y por no reconocer adecuadamente la labor de Litben y Sánchez Polo, entre otras cuestiones.
Rostain rechaza con vehemencia las críticas del equipo de Yépez y asegura que desconocía el análisis encargado por el INPC a Litben y Sánchez Polo mientras redactaba su propio trabajo.
La amplia cobertura mediática hizo que las formaciones de tierra del valle del Upano recibieran el título de "ciudades perdidas de la Amazonía", y la revista Science destacó el artículo de Rostain en su portada con la frase "ciudad perdida".
No obstante, esta denominación inquietó a algunos expertos.
En un artículo de 2025, Kathryn Reese-Taylor, antropóloga de la Universidad de Calgary (Canadá), analizó cómo los medios de comunicación han exagerado diversos hallazgos realizados con tecnología LiDAR, incluidos los del valle del Upano.
La palabra "perdido", señala, implica algo que "ya no se conoce" o que está "en ruinas o destruido".
Pero los habitantes y arqueólogos de la zona conocían y estudiaban los montículos mucho antes de los nuevos trabajos con LiDAR, aunque no comprendían del todo la magnitud de sus redes.
Las comparaciones con Roma confieren a los hallazgos una grandiosidad excesiva, ya que, según apunta, su tamaño "apenas admite comparación" con esa ciudad europea.
Por su parte, Rostain insiste en que su investigación nunca estableció comparaciones con Roma ni describió el descubrimiento como una "ciudad perdida".
Algunos incluso sostienen que calificar de "ciudad" al conjunto de montículos del valle del Upano podría restarle valor.
"Son algo así como el alter ego del urbanismo europeo basado en ciudades, en el sentido de que son multicéntricos y de baja densidad; es decir, una forma de urbanismo sin ciudades", afirma Michael Heckenberger, antropólogo de la Universidad de Florida.
Heckenberger no participó en los estudios del valle del Upano, pero investiga el urbanismo amazónico en Brasil y ha popularizado los términos "ciudades jardín" y "urbanismo galáctico".
Fuente de la imagen, Getty Images
Pie de foto,"De repente, la Amazonía nos muestra una forma alternativa de urbanismo que no es —en un sentido evolutivo— inferior a las ciudades europeas; es un tipo de urbanismo diferente, igualmente complejo", asegura.
No obstante, Heckenberger señala que el valle del Upano se encuentra muy cerca de los Andes y posee una topografía única, por lo que no debería presentarse como un modelo representativo de todo el urbanismo amazónico.
Además, queda mucho por descubrir sobre cómo funcionaba este antiguo urbanismo.
Un rompecabezas inconcluso
Durante el trayecto en auto entre las visitas a los montículos, Jonathan Panimboza Deleg —ingeniero geógrafo y ambiental que analiza los datos del equipo de Yépez en la PUCE— me muestra en su computadora una representación tridimensional en tiempo real del valle del Upano.
Al señalar un grupo de pequeñas estructuras con forma de pirámide, comenta que podrían ser montículos, aunque los datos LIDAR aún no son lo suficientemente completos para confirmarlo.
Hasta el 90% de estos puntos de datos permanecen sin clasificar, explica, y podrían revelar aún más segmentos de la red.
Los resultados actuales representan solo una parte del sistema completo del Upano, ya que hasta ahora solo se ha estudiado la mitad del área escaneada por el INPC.
Yépez y Panimboza Deleg tienen otra teoría sobre el uso adicional que se daba a los montículos y plazas del valle del Upano: la gestión del agua.
Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Pie de foto,En una de las salidas que hice con ellos para buscar montículos ocultos entre la hierba alta, la lluvia nos empapó sin tregua durante horas; el agua corría bajo nuestras botas de goma y el barro me llegaba hasta las rodillas.
Debido a este clima, los dos investigadores plantean la hipótesis de que las redes de montículos pudieron haber sido diseñadas, en realidad, como "ciudades osmóticas"; más que caminos, muchas de las zanjas podrían haber sido canales de drenaje que se llenaban como ríos y canalizaban el agua según las necesidades de la sociedad durante los períodos de lluvias intensas.
Las plazas, añade Yépez, tal vez servían como reservorios de agua.
Esta teoría sería "una prueba aún mayor de la gran capacidad de adaptación de los pueblos amazónicos", indica.
Su equipo de investigación trabaja actualmente para corroborar esta hipótesis.
Rostain, sin embargo, califica esta teoría de "ridícula" e infundada; aunque el clima era húmedo y lluvioso, sostiene que no llegaba a niveles problemáticos y que no existía una necesidad evidente de sistemas masivos de gestión del agua.
¿Quién construyó estas ciudades?
Todavía no está claro cuándo se crearon estos montículos.
En diversas entrevistas, tanto el equipo francés como el equipo encargado por el INPC y el equipo ecuatoriano dirigido por Yépez sugieren, de forma tentativa, una antigüedad de entre 2.500 y 3.000 años.
Un aspecto crucial es que tampoco se sabe si todos los montículos se construyeron y habitaron al mismo tiempo.
El LiDAR ofrece una imagen plana de las estructuras que perduran hoy en día, pero no indica cuándo se construyeron ni durante cuánto tiempo se utilizaron.
Si se hubieran construido y habitado simultáneamente, ello implicaría que la civilización era extensa, altamente sofisticada y probablemente organizada bajo algún tipo de estructura administrativa.
En cambio, construirlos gradualmente —unos pocos cada vez— habría requerido mucha menos organización y una mano de obra más reducida.
Tampoco se sabe si los asentamientos albergaban una gran población residente permanente o si, más bien, recibían a un gran número de personas que iban y venían para participar, por ejemplo, en actividades ceremoniales, señala Yépez.
Fuente de la imagen, Museo Gonsha/Doménica Ortega
Pie de foto,Él sugiere que las estructuras pudieron haber sido creadas para imitar los montículos naturales: pequeñas acumulaciones formadas por los restos del cercano volcán Sangay.
Yépez considera probable que los antiguos habitantes del Amazonas utilizaran inicialmente estos montículos naturales como plataformas para sus viviendas y que, a medida que crecía la población, decidieran intentar replicarlos.
"Buscaban las formas del terreno más idóneas", afirma.
Otros investigadores han examinado hasta qué punto los antiguos habitantes amazónicos talaron el bosque o construyeron respetando el entorno forestal, así como la intensidad con la que cultivaron las tierras circundantes.
"Estos bosques tienen una capacidad asombrosa para regenerarse, por lo que resulta muy difícil determinar dónde hubo asentamientos humanos en el pasado", dice Mark Bush, paleoecólogo del Instituto de Tecnología de Florida.
Según explica, la vegetación que observamos hoy en el valle del Upano es fruto de cambios ocurridos en los últimos 200 o 300 años, y no de la época antigua.
Lo que sigue siendo un misterio es qué tipo de sociedad habitaba estos montículos y cómo era su cultura.
"Se ha hecho poco en cuanto a cuestiones más antropológicas" como una gestión jerárquica, un plan y una forma de jefatura, afirma Florencio Delgado, profesor de antropología de la Universidad San Francisco de Quito e integrante del equipo ecuatoriano que estudia los montículos.
"Todavía faltan muchas piezas en el rompecabezas", cuenta Delgado.
Un problema evidente es que apenas hay rastros de los seres humanos que realmente habitaron el lugar.
Las excavaciones en la zona aún no han hallado cementerios ni restos óseos: "Una de las preguntas más importantes para mí es: ¿dónde está la gente?", comenta Delgado.
No tan "perdida" después de todo
En el discurso de la "ciudad perdida" que ha rodeado a este urbanismo amazónico, las redes de montículos suelen describirse como si hubieran estado ocultas al mundo, lejos de la civilización y envueltas por el denso y húmedo dosel de la selva, donde nadie habría dado jamás con ellas.
Pero esa descripción no es exacta. Al igual que en la antigüedad, gran parte del valle del Upano está habitada actualmente por personas.
Si bien los complejos de montículos están oficialmente bajo la protección del INPC, muchos de ellos se encuentran en terrenos privados.
Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Pie de foto,Algunos agricultores están molestos por no poder sembrar sus tierras adecuadamente y suelen intentar destruir los montículos presentes en sus terrenos, según Carmen Quito, quien administra las 1.450 hectáreas de tierras agrícolas que rodean el complejo de Huapula.
Otros habitantes locales se sienten orgullosos de los hallazgos arqueológicos y se esfuerzan por protegerlos.
En Morona, provincia que alberga más de 5.300 de los montículos catalogados hasta la fecha, un grupo de siete aficionados a la historia local ha puesto en marcha un programa independiente de vigilancia voluntaria para proteger estas estructuras.
Se trata de un equipo heterogéneo —integrado por un científico de datos, un arquitecto, un guía turístico y un diseñador, entre otros— que se autodenomina "Guardianes del Patrimonio".
Desde el verano de 2025, trabajan para denunciar sistemáticamente ante las autoridades cualquier destrucción de montículos, educar a los propietarios locales sobre la historia de esta red de estructuras y organizar visitas para los recién llegados interesados.
En Pablo Sexto, una localidad de la provincia, se ha creado un pequeño parque arqueológico para reconocer el valor de sus montículos.
Situado junto a la plaza central del pueblo, el parque alberga tres grandes montículos antiguos, acompañados de enormes letras de plástico blanco que forman la palabra "tolitas" y de paneles informativos con datos históricos.
Yajaira Ramón Rodas, alcaldesa de la localidad, dice creer que, con el tiempo, las tolitas reportarán beneficios a los actuales residentes de la zona: "Siempre les decimos a nuestros ciudadanos: 'Aquí van a tener algo de gran valor'".
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