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La victoria de Irán

La victoria de Irán
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El que examine las cosas por un cristal sin color sabe que EEUU no ha conseguido lo que quiso cuando atacó junto a Israel a Irán sin tener el visto bueno del Congreso y sin consultar a sus aliados. Lejos de haber sido humillados, los ayatolás acaso han conseguido reforzar su sanguinario régimen. Leer
Ensayos liberalesLa victoria de Irán
  • TOM BURNS MARAÑÓN
Actualizado 19 JUN. 2026 - 00:27Una calle de Teherán, ayer.ABEDIN TAHERKENAREHEFE

El que examine las cosas por un cristal sin color sabe que EEUU no ha conseguido lo que quiso cuando atacó junto a Israel a Irán sin tener el visto bueno del Congreso y sin consultar a sus aliados. Lejos de haber sido humillados, los ayatolás acaso han conseguido reforzar su sanguinario régimen.

Estados Unidos e Irán tienen previsto anunciar hoy en Ginebra un alto el fuego de sesenta días en el conflicto del Golfo y un compromiso de alcanzar un acuerdo de paz a mediados de agosto. Ha llegado, por ello, el momento de entonar aquello de "En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira" que es por lo que se le recuerda a su autor, el ilustre asturiano del XIX Ramón de Campoamor. Se puede corear la escéptica frase de aquel poeta que se ganó la vida como cronista parlamentario porque se está con los relatos de quien ha triunfado y quien ha salido todo menos victorioso en una guerra que ha durado casi cuatro meses. Churchill, que prefería hablar de triunfos que de desastres en el campo de batalla, decía que la victoria requiere magnanimidad y la paz buena voluntad. ¿A quién le tocará ser positivo y repartir generosidad hoy? Lo único seguro es que Washington y Teherán rivalizarán por colocar en primer lugar su relato de lo que ocurrió.

Perder, lo que se dice perder en este mundo traidor, perdieron los que soportaron la feroz destrucción de miles de vidas y que ahora siguen aguantando un régimen que les aterroriza. Ganar, por el contrario, han ganado los ayatolás aunque Donald Trump, con su particular cristal, dice que ha ganado él.

Se puede y se debe recurrir a Campoamor porque, en estas coyunturas cuando cada cual barre para casa, dice misión cumplida y canta victoria, proliferan las engañosas lentes de colorines.

Se debe exigir que los relatos sean verídicos y transparentes. No vale, por ejemplo, que Trump diga que ha sido el primer presidente que ha logrado la paz con Irán desde que triunfaron los ayatolás en la revolución de 1979. El 28 de febrero pasado Trump fue el primer presidente estadounidense en declarar la guerra a Irán y ha tenido que pactar una tregua para detener el conflicto que él inició y cuyo curso no podía controlar.

No vale decir que gracias a Trump se ha vuelto a abrir el estrecho de Ormuz, la principal arteria energética del mundo. "Arranquen sus motores", dijo Trump a las tripulaciones de los barcos atrapados. Esto resulta hasta frívolo puesto que fue él quien impuso el bloqueo. El desfiladero por donde pasa el veinte por ciento del crudo que necesitan los países industrializados estaba abierto antes de que Trump ordenase el comienzo de la Operación Furia Épica.

El cese de hostilidades es la condición indispensable para un futuro estado de conciliación y concordia pero no asegura ser el prólogo de un posterior acuerdo de paz. El 8 de abril Estados Unidos e Irán acordaron un alto el fuego de quince días que fue de inmediato violado y que lo siguió siendo repetidas veces por ambos contrincantes.

A pesar de ello, el proceso pacificador siguió en pie. Escenificado en Islamabad, fue tutelado por Pakistán, el país anfitrión y la única potencia nuclear musulmana en el mundo, y por Catar, el país mediador más experimentado en el permanente conflicto de Oriente Medio. Ambos ahora disponen de dos meses para ejercer sus artes diplomáticas.

Mediación

La tarea mediadora que tienen por delante es intimidadora porque no se dan las condiciones que se tienen por ineludibles para que tal proceso tenga posibilidad de éxito. De toda la vida, se firma un acuerdo de paz cuando una de las partes concluye que a todos los efectos ha logrado sus propósitos al vencer al adversario y cuando este acepta la derrota y se rinde incondicionalmente. El que desconfía de relatos interesados y mira el acuerdo de paz a través de lentes luminosas sabe muy bien que este caso no se ha dado, por mucho relato que ha dicho lo contrario en vísperas del anuncio formal del alto el fuego. Tanto Estados Unidos como Irán dicen "tú has perdido, yo he ganado".

El que examine las cosas por un cristal sin color sabe que Estados Unidos no ha conseguido lo que quiso cuando, en una acción coordinada con Israel, atacó Irán sin tener el visto bueno del Congreso de los Estados Unidos y sin consultar ni a sus aliados de la OTAN ni a los Estados amigos del Golfo, donde operan importantes bases militares.

Trump, poderosamente influido por Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel, esperaba el colapso del poder de los ayatolás. Anticipaba un levantamiento cívico que agradecería la intervención y la aprovecharía para enviar al basurero de la historia a los fanáticos clérigos que martirizaban la sociedad. "Al gran y orgulloso pueblo de Irán le digo esta noche que ha llegado la hora de su libertad," dijo Trump.

Los errores de Trump no deberían alegrar ni a liberales ni a biempensantes. El mundo sería un lugar mucho más seguro para la democracia liberal si hubiera caído el régimen de Teherán. El mundo es más peligroso debido a los despropósitos de Trump.

Lejos de haber sido humillados. los ayatolás acaso han conseguido reforzar su sanguinario régimen y su represora teocracia. A pesar de Afganistán y de Irak y, si nos remontamos en el tiempo, de Vietnam, Estados Unidos sigue sin reconocer que por regla general el uso de la fuerza para forzar un regime change está condenado al fracaso.

Tampoco ha conseguido Trump desarmar la capacidad nuclear iraní. "Teherán nunca será una potencia nuclear" fue desde el principio del latiguillo que empleó el presidente de Estados Unidos para justificar la violencia aérea que Washington descargó sobre Irán. Dijo que Irán sería reducido "a la edad de piedra" si los ayatolás persistían en desafiarle.

Las negociaciones que Estados Unidos reemprende hoy con Irán tienen como objetivo principal el poner fin al programa nuclear de los ayatolás y es en este punto donde Trump se juega cualquier credibilidad que pueda seguir teniendo como pacificador de la región más conflictiva del mundo.

Envalentonado, el régimen de los ayatolás no renuncia a ese programa. ¿Por qué iba a hacerlo? Está inmensamente orgulloso de lo que tiene escondido en las profundidades de montañas donde las instalaciones están a salvo de los masivos explosivos que lanzan los temidos B-2, los bombarderos estratégicos de la USAF.

Nadie en su sano juicio puede estar en desacuerdo con la determinante prohibición del enriquecimiento de uranio por Irán y de los demás pasos que emprende para construir un arsenal nuclear que convertiría a Teherán en el poder dominante de la región. El problema es cómo imponer ese tabú.

El sentido común dicta que el objetivo Stop the bomb podría posiblemente ser alcanzable si se recupera la táctica del palo (sanciones) y de la zanahoria (subvenciones e inversiones) que empleó la administración de Barack Obama hace más de una década. Se logró entonces una serie de pautas en el programa nuclear iraní y una supervisión internacional para asegurar que su desarrollo no tuviese fines militares. Esa iniciativa diplomática no era perfecta pero quizás fuese lo más que cabía esperar en aquella coyuntura. Se decía que lo importante era crear un espacio de confianza compartido que permitiría ir perfeccionando los compromisos que se habían adquirido y añadir otros más exigentes.

Lo que consiguió Obama

La viabilidad de lo que consiguió Obama en 2015 nunca fue puesta a prueba porque Trump derogó aquel acuerdo el año siguiente cuando llegó al poder. Desde entonces, en su primer mandato y ahora en su segundo, Trump no ha hecho más que denigrar lo que negoció Obama por la falta de garantías y acusar de enfermiza debilidad a su predecesor por haberlo firmado.

Sin embargo y por mucho que le pese a Trump, durante los próximos sesenta días que Estados Unidos e Irán se han dado para llegar a un acuerdo de paz es posible que los mediadores pongan sobre la mesa una serie de esquemas que se parecerán bastante, o incluso mucho, a los que ya se discutieron entonces. Y existe, por dos razones, el temor de que si el acuerdo no fue perfecto entonces lo será todavía menos ahora.

La primera razón es que se ha disipado la amenaza del empleo de la fuerza bruta para que Teherán entre en razones. Trump la ha empleado y ha sido arrastrado a la mesa de negociación. La segunda razón es la consecuencia directa de la primera.

Si uno se mete en la cabeza de los ayatolás y en la de la Guardia Revolucionaria, el cuerpo de élite que les obedece, Teherán tiene ahora más razones que nunca para tener la bomba nuclear como arma disuasoria ante cualquier ataque futuro. Trump no se mete con Corea del Norte porque la tiene. Y tampoco se meterá con Irán cuando la tenga.

Cuando no hay vencedores ni vencidos la paz se negocia al reconocer ambos combatientes que los objetivos por los que luchan son inalcanzables y que más les vale a los dos dejar de pegar tiros. Y, mírese por el cristal que se mire, estas circunstancias tampoco se han dado en la Guerra del Golfo.

Ni Estados Unidos ni Israel, que lucha por su existencia, abandonarán sus ambiciones de ejercer el poder dominante en una región donde impera la política del suma cero. Tampoco lo harán al tener esa misma mentalidad el régimen iraní y sus franquicias en el Líbano, Iraq, Gaza y Yemen. Nada de lo que dicen es verdad y nada es mentira.

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Fuente original: Leer en Expansión
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