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La vida en la cárcel de Trashorras, el minero que robó los explosivos para los terroristas del 11-M

La vida en la cárcel de Trashorras, el minero que robó los explosivos para los terroristas del 11-M
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La periodista Leticia Álvarez recoge en un libro testimonios inéditos del asturiano condenado a casi 35.000 años de prisión

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Fotoilustración: El Correo La vida en la cárcel de Trashorras, el minero que robó los explosivos para los terroristas del 11-M

La periodista Leticia Álvarez recoge en un libro testimonios inéditos del asturiano condenado a casi 35.000 años de prisión

Leticia Álvarez

Domingo, 8 de marzo 2026, 01:52

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2004 fue un año bisiesto. Febrero regalaba un día más como si quisiera darnos tiempo a frenar lo que estaba por venir. No dio resultado. Todo falló y el 11 de marzo, de mañana, cuando los estudiantes y trabajadores de a pie cogen trenes para llegar a sus destinos, varias bombas empaquetadas siniestramente en mochilas estallaron en sus vagones dejando 191 fallecidos. Hubo dos más. Laura Vega, una joven que murió tras diez años en coma irreversible, y el cabo Francisco Javier Torronteras, muerto en acto de servicio durante el asalto de los geos al piso de Leganés en el que se habían atrincherado parte de los terroristas. Por eso hay estadísticas que hablan de 193 muertos. Los heridos superaron el millar.

Mientras Ifema se convertía en una morgue, los políticos trataban de imponer su relato y conocíamos los primeros avances de las investigaciones… Mientras, noqueados, asistíamos a un enjambre de teorías, se conoce la detención de una pandilla de jóvenes asturianos acusados de facilitar los explosivos a la célula terrorista que perpetró el atentado. Un tal José Emilio Suárez Trashorras, exminero de Avilés, 27 años, había encabezado el robo y la posterior venta de los explosivos y, junto a un grupo de delincuentes comunes, la mayoría amigos de su barrio, había orquestado el traslado de la dinamita a Madrid en varios viajes que todos más o menos hicieron a cambio de hachís y de dinero. Aquella trama situó a un puñado de descerebrados en el centro del mayor atentado perpetrado en suelo europeo y, a día de hoy, solo uno, Trashorras, permanece en la cárcel. Sobre él pesa una condena de casi 35.000 años de los que cumplirá en la práctica 40.

Recuerdo cómo cayó esa noticia en la redacción del periódico. Supuso un salto de nivel en la conmoción y, en consecuencia, el despliegue de un equipo de periodistas focalizado en investigar quiénes eran aquellos chavales, cómo lo hicieron, por qué. Para muchos aquello ya es historia, pero en un diario regional como 'El Comercio' ese capítulo es informativamente imperecedero. Indeclinable. Bajo esa premisa, he seguido desde entonces todo el proceso. Más aún cuando en varias informaciones publicadas en los días posteriores al atentado desvelamos que Trashorras ya robaba explosivos y los colocaba en el mercado clandestino en 2001, tres años antes de la matanza. Esa exclusiva abrió una nueva vía de investigación paralela a la del 11-M y entró de lleno en la instrucción del proceso por su relevancia y porque ponía en evidencia una serie de fallos policiales que impidieron frenar su actividad delictiva.

22 años de la tragedia

se cumplirán este miércoles. La explosición de una decena de artefactos explosivos en la red de cercanías de Madrid dejó 192 víctimas mortales

Veintidós años después del atentado, acumulé numerosas fuentes e información sobre el asunto. Digamos que sabía algo de Trashorras cuando encaré este libro, pero poco o nada de Emilio. Interpretar ese apellido poco común y su nombre de pila como dos aspectos antagónicos me permite explicar por qué me acerqué a su figura. El apellido acuña al cooperador necesario de la masacre, al delincuente cuya imagen chocante en la pecera de la Audiencia Nacional, rodeado de personas de raza árabe durante la vista oral, forma parte de la memoria colectiva.

Trashorras es la marca, corresponde a los titulares y al sumario, sin embargo, acercarse al nombre con el que le tratan sus familiares y amigos conlleva saltar una línea de intimidad. Me situé en ese alambre adrede, con intención, porque volver recurrentemente a los hechos que le condenaron no aportaba ya casi nada. Lo que me obsesionaba como periodista estaba en su cerebro, en cada día de soledad en la celda, en cómo le miran los suyos, en cómo recordará su vida antes de esa funesta fecha. Quería reconstruir cómo se le encoge el estómago cada vez que recuerda el momento en que, cerrado el trato con los marroquíes, los vio alejarse en un coche cargado de los explosivos que les acababa de facilitar. Fue el 29 de febrero de 2004.

«No supe diferenciar a un narcotraficante de un terrorista islámico», admite el reo, inmerso ahora en la fe evangélica

Di el primer paso y entré en contacto con su abogado en 2024 para conseguir una entrevista con motivo del veinte aniversario del atentado. A través de este letrado, al que propuse la posibilidad de ir más allá con el relato, logré unas declaraciones, pero, pese a buscarlo, lo que más me perturbó fue el interés de Trashorras en escribirme y en acceder a contar cosas desconocidas sobre su vida. Puede que por resignación o miedo al olvido, quizás por aburrimiento, pero así empezó a enviar, siempre a través de sus familiares y abogados, infinidad de material: desde recursos, instancias, fallos judiciales, informes médicos y alegatos para conseguir beneficios penitenciarios hasta cartas personales, sus felicitaciones de cumpleaños o Navidad, sus agendas y diarios, sus fotografías de infancia… Esta parte es la que me ayudó a fabricar su vida desde niño hasta hoy.

En las lecturas de su correspondencia, cuando se remonta a una infancia entre algodones, resulta imposible atisbar el desenlace. Con los años, la inocencia quebrantada por una rebeldía consentida acaba conduciéndole a la noche, las drogas… A «mi ruina», en sus propias palabras. Ahí el destino es predecible. Despilfarro, carreras ilegales, consumos de cocaína, visitas a clubes de alterne… A ese ritmo podía haber terminado en la cárcel o en el cementerio. Después, el atentado, el juicio y así hasta asumir con estupor tardío, ya en la cárcel, la terrible consecuencia de sus actos. En ese instante, todo se convierte en expedientes y encierro. Cuenta su angustia por el dolor causado a sus padres, el rencor hacia las compañías inconvenientes y la flagelación «porque no supe diferenciar a un narcotraficante de un terrorista islámico».

'Trashorras. Historia del colaborador necesario del 11-M'

Trashorras ya robaba explosivos y los colocaba en el mercado clandestino en 2001, tres años antes de la matanza

«Sólo Dios sabe quién soy»

A una cárcel cada dos años, de Alcalá Meco a Asturias pasando por Mansilla de las Mulas, Dueñas, Topas… Ahora se encuentra interno en Zuera. Por las cartas entre reos que también me hace llegar deduzco que en todas ha dejado amigos y enemigos y en cada una de ellas atraviesa un periodo vital distinto desde la incredulidad de sus circunstancias hasta normalizar una vida carcelaria e, incluso, haber encontrado el amor en una mujer que nada tiene que ver con el mundo de la delincuencia. Y de esa relación a su inmersión en la fe evangélica donde finalmente parece haber encontrado un espacio de redención interna: «Solo Dios sabe quién soy», se convence.

El permiso que le concedió Pilar Manjón

Hace unas semanas llamé a Pilar Manjón por teléfono. Manjón fue la cara visible de las víctimas del 11-M, atentado del que este miércoles se cumplirán 22 años. Le trasladé mi idea de escribir un libro sobre José Emilio Suárez Trashorras, un individuo sobre el que a lo largo de este tiempo hemos hablado largo y tendido. No me dio su opinión, pero quiso que recordara una situación en la que se vio en 2015.

La madre del exminero avilesino estaba a punto de fallecer y él había solicitado a Instituciones Penitenciarias un permiso para salir de prisión unas horas y así poder despedirse de ella. El juez Castro telefoneó a Pilar Manjón y le preguntó qué opinaba. En realidad depositó en ella la decisión de concederle o denegarle a Trashorras ese beneficio. «Dame un tiempo», le dijo.

Pilar se dio un paseo, tomó aire y cuando recuperó el aliento encontró la respuesta: «Yo no soy como él. Él a mí no me dio la oportunidad de despedirme de mi hijo». En realidad Pilar siempre supo lo que debía responder, pero antes sintió la ira y la rabia atravesando su cuerpo. Dice que lloró desconsoladamente después de decir 'sí'. Trashorras consiguió abandonar el centro penitenciario en el que se encontraba recluido y pudo abrazar por última vez a su madre.

En el libro no queda atrás Trashorras, está muy presente, pero es el Emilio dibujado el que estremece porque pone de manifiesto la fragilidad de todos. La constatación de que cualquiera puede ser víctima del terror fanático, sí, pero también de que la banalización del mal no deja a nadie libre de pasarse al lado más oscuro. Y así cierro esta historia, un círculo periodístico y personal, que me deja sin remedio encadenada para siempre a ambos: a Emilio y a Trashorras.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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