Bélgica-Senegal (22.00 horas) | Dieciseisavos del Mundial
Las dos orillas de DakarNacido en Senegal y criado en Bruselas, Amadou Onana se mide a su país de origen en unos dieciseisavos que cruzan sus dos identidades
Regala esta noticia Añádenos en Google Amadou Onana remata de cabeza un saque del portero en el partido ante Nueva Zelanda en Vancouver. (EFE) 01/07/2026 a las 00:05h.El aire de Colobane, un barrio populoso y vibrante en el corazón de Dakar, huele a humo de carbón, a pescado frito en los puestos ... callejeros y, sobre todo, a un incienso dulce y penetrante que las mujeres queman al atardecer. Allí, entre el polvo y el bullicio de una casa compartida por catorce miembros de una misma familia, creció Amadou Onana, actual centrocampista del Aston Villa y la selección belga. Sus primeros recuerdos no tienen el césped perfecto de la Premier League ni la solemnidad de un Mundial, sino la urgencia de un niño que regresa rápido de la escuela para hacer los deberes porque, de lo contrario, en palabras del jugador, su madre no le dejaría salir a la calle. El plan era siempre el mismo: juntar dos piedras grandes, simular una portería y golpear un balón desinflado hasta que la noche africana devorase el perfil de las casas.
El caso de Amadou Onana es un capítulo más de la profunda transformación demográfica y cultural que ha definido al fútbol belga en las últimas dos décadas. La selección que dirige Rudi García es el resultado de un proceso de adopción, mestizaje y asimilación que arrancó a principios de siglo. Figuras como Romelu Lukaku –cuyo padre defendió a la República Democrática del Congo (en aquel momento Zaire) antes de que su hijo se convirtiera en el máximo goleador histórico de los Red Devils– o Youri Tielemans abrieron un camino en el que el desarraigo mutó en pertenencia.
MIGRACIÓN
Amadou Onana dio un vuelco a su vida a los once años, mudándose a Bruselas con su padre
Bélgica aprendió a nutrirse de la riqueza de sus flujos migratorios, construyendo una identidad futbolística rica y diversa. En la actual plantilla, nombres como Lois Openda o el propio Onana encarnan esta realidad. Onana llegó a Bruselas con once años para reunirse con su padre. Dominaba el wolof y el francés, pero el fútbol lo obligó a un nomadismo feroz para ganarse el pan: rebotó por las canteras del Anderlecht, el White Star y el Zulte Waregem, antes de emigrar solo a Alemania para madurar a marchas forzadas en el Hoffenheim y el Hamburgo. Aprendió flamenco e inglés; asimiló el rigor táctico centroeuropeo, pero jamás olvidó la resiliencia de Colobane. «Lu metti yàggul te ku muñ muuñ» –suele repetir en wolof–: lo que duele no dura, y quien persevera sonríe.
La otra cara de la diáspora
Al otro lado del campo estará Senegal, los Leones de la Teranga, un bloque que representa la otra cara de la moneda de la diáspora africana. Si Bélgica es el ejemplo de la adopción y el desarrollo europeo, Senegal es el monumento al orgullo del sentido de pertenencia y el retorno. El armazón competitivo de los africanos se sostiene sobre futbolistas que, habiendo nacido o crecido en Europa, decidieron defender la bandera de sus padres y abuelos, o sobre aquellos que, tras triunfar en la élite, han regresado espiritual y económicamente para levantar el fútbol local.
Sadio Mané y Kalidou Koulibaly son los guardianes de ese legado. Mané, el héroe de Bambali que financia hospitales y escuelas en su tierra natal, representa el cordón umbilical irrompible con el origen. Koulibaly, nacido en Francia, eligió Senegal; optó por sus orígenes antes que por el equipo más fuerte, utilizando el fútbol como una herramienta para honrar su historia.