- ANTONIO CARRASCOSA
La evolución del crédito privado (financiación suministrada fuera de la banca tradicional y de los mercados de valores, negociada bilateralmente entre prestamista y prestatario), durante la última década, es una historia de éxito, alcanzando un importe en el entorno de los 3 billones de dólares. No obstante, las recientes quiebras de Tricolor, First Brands y MFS; las fuertes caídas en el precio de las acciones de grandes operadores del sector (por ejemplo, Blue Owl Capital); así como los recientes problemas con los reembolsos de fondos de financiación privada de, entre otros, Blackstone, BlackRock, Morgan Stanley y JPMorgan nos han hecho recuperar el realismo: los ciclos de crédito siempre han existido y la financiación privada también es susceptible de ser parte de ellos.
¿Cómo se explica la crisis actual del crédito privado? Un factor clave es la existencia de vehículos de inversión con ventanas de liquidez relativamente flexibles, olvidándose de la relativa iliquidez de los activos subyacentes. La presencia de inversores particulares en el crédito privado, aunque tengan un alto patrimonio, incrementa el riesgo de liquidez. Este riesgo obliga a una gestión eficaz de activos y pasivos, ya que, si surge un shock económico significativo, éste puede conducir a una pérdida de valor de los activos, lo que incrementa el apalancamiento real, reduce el valor de los colaterales y disminuye la capacidad de endeudamiento de los vehículos.
Si persisten las mencionadas incidencias en los reembolsos, se podría cortar la financiación a algunos vehículos, especialmente los más arriesgados. Esta retirada de financiación podría producir menores compromisos futuros y, por lo tanto, podría conducir a una liquidación progresiva de los vehículos de financiación, teniendo que vender precipitadamente algunas gestoras activos con descuento. Evidentemente, no estaríamos ante una fulgurante fuga de depositantes, como la que vimos en 2023, por ejemplo, con Silicon Valley Bank, pero tendríamos una progresiva fuga de inversores.
Aunque la fuga de inversores puede ser gestionada mejor que una fuga de depositantes, hay que recordar que estas entidades no cuentan con los instrumentos que permiten a la banca contrarrestar tensiones graves de liquidez: las líneas de financiación de emergencia de los bancos centrales.
El Financial Stability Board ha recomendado no crear y reembolsar participaciones en los vehículos con mucha frecuencia, así como establecer periodos largos de solicitud y ejecución de reembolsos. Asimismo, se deben exigir ejercicios de estrés rigurosos para valorar el impacto que pueden tener shocks económicos severos, con fuertes solicitudes de reembolso.
El segundo factor a considerar es la infraestimación del riesgo de contraparte, concentración y liquidez por parte de las compañías gestoras y plataformas de la financiación privada, especialmente en el sector tecnológico norteamericano. Su capacidad de análisis es un activo básico, ya que les permite minimizar la probabilidad de impago de los prestatarios y, así, afrontar unas menores pérdidas en caso de impago, ya que las garantías son, en general, menos potentes que en la financiación bancaria tradicional.
Deterioro de los estándares
Otro factor detrás de la crisis es el propio auge del crédito privado durante los últimos años, lo que ha podido deteriorar los estándares de suscripción y la calidad crediticia subyacente de los vehículos, especialmente, si se han relajado las cláusulas crediticias (covenants) para prestatarios e inversores en los vehículos no han realizado un proceso reforzado de seguimiento de esas financiaciones.
Un último factor se deriva de la falta de regulación sectorial: el importe de los tramos más junior de los vehículos, las valoraciones de los activos antes y durante las financiaciones, la clasificación sectorial de las exposiciones, el cálculo del apalancamiento, la gestión de los impagados y el reporting a las diferentes partes interesadas se gestionarán siguiendo los criterios de cada gestor, sin que exista una regulación única (es decir, unos criterios homogéneos) para todos los operadores. Esto dificulta la valoración de los riesgos de los vehículos de inversión.
¿Pueden generar las dudas actuales sobre el crédito privado una crisis que afecte a todo el sector financiero? Un elemento clave es la participación de la banca en el crédito privado. Es difícil calcular la exposición de la banca internacional al crédito privado. El Fondo Monetario Internacional calculó el año pasado la exposición de la banca a los intermediarios financieros no bancarios (IFNB): los préstamos a dichos intermediarios representan, como media, un 9% de los préstamos totales de la banca. El problema es que el concepto IFNB abarca mucho más que el crédito privado. El Fondo también realizó simulaciones sobre el impacto de una crisis del sector de IFNB sobre la banca norteamericana y europea y, en los escenarios más estresados, el impacto sobre el capital básico de los bancos era ligeramente superior a los 100 puntos básicos.
Dado que la banca internacional ha reforzado de forma significativa su posición de capital y liquidez desde el final de la crisis anterior, el contagio de una crisis severa del crédito privado a la banca no debería ser preocupante. Evidentemente, si le añadimos un escenario de incertidumbre generalizada derivada de un enquistamiento de la guerra de Irán, con una mayor inflación, menor crecimiento, mayores tipos de interés y un peor comportamiento de los mercados de acciones y bonos, las consecuencias serían mucho más negativas.
Es indudable que las restricciones a los reembolsos de estos vehículos puede ser un indicador adelantado de un deterioro de la calidad de su balance y de una crisis de confianza en el sector. Todavía es pronto para anticipar el reajuste de valor que podría producirse en los vehículos, pero es claro que el contagio al resto del sector financiero, especialmente en la UE, no parece realista en el corto plazo. Lo que no ayuda a tranquilizar al mercado es la opacidad del crédito privado, que impide conocer los vínculos entre entidades, su apalancamiento real, su dependencia de proveedores críticos y la concentración de riesgos de los inversores.
Antonio Carrascosa. Exconsejero de la Junta Única de Resolución
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