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SUR Las vidas de los desplazadosLas de quienes han tenido que irse de la capital para vivir en otros puntos de la provincia y las de quienes se fueron de sus países -europeos o en vías de desarrollo- para terminar en la Costa del Sol
Lunes, 16 de marzo 2026, 00:22
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Laura y Pedro son funcionarios. Hasta el año 2018 vivían en el entorno de la calle Victoria y pagaban una renta de 450 euros. Aprobaron la oposición y consiguieron plaza en Tarragona. A su vuelta a Málaga, en 2022, su idea era volver a vivir de alquiler mientras ahorraban para comprar un piso. Pero las rentas ya se habían puesto imposibles: su familia había crecido y necesitaban una casa más grande cuyo precio no bajaba de los 1.200 euros mensuales en la capital.
«Viviendo así, íbamos a perder el dinero que teníamos ahorrado, así que optamos directamente por la compra», recuerda Pedro. «Nosotros somos exiliados privilegiados. Por la cantidad que invertimos en Rincón de la Victoria podríamos habernos comprado un piso en la capital, pero no de las dimensiones que tiene nuestra casa ahora», explica Pedro, quien también detalla lo complicado que les fue encontrar vivienda porque comenzaron a buscar a distancia mientras todavía residían en Tarragona: «Teníamos un deadline, una fecha en la que teníamos que venirnos a Málaga. Algunas casas que nos gustaron nos las quitaron personas que hacían la compra a tocateja, poniendo el dinero encima de la mesa, mientras que nosotros necesitábamos pedir una hipoteca. Mi pareja, Laura, no llegó a ver en persona la vivienda que al final terminamos adquiriendo; le tuve que enviar un vídeo y me tuvo que dar un poder para comprarla en nombre de los dos».
Están contentos porque viven en un chalé adosado de 150 metros cuadrados con terraza y patio, aunque dependen del coche porque trabajan en Málaga capital. «Tenemos suerte porque tenemos la posibilidad de teletrabajar varios días a la semana; nos turnamos y nos coordinamos para organizarnos con los niños», continúa Pedro. Llevan residiendo allí tres años. Y Pedro cuenta que, cada año que pasa, necesita salir diez minutos antes de casa para llegar puntual al trabajo cuando tiene que ir a la oficina: «Es muy intenso el ritmo al que está llegando gente a vivir aquí. Los fines de semana, en 25 minutos estamos en el Paseo de Sancha, pero un día de diario se tardan 35 o 40 minutos. Y a eso hay que sumar que gastamos 300 euros al mes en gasolina», concluye.
Kate y Vanessa son británicas en la Costa del Sol
«Vivo en una zona mixta: hay españoles, rusos, ingleses...»
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Kate Hill, a la izquierda, y Vanessa Rodrigo, a la derecha, con su marido. SUR Kate Hill tiene 34 años. Nació en Canadá, pero cuando tenía 8 su familia se mudó al Reino Unido, desde donde hace una década se vino a vivir a la Costa del Sol. Primero vivió a caballo entre España y su país de procedencia porque allí mantenía un negocio de relaciones públicas, pero ahora ya está totalmente instalada en la provincia de Málaga. Esta zona no le era nada desconocida: su padre es español y ya había pasado varias vacaciones allí. Vive cerca de Cancelada, más allá de San Pedro Alcántara, en un área perteneciente a Estepona. Se trata de un entorno en el que abundan urbanizaciones, campos de golf y desarrollos hoteleros. Ella cuenta que si vive ahí es porque su marido ya tenía un apartamento en esa urbanización y ahí se quedaron. «Es una zona familiar, muy tranquila, y mixta: hay españoles, rusos, ingleses… Es grande, pero aquí nos conocemos todos». No considera, de todas maneras, que se trate de un área de lujo: «Quien quiere algo exclusivo no busca aquí, sino en Sierra Blanca». Revela, además, que la gente joven quiere irse de ahí para buscar oportunidades en zonas con más oferta laboral, aunque puede ser un contexto muy propicio para quienes teletrabajan. Añade que quizás esa zona sí es más atractiva para personas más mayores. Pero ella no tiene problemas para desarrollar su carrera profesional: cuenta con un estudio en Puerto Banús que alquila para que, por ejemplo, empresas puedan grabar anuncios publicitarios o para cubrir cualquier otra necesidad que pueda tener una compañía de la zona. Y además hace televisión: presenta 'Good morning, Spain'.
Su amiga Vanessa Rodrigo regenta un estudio de 'fitness' y está casada con un español que es alto ejecutivo de una multinacional. Se conocieron en Londres y se vinieron a España por trabajo. Esta pareja también reside en una urbanización cerrada en San Pedro Alcántara: «Es muy bonita, segura y tiene un ambiente muy agradable. Tenemos vecinos de muchos países, sobre todo europeos, pero también de Brasil», concluye.
Mohammed y Mounir viven en Palma-Palmilla
«Por lo que cuesta comer un día en el centro, como tres en la Palmilla»
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A la izquierda, Mohammed, que quiere mantenerse en el anonimato. A la derecha, Mounir en su casa en Palma-Palmilla. Mohamed, de 22 años, es una de las dos caras de la moneda de los residentes marroquíes en la Palmilla. SUR lo aborda a la caída del sol en la Cruz Verde, justo cuando acaba el ayuno obligatorio para los musulmanes durante el Ramadán. Se nota que tiene hambre después de todo el día sin ingerir bocado. Así que se le ve un poco nervioso. Está con unos amigos. La periodista les inquiere: ¿Alguno de vosotros vive por la Palmilla? Mohammed dice que él. Y cuando se le pregunta que por qué, contesta: «Nadie quiere alquilarle un piso a un moro. Cuando llamas a un teléfono que ves en un anuncio, dices que te llamas Mohamed, te escuchan este acento y te dicen que no», lamenta. Así que vive realquilado en la Palmilla. Y describe su situación: «Una mujer paga 600 euros de alquiler o algo así, vive en el salón, y nos cobra 350 euros a mi compañero y a mí por cada habitación». El chico cuenta que ha tenido muchos trabajos y que lo bueno de La Palmilla es que «el pobre sí puede vivir ahí» y argumenta: «Por lo que puedes comer aquí (en el centro de Málaga) una vez, en la Palmilla comes tres».
La otra cara de los marroquíes que viven en la Palmilla la representa el joven Mounir Chefraou Benamar. Es propietario de un pequeño apartamento en el barrio. Se lo compró en 2017. Al principio lo tuvo alquilado. Pero el dueño de la vivienda en la que él a su vez vivía de alquiler le dijo que quería venderla, así que reformó su piso de la Palmilla y se mudó allí en el año 2020. «Había oído hablar mal de ese barrio, pero yo vivo muy tranquilo aquí», dice. Y también agradece que haya muchos restaurantes marroquíes cerca de su casa que hacen la comida como la de su madre, sonríe. Y estos días de Ramadán celebra vivirlo en comunidad, en su barrio, con sus compatriotas, con los que desayuna muy temprano, antes de que salga el sol. Mounir Chefraou Benamar regenta una peluquería en la Cruz Verde que acaba de cumplir quince años. Hace pocos días celebraba ese aniversario con su plantilla coincidiendo con la ruptura del ayuno, al atardecer.
Verónica, Adriana y Sergio son latinoamericanos y viven en La Unión
«Me gusta el barrio porque es de gente normal, sencilla»
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Sergio Espínola es cocinero en un restaurante paraguayo cerca de la calle de La Unión, donde también vive. SUR Verónica Mosquera, de 41 años, y Nubia Canoval, de 61, son madre e hija y son colombianas. Vuelven a su casa en uno de los pasajes de la calle de la Unión tras hacer la compra. Viven en la zona porque fue ahí donde encontraron vivienda. «No muy asequible», lamentan, porque pagan 900 euros. Verónica fue la primera que llegó a España y se trajo primero a su marido y a continuación a su madre y a su hija. Es limpiadora y dice que no le da tiempo a ver el ambiente que tiene el barrio: «No hago más que ir del trabajo a casa y de casa al trabajo».
Muy cerca, cruzando la calle, tomando el aperitivo con una amiga está Adriana Piedrahita, también colombiana, de 41 años y con 21 años ya de residente en Málaga. Llegó a esta ciudad porque ya se habían venido aquí sus hermanos. Aunque su primer destino no fue la calle de la Unión, sino Puerto de la Torre. Aquí ha recalado por su pareja, porque es donde está su piso. «Me gusta el barrio, porque es de gente normal, sencilla. Yo llegué y me acoplé. Yo ya soy de aquí. No extraño nada de mi país. Además es que somos muy parecidos:las comidas son las mismas aunque las llamemos de manera diferente», explica.
A poca distancia de las colombianas se encuentra Limón Resto Bar, donde trabajan y paran a comer numerosos paraguayos. Sergio Espínola, por ejemplo, es cocinero. Lleva quince años en España y once en Málaga. Y si vive en el entorno de La Unión, dice, se debe a que es una zona muy accesible por bien comunicada, porque tiene metro, autobuses y está cerca del centro. Porque respecto a la otra accesibilidad, la económica, señala que ya se está complicando, ya que por el piso de tres habitaciones en el que reside junto a su mujer y su hijo pagan 900 euros. Aunque ésa en la que vive es una pequeña comunidad paraguaya, insiste en que tienen mucha clientela española y muy buena relación con los vecinos del bloque, a los que de vez en cuando echan una mano, porque son sobre todo mayores.
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