- TOM BURNS MARAÑÓN
Poderosos pirómanos imperialistas ignoran las normas civilizadoras y por doquier los demás se muestran apáticos e impotentes ante los incendios.
Llega ya el mes más cruel y una reflexión adecuada al comenzar esta semana de asueto que cada año se presta a la meditación puede ser que las guerras entre prepotentes rivales dejan tras de sí un territorio estéril. La tierra baldía pasó a ser el título de un largo, introspectivo y misterioso texto de T.S. Eliot, nacido en Missouri, Estados Unidos, y afincado en Londres, que fue el gran poeta del siglo XX en inglés y, quizá, en cualquier otro idioma.
Eliot publicó The Waste Land, La Tierra Baldía, en 1922, a los cuatro años de finalizar la espantosa Guerra de 1914 que se llevó imperios por delante y dejó herida de manera irreparable a la civilización occidental. Los poetas son los portavoces de las inquietudes generacionales y a Eliot, como a tantas almas coetáneas, tan temerosas como creativas, le obsesionaba la multitud de mutilados que causó aquella carnicería.
Al igual que él, las mentes más preclaras recelaban del futuro. Presentían que pronto sería de nuevo conflictivo. Su presente era el entreacto en un drama, una apesadumbrada pauta, un intermedio repleto de desconfianzas que sería recordado como el nihilista tiempo de la entreguerras.
Un siglo después se está entre la primera Guerra Fría y la segunda o, directamente, con el control de la energía global en juego, ante la tercera Guerra Mundial. Poderosos pirómanos imperialistas ignoran las normas civilizadoras y por doquier los demás se muestran apáticos e impotentes ante los incendios que provocan.
¿Y qué pasa aquí, concretamente en este erial? Según Fernando Jáuregui, un periodista con más de medio siglo de oficio a sus espaldas, estamos todos "quemados". Jáuregui presentó un enrabietado ensayo la semana pasada bajo ese mismo título. Se puso a escribirlo el año pasado al ser chamuscado su jardín cuando quedó carbonizado el uno por ciento del territorio nacional.
Quemados, publicado por la editorial Almuzara, estremece por ser el incómodo retrato de una democracia hastiada y de una sociedad que padece el síndrome del burnout y se resigna. El autor pone el foco en una burocracia que humilla y aplica el bisturí a una política que miente, a una desigualdad que se normaliza y a una mediocridad que se premia.
A Jáuregui, que pega fuerte con una prosa cercana y directa que domina, se le lee de un tirón. No así Eliot cuya la lectura dista mucho de ser fácil incluso para la exquisita audiencia a la cual se dirige. Ambas propuestas, voces tan distintas la una de la otra, pueden resultar provechosas cuando resuenan los cañones en esta Semana Santa que hoy arranca.
El poema de la entreguerras se apoya en un listado de alusiones que no está al alcance de cualquiera porque camuflan sus intenciones como gustaban los rupturistas que deshumanizaban el arte. Eliot, que es muchas veces abstruso, se mueve entre el lenguaje popular y hasta chabacano y el muy arcaico, erudito y refinado. Llegó a decir que su Tierra Baldía era "una pieza de gruñidos rítmicos".
Puede que resulte fructífero retornar a la profunda reflexión que brinda Eliot sobre la infecundidad de la acción del hombre y la desolación de la cual su obra es culpable. Eliot comenzó La Tierra Baldía calificando como inhumano el próximo plazo porque va a inaugurar el calendario.
Abril es una cita que el refranero tiene como lluviosa pero la Agencia Estatal de Meteorología anuncia que este miércoles será soleado al igual que todos los días de la semana. Eliot tenía su propia opinión sobre el mes:
Abril es el mes más cruel, criando/ lilas de la tierra muerta, mezclando/ memoria y deseo, removiendo/ turbias raíces con lluvia de primavera. (Traducción de Juan Malpartida).
Lo que sigue en esta su obra cumbre, compleja y erudita, viene envuelto en el simbolismo que Eliot conocía bien y que surgiere con destreza, pero los saltos que se suceden de una situación a otra son reconocibles. Sus versos describen una humanidad que en este mundo moderno nuestro anhela significados, propósitos y valores que den sentido a la vida. En la tierra baldía se ha perdido la inocencia y la mayor parte del texto trata de los intentos, disparatados y desesperados, de recuperarla.
Sin embargo al final, habrá redención y Eliot alude a la exoneración de una manera que es coherente aunque puede ser sorpresiva. Cristiano practicante y muy familiarizado con la Biblia, había estudiado a fondo el hinduismo y su plural y esperanzado sentimiento religioso indica caminos que atraviesan confiadamente las tinieblas y se dirigen a nuevo Edén.
Tierra Baldía es un plato fuerte que se degusta despacio. Quemados, el vertiginoso ensayo de Jáuregui, se digiere con facilidad. Y su mensaje es el menú del día: " [permitiendo] ... el retorcimiento legal, la mentira institucional y la guerra fratricida entre partidos, se lo estamos poniendo muy difícil a Leonor I".
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Lecturas en el erial