Ningún apocalipsis puede ser aplazado indefinidamente. Antes o después sucede un hecho aparentemente insignificante y con esa nadería empieza a descalabrarse todo. Pienso en Leire Díez, mal llamada "fontanera" del PSOE. Le ajustan mejor otras soluciones: correveydile, chamullera, enreda, zascandil, bienmandá... Leire Díez es infraleve en el aparato de Ferraz, pero por una hormiga puede empezar el incendio colosal. Alguien que no es nadie es capaz de echar abajo el gran teatro por impericia pura, por arrogancia, por estupidez. En ocasiones así no hay duda de que al PSOE le falta socialismo dentro. El asunto se agrava cuando sumas al caldo el concentrado de Ábalos, Cerdán y Koldo, llenos de mando en otro tiempo y con un relente cuartelero. Entre Leire y estos han destrozado la macrobiota de Pedro Sánchez. La digestión es difícil. Cómo explicas algo así a los de dentro, cómo justificas a los propios la confianza en quienes parecen ser los más rufianes de la fila.
Sánchez ha perdido la aclamación. Sólo es el político que mejor resiste las cornadas. Quizá sea lo que más se parece a un político. La necesidad de mandar a veces puede ser un sueño de hombre frustrado. Leire Díez ha mutado de topo de catacumba a noticia tóxica. Cuántos de estos habrá en los intestinos de los partidos. Machacas adiestrados para incordiar que aceptan de buen grado balancearse sobre el precipicio con modales turbios y aguardando una recompensa en especie: el cargo, la golosina de algún poder chiquito, la comisión gualdrapa para congraciar el sueldo o el subsidio con las mariscadas. Gente sin salida alguna conscientes de que una vez pillados sólo hay que aguantar a que pase el furor primero de los telediarios.
Después del primer y frenético jolgorio de la legislatura inaugural, ningún partido resiste su propia inercia. Pedro Sánchez está seguro de intentar una tercera legislatura, aunque los suyos dispensen monedas de chocolate al espacio de la derecha y a la ultraderecha cada día. En la víspera de la posible hecatombe, los Presupuestos Generales han pasado de obligación política, de responsabilidad de Estado, a extintor y escalera de incendios. Incluso, quién sabe, si no será una falsa esperanza mantenida con un engaño. La suerte es que Feijóo sólo capta fragmentos de realidad mientras escribe sin prisa su propio Breviario de saberes inútiles (Simon Leys) mientras Junts también lo chulea. Me hago cargo de su nostalgia al recordar las mañanas en Santiago de Compostela tomando unas cañas con los amigos.
En este momento estelar de la hispanidad, surcado a diario por políticos con cara de berenjena ocupando el banquillo de los acusados, parece oportuno sospechar que el pasado (otra vez más) nos arrasará por delante. Sólo un Gobierno, en cuarenta y tantos años de democracia, ha salido limpio del poder: el de Calvo-Sotelo, Leopoldo. Los españoles desconocemos la sensación de verlos salir inmaculados. Esa pertinaz manera de derrumbe es casi un estilo ibérico, como el gótico de León, el flamenco, la sangría. El final de las legislaturas finales podría ser declarado Bien de Interés Cultural. Una estampa de Goya patas arriba.
El bodrio era un caldo hecho con sobras y mendrugos de pan que se dispensaba a los mendigos en las cocinas de los conventos. El rastro de esa malísima calidad se puede encontrar en el paisaje político de hoy. Arlequines como Leire Díez son parte del sebo.