Los uniformes hablan en el mundo militar. Cada chapa, cada condecoración, cada banda tiene un porqué. Incluso el color de la boina significa algo. Hay que saber mucho de normativa castrense, pero uno puede conocer la carrera de un soldado sólo mirando con atención lo que dice su guerrera.
Por ejemplo, la Princesa Leonor llevaba su uniforme del Ejército del Aire con los cordones dorados que la distinguen como alumna. De su hombro derecho salía una banda azul y blanca: la de la Orden de Carlos III. Y en la solapa izquierda tenía tres grandes cruces: la que acompaña a la orden seguida por la del Mérito Militar y la del Mérito Naval. Pero con motivo de su presencia en el Día de las Fuerzas Armadas, la Princesa se estrenó en este acto y con su presencia colgó en la derecha de su guerrera una nueva distinción: un rokiski, el símbolo de aquellos militares del Ejército que han superado el curso básico de paracaidismo.
Leonor estrenó ayer distinción y un nuevo hito en su formación militar. Un paso adelante que le distingue de su padre, Felipe VI, y de su abuelo, Juan Carlos I, pues ninguno de los dos consiguió este curso, que es una muestra más de la soltura con la que la Princesa -no sin falta de esfuerzo- está superando la formación castrense.
La heredera está a pocas semanas de terminar los tres años de exigente adiestramiento que el Gobierno, junto a la Casa Real, diseñó para quien está llamada a ser mando supremo de las Fuerzas Armadas. Leonor pasó un año en la Academia General en Zaragoza. Desde allí, saltó a la Escuela Naval de Marín y se embarcó en el Juan Sebastián Elcano (precisamente algunos de los compañeros de travesía acudieron ayer al Día de las Fuerzas Armadas). Y ese año ha permanecido en la Academia General del Aire en San Javier, Murcia.
La Princesa sufrió las ampollas de quien estrena sus primeras botas de montaña del uniforme, reptó por el barro y se astilló las manos en medio del Atlántico. En San Javier aprendió a pilotar un Pilatus PC-21 y ahora, ha saltado, varias veces, en paracaídas.
Leonor se despedirá en julio de la vida castrense, pero no del hilo que la unirá para siempre a las Fuerzas Armadas. Y su formación será reconocida. Ayer, el Rey Felipe VI habló de ello durante el brindis posterior al desfile. Como un progenitor orgulloso, el Monarca resaltó los "tres años que ha completado con mucho esfuerzo y brillantez". Además, apostilló en tono de broma: "Lo puedo decir como padre, y como mando supremo, ya veremos", afirmó, provocando la carcajada general. Ya en un tono más serio volvió a insistir: "Se te nota que lo has disfrutado y me alegra mucho".
Era la primera vez que la heredera acudía al desfile que, coincidiendo con la festividad de San Fernando, patrona del arma de Ingenieros, festeja al conjunto de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil. Este año tuvo lugar en Vigo, en la avenida de Samil, en una cita descafeinada por la cancelación del desfile aéreo y el accidentado y frustrado izado de bandera.
Estaba previsto que la Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejército del Aire (PAPEA) inaugurara el desfile con el salto del subteniente Vidal y el subsargento primero Matanza, ambos gallegos. Sin embargo, esta exhibición se tuvo que anular debido a la poca visibilidad en el cielo vigués, que amaneció nublado y permaneció así hasta las tres de la tarde.
Esto obligó a suspender todo el desfile aéreo. Tras el homenaje a los caídos, la formación Mirlo debía hacer una pasada para teñir el cielo de los colores de la bandera de España. Y tenían que seguirle 30 cazas, 16 aviones de transporte y 25 helicópteros. Algo que también se anuló.
Si fue una pena la suspensión del desfile aéreo, lo que pasó a continuación desconcertó a todos y fue algo inédito. Un grupo de soldados de la Guardia Real se disponía a izar la bandera nacional. Lo estaban haciendo cuando la polea que engancha la cuerda al mástil se rompió, provocando la caída de la enseña. Los militares presentes aguantaron en firmes mientras se vivían unos segundos de desconcierto. Felipe VI y Doña Leonor lograron mantenerse también impertérritos, en firmes mientras terminaba de sonar el acto, dando muestra la joven de su buena preparación.
A continuación, el Rey, ejerciendo de mando supremo de las Fuerzas Armadas, daba orden de que no se retirara la bandera de la Guardia Real, la más antigua que había en el desfile, y que fuera esta la que presidiera la jornada. Porque la bandera es el símbolo de la patria, del la importancia del país, y Felipe VI encarna el "símbolo de unidad y permanencia" con su decisión: puso en valor la enseña por encima del accidente y dio una lección de mando a la Princesa de Asturias, una alférez paracaidista.