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Lindsay Clancy: el triple infanticidio que ha convertido una psicosis discutida en la última guerra cultural de EEUU

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El jurado debe resolver si una enfermedad mental anuló la capacidad de Clancy para comprender lo que hacía o controlar su conducta. Más información: ¿Tú te identificas con una mujer que asesinó a sus hijos?
EEUU Lindsay Clancy: el triple infanticidio que ha convertido una psicosis discutida en la última guerra cultural de EEUU

El jurado debe resolver si una enfermedad mental anuló la capacidad de Clancy para comprender lo que hacía o controlar su conducta.

Más información:¿Tú te identificas con una mujer que asesinó a sus hijos?

Estados Unidos Publicada 25 agosto 2026 06:30h Las claves

Las claves Generado con IA

A las puertas del tribunal de Plymouth, en Massachusetts, el rosa y el blanco separan dos formas aparentemente incompatibles de contemplar una misma tragedia. Vestidas de rosa, cientos de mujeres sostienen que Lindsay Clancy pidió auxilio antes de perder el contacto con la realidad. De blanco, otro grupo más reducido, obliga a pronunciar los nombres que el fenómeno mediático amenaza con borrar: Cora, de cinco años; Dawson, de tres; y Callan, de ocho meses. Los tres fueron estrangulados por su madre.

No se discute quién los mató. El jurado debe resolver algo más incómodo: si una enfermedad mental anuló la capacidad de Clancy para comprender lo que hacía o controlar su conducta. Fuera de la sala, esa cuestión clínica y jurídica ha degenerado en una elección moral —monstruo o víctima— y después en munición partidista sobre la maternidad, la psiquiatría y la decadencia de Estados Unidos. El expediente se resiste a encajar en cualquiera de esos bandos.

Cincuenta minutos para matar a sus tres hijos

El 24 de enero de 2023 comenzó como cualquier otro día en la casa de los Clancy, en la localidad costera de Duxbury, al sur de Boston. Lindsay, enfermera de la unidad de partos del Hospital General de Massachusetts, llevó a Cora al pediatra e hizo un muñeco de nieve con los niños. Su entonces marido, Patrick, le escribió: "Eres una buena madre".

Por la tarde buscó en internet una farmacia y un restaurante. Encargó la cena y pidió a Patrick que saliera a recoger un laxante infantil y la comida. Él abandonó la vivienda alrededor de las cinco y veinte. Cuando volvió, unos 50 minutos después, encontró sangre en el dormitorio, una ventana abierta y a Lindsay gravemente herida en el jardín. Se había cortado el cuello y las muñecas y había saltado desde el segundo piso.

"He intentado suicidarme", alcanzó a decirle. Patrick entró después en el sótano y encontró a los tres niños con bandas elásticas de deporte alrededor del cuello. Sus gritos quedaron registrados en una llamada de siete minutos a los servicios de emergencia: "Ha matado a los niños". Cora y Dawson murieron aquella noche; Callan falleció tres días más tarde. Lindsay sobrevivió con una lesión medular que la dejó paralizada de cintura para abajo.

@elespanolcom 🔴⚖️ El juicio contra Lindsey Clancy por la mu3rt3 de sus tres hijos ha reabierto en Estados Unidos el debate sobre la salud m3nt4l durante el posparto y los límites de la responsabilidad penal. La 4cus4d4, juzgada en Massachusetts por los hechos ocurridos en enero de 2023, reconoce haber causado la mu3rt3 de los menores, pero su defensa sostiene que atravesaba un episodio psic0tic0. Cientos de mujeres han acudido al juicio vestidas de rosa para respaldarla y reclamar una atención sanitaria más eficaz para quienes sufr3n trastornos durante el embarazo y el posparto. El caso plantea dos preguntas de fondo: ¿puede una crisis de salud m3nt4l grave eximir de responsabilidad p3n4l? ¿Fallaron la detección, el tratamiento y el seguimiento médico? #lindsayclancy#juicio#clancy#eeuu#sucesos♬ Suspense, horror, piano and music box - takaya

Para la Fiscalía, aquellos 50 minutos contienen la arquitectura de un asesinato planificado. Clancy habría escogido un restaurante lejano, comprobado el recorrido y utilizado la farmacia para ganar tiempo. Su capacidad para conducir y mantener conversaciones normales demostraría que conservaba el contacto con la realidad.

La defensa responde que una persona con psicosis puede realizar tareas cotidianas mientras sufre delirios intermitentes. Clancy no niega los hechos, pero se ha declarado no culpable por falta de responsabilidad penal. Sostiene que, cuando se quedó sola, una voz masculina desconocida le dijo que era su "última oportunidad" y le ordenó matar a los niños y después suicidarse. Según su relato, la voz insistió en que ninguno estaría a salvo si desobedecía. Mientras estrangulaba a cada uno, les dijo: "Ve con Dios, cariño".

Cuatro meses de auxilio y 13 medicamentos

Callan, el pequeño, había nacido en mayo de 2022. Los primeros meses fueron felices, según la familia, pero en septiembre Clancy comenzó a sufrir ansiedad, insomnio y un miedo obsesivo a reincorporarse al trabajo. En pocas semanas aparecieron la confusión, la sensación de que su cerebro estaba dañado y pensamientos que la aterrorizaban. "No estoy bien y me da miedo tomar la medicación esta noche", escribió un día a su suegra.

Entre septiembre y enero pasó por psiquiatras, enfermeras especializadas y programas perinatales. Recibió unas 30 recetas correspondientes a 13 fármacos en distintas combinaciones. Llamó dos veces a una línea de prevención del suicidio, acudió a urgencias y habló de su propia muerte y de hacer daño a sus hijos. También buscó métodos para quitarse la vida e información sobre el trastorno bipolar y las alucinaciones. Cinco días antes del crimen consultó los síntomas de la psicosis posparto.

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Intentó acceder a un programa intensivo para madres, pero no fue admitida. A comienzos de enero ingresó voluntariamente durante cinco días en un hospital psiquiátrico. Salió con un diagnóstico de depresión grave, sin rasgos psicóticos y sin que los médicos apreciaran un peligro inmediato para ella o los niños.

Clancy no fue ignorada: pidió ayuda y fue atendida muchas veces. Ninguna intervención, sin embargo, logró determinar con certeza qué le ocurría ni frenar su deterioro. Los profesionales no siempre compartieron información y los ajustes farmacológicos, según ella, la hacían empeorar. Para la defensa y la familia, ahí reside el fracaso del sistema.

La Fiscalía replica que redujo o abandonó algunas dosis y nunca comunicó que oyera una voz externa. Tanto ella como Patrick han demandado por negligencia a varios de sus médicos.

Para sostener la tesis de la defensa no basta con demostrar que estaba deprimida o sufría pensamientos intrusivos. Tendría que haber cruzado el umbral de la psicosis posparto, capaz de quebrar el contacto con la realidad y provocar delirios o alucinaciones. Afecta a una o dos mujeres por cada 1.000 partos y está vinculada al trastorno bipolar. La inmensa mayoría nunca hace daño a sus hijos.

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El calendario complica esa explicación. La psicosis posparto aparece habitualmente durante los primeros días o semanas después de dar a luz, mientras que Callan tenía ocho meses. La defensa sostiene que el deterioro comenzó mucho antes, que un trastorno bipolar no detectado pudo agravarse con algunos antidepresivos y que la crisis culminó aquella noche.

La voz es la bisagra de todo el caso. Clancy aseguró después que la escuchó sin interrupción durante unos 18 minutos y que desapareció tras las muertes, sin volver nunca. Una semana más tarde, una integrante del servicio de ayuda espiritual del hospital recordó que sus primeras palabras fueron: "Me alegro de que mis hijos estén a salvo". En visitas posteriores describió el mandato de matar y contó lo mismo a Patrick durante una llamada desde el hospital.

Para la defensa, fue una alucinación imperativa que anuló su capacidad para comprender que estaba obrando mal; las pruebas psicológicas tampoco detectaron una tendencia general a fingir. La acusación subraya que no existe ninguna referencia anterior a voces y considera muy extraño que una alucinación apareciera solo durante los asesinatos. Uno de sus expertos planteó que pudo ser un pensamiento intrusivo reinterpretado después.

Ese mismo experto propuso otra explicación: un suicidio acompañado de lo que clínicamente se denomina "filicidio altruista". El término no dignifica el crimen. Describe los casos en los que una persona convencida de que va a morir mata también a sus hijos porque cree que sufrirán sin ella. Esa hipótesis admite la enfermedad y la gravedad del intento de suicidio, pero no elimina necesariamente la responsabilidad penal.

La guerra cultural por decidir quién merece compasión

El proceso plantea una pregunta jurídica estrecha, pero Estados Unidos ha terminado discutiendo algo mucho mayor: quién merece ser considerado enfermo, cuándo la compasión se convierte en indulgencia y por qué una mujer blanca, profesional y de clase media ha provocado una movilización que rara vez acompaña a otras madres acusadas de matar a sus hijos. El jurado solo debe determinar si aquella noche Clancy comprendía que lo que hacía estaba mal y conservaba capacidad para detenerse.

En Massachusetts, corresponde a la Fiscalía demostrar más allá de toda duda razonable que mantenía esas facultades. El asesinato en primer grado implicaría cadena perpetua sin libertad condicional; el segundo grado permitiría solicitarla en el futuro. Si fuera declarada no responsable por enfermedad mental, tampoco saldría automáticamente en libertad: sería evaluada y podría permanecer internada mientras un juez considerase que representa un peligro.

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El precedente inevitable es Andrea Yates, la enfermera de Houston que en 2001 ahogó a sus cinco hijos convencida de que así los salvaba de Satanás. Tras una primera condena anulada, otro jurado la declaró no responsable por enfermedad mental en 2006. Continúa en un hospital psiquiátrico estatal. Su caso demostró que una absolución no equivale a libertad. Illinois es, además, el único estado que reconoce expresamente la enfermedad mental posparto como atenuante al dictar sentencia; Massachusetts no dispone de una figura específica semejante.

La movilización en torno a Clancy ha nacido sobre todo de mujeres que sufrieron trastornos después de dar a luz. Bajo lemas como "Necesitaba ayuda" o "Paz para Lindsay", reconocen el miedo a confesar determinados pensamientos y la dificultad para obtener atención especializada. Una campaña para ayudar a sus padres a trasladarse y acompañarla ha superado el millón de dólares, aunque no financia la defensa. También influyó el perdón que Patrick pidió públicamente días después de las muertes. Aquella declaración pertenece a 2023 y no permite saber si mantiene hoy la misma posición. Desde entonces se ha divorciado, ha vuelto a casarse y ha creado una fundación en memoria de sus hijos dedicada a la salud mental perinatal.

La reacción contraria nace de una imagen difícil de ignorar: Lindsay tiene un movimiento, un color, camisetas y una campaña millonaria alrededor de su familia; Cora, Dawson y Callan corren el riesgo de quedar reducidos a tres edades y tres fotografías. Para quienes reclaman justicia por ellos, la compasión se ha desplazado desde quienes murieron hacia quien los mató.

La raza y la clase han entrado definitivamente en la discusión a través de Latarsha Sanders, una madre negra de Massachusetts que en 2018 apuñaló mortalmente a sus hijos de ocho y cinco años mientras sufría delirios sobre una sociedad secreta que, según creía, perseguía a su familia. También alegó que una psicosis le impedía ser penalmente responsable y fue condenada a dos cadenas perpetuas. Este agosto, el tribunal más alto del estado anuló las condenas y ha reabierto el caso porque el juez había excluido historiales psiquiátricos esenciales. Sanders fue juzgada por el mismo juez que ahora preside el proceso de Clancy y acusada por la misma Fiscalía. Durante su juicio, una fiscal la llamó "malvada" y afirmó que jugaba la "carta de la locura". Los casos no son idénticos, pero el contraste ha dado pie a una pregunta incómoda: ¿habría recibido Clancy la misma comprensión si no fuera una enfermera blanca de un barrio acomodado?

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La fractura tampoco reproduce limpiamente el eje entre izquierda y derecha. Los sectores progresistas denuncian el abandono de la salud mental materna, pero algunos señalan a la vez el privilegio racial que decide quién recibe empatía. La derecha más punitiva acusa a las defensoras de convertir la enfermedad en una excusa y borrar a los niños. Otra corriente conservadora, recelosa de las farmacéuticas y la psiquiatría, utiliza los 13 medicamentos como prueba de que el sistema médico agravó su estado.

Las redes han convertido la discusión en una industria. Más de 164.000 vídeos de TikTok utilizan la etiqueta del caso y algunas cuentas han multiplicado audiencia e ingresos mientras difunden teorías sin pruebas contra Patrick. Una antigua trabajadora del hospital psiquiátrico consiguió más de 600.000 "me gusta" con un vídeo crítico sobre la atención a Clancy. La defensa intentó llamarla como testigo, pero el juez la excluyó porque ya no trabajaba allí durante el ingreso y carecía de conocimiento directo sobre su tratamiento. El contenido viral había cruzado, literalmente, la puerta del tribunal.

La Fiscalía ha pedido al jurado que no convierta el proceso en "un debate público sobre la salud mental de las mujeres y sobre cómo las trata el sistema sanitario". Su argumento es que la asistencia pudo fracasar y Clancy pudo estar gravemente enferma sin que eso demuestre que ignoraba lo que hacía. La defensa responde que separar los asesinatos de los cuatro meses anteriores impide explicarlos.

Los alegatos finales serán esta semana. El jurado no tendrá que elegir entre el rosa y el blanco, sino decidir si aquella noche Clancy sabía que estaba matando a sus hijos y podía haberse detenido. El veredicto determinará si la respuesta del Estado debe ser la prisión o un hospital psiquiátrico; no justificará las muertes de Cora, Dawson y Callan. La guerra cultural ha convertido esa diferencia jurídica en una prueba nacional sobre la maternidad, la raza, la medicina y la culpa.

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