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Lindsey Graham, en una imagen de 2022. EFE Lindsey Graham, el halcón americano que amenaza a España por su 'no a la guerra'El senador republicano, una de las voces más influyentes del ala dura de Trump en política exterior, abre la puerta a sanciones, reclama cerrar las bases de EE UU y eleva a Sánchez como símbolo europeo de la resistencia a Washington
David Alandete
Corresponsal. Washington
Domingo, 5 de abril 2026, 08:00
... Washington, el senador republicano redobló su ofensiva contra Pedro Sánchez, abrió la puerta a sanciones desde el Capitolio contra España y volvió a pedir el cierre de las bases estadounidenses en suelo español y su traslado a un país «que sí permita» usar esos activos militares en la misión contra Irán. No fue una salida menor ni una frase lanzada al vuelo, sino un nuevo paso en una escalada sostenida y que no va a acabar pronto.Pero la escena dice mucho más que eso. Resume hasta qué punto el choque por Irán, por las bases de Rota y Morón y ahora por el cierre del espacio aéreo español ha dejado de ser un simple desacuerdo diplomático para convertirse en una amenaza política abierta y constante, proferida hasta desde las vacaciones del senador, atento a cada desarrollo que viene del Palacio de la Moncloa. Como senador, Graham no habla desde la periferia del trumpismo, sino desde el núcleo del poder republicano en política exterior y defensa. No es un agitador cualquiera, sino una de las voces que mejor expresan, y a menudo anticipan, hasta dónde está dispuesto a llegar el sector más duro del Partido Republicano.
Graham es senador desde 2003, tras ser elegido en 2002, y tiene 70 años. En su larga carrera, llevaba muchos años esperando una guerra así. Es una de las voces más agresivas a favor de la escalada contra Irán y, según sus críticos, el principal agitador de una guerra que Trump abrazó después de años de recelar de las aventuras militares en el extranjero. En Washington, incluso antiguos republicanos lo describen ya como el dirigente más belicista de su partido y como un hombre con una influencia clara y creciente sobre el presidente.
Su trayectoria explica mucho de ese papel. Graham combatió a los ayatolás de Irán políticamente mucho antes de la llegada de Trump, apoyó la línea dura tras la guerra de Irak y se opuso frontalmente al acuerdo nuclear de Barack Obama. Pero lo más llamativo de su perfil no es solo su ideología, sino su evolución personal: pasó de llamar a Trump «idiota», «racista» y «el candidato más nefasto de la historia del Partido Republicano» a convertirse en uno de sus aliados y defensores más fieles. Tras la muerte del también senador John McCain, su viejo amigo y referente político, Graham acabó orbitando casi por completo alrededor de Trump y encontró en él el vehículo para llevar al poder su visión de fuerza, presión militar y cambio de régimen en Teherán.
Ahora actúa no solo como aliado, sino como instigador. En los últimos meses, Graham ha presionado a Trump, incluso antes de su regreso a la Casa Blanca, para que hiciera de Irán una pieza central de su segundo mandato. Lo animó a ver la caída del régimen iraní como un momento histórico comparable al derribo del muro de Berlín y, ya iniciada la guerra, ha seguido empujando para ir más lejos, incluso con propuestas de enorme riesgo, como tomar la isla de Jark. Esa mezcla de influencia, belicismo y cercanía al presidente es la que hace de Graham una figura clave para entender no solo la guerra con Irán, sino también la presión creciente sobre aliados como España.
Y hay un elemento adicional que en Washington irrita especialmente y que ayuda a explicar la dureza de Graham contra Sánchez. Lo que molesta no es solo la negativa española a ceder bases, a implicarse en Ormuz o a permitir el uso del espacio aéreo. Lo que molesta es que Sánchez haya convertido esa posición en bandera política, casi en seña de identidad, y la haya exhibido como un pulso ideológico contra Trump ante su electorado y ante la izquierda internacional. Washington puede asumir discrepancias; lo que digiere peor es que un aliado use esa discrepancia para hacer política propia, interna, a costa de EE.UU.
El peso simbólico de España
Graham no está reaccionando únicamente a una decisión operativa, sino a la sensación de que España no solo se desmarca, sino que además quiere capitalizar ese desmarque. Primero con el rechazo al 5% del Producto Interior Bruto (PIB) en defensa que exige la OTAN, luego con el veto a Rota y Morón, después con la negativa a participar en la reapertura del estrecho de Ormuz y ahora con el cierre del espacio aéreo. Visto desde su despacho en el Capitolio, no son episodios aislados, sino una secuencia política deliberada con la que Sánchez busca presentarse como el único dirigente europeo que planta cara a la Casa Blanca.
Por eso el caso español ha adquirido un peso simbólico mayor que el de otros aliados también reticentes. España se ha convertido, a ojos de Trump y, sobre todo, de Graham, en el ejemplo más visible de un socio que no solo no acompaña, sino que además saca rédito político de su oposición. Y eso aumenta la probabilidad de que la respuesta no se quede en la queja diplomática, sino que derive en amenazas concretas que están por venir: aranceles, revisión de despliegues, presión dentro de la OTAN o castigos ejemplarizantes para enviar un mensaje al resto de Europa.
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